En una de esas muchas visitas profesionales, mi misión principal
consistía en coordinar los detalles para la puesta en escena de la
versión coreográfica de Giselle, realizada por nuestra Alicia
Alonso, para el Ballet del Teatro Teresa Carreño, uno de los centros
culturales más importantes de toda América Latina. Mis anfitriones
en esa ocasión tuvieron la gentileza de invitarme una noche al
coctel organizado con motivo de la Gala ¡Viva Nebrada!,
un homenaje a Vicente Nebrada, coreógrafo venezolano de fama
mundial, quien por cierto había iniciado su carrera profesional en
1952 como integrante del hoy Ballet Nacional de Cuba (bnc).
En el Patio de las Esculturas, del Museo de Arte Moderno de
Caracas, entre saludos y abrazos a antiguos amigos, uno de ellos me
tomó por el brazo y abriéndose paso entre una multitud de curiosos,
logró ponerme frente a un joven de mediana estatura y sólida
complexión, cuya cabeza estaba coronada por una copiosa y rizada
cabellera negra. Lucía como un niño grande y era aclamado, con
inequívoca admiración, por todos los presentes. Era Gustavo Dudamel,
el célebre director de orquesta, cuya fama conocía desde mucho
antes.
Cuando Eloísa Maturén, una bailarina venezolana con quien había
contraído matrimonio dos años antes, le habló de mis vínculos con el
ballet cubano, se separó del grupo y en forma sumamente cortés me
estrechó la mano. "Espero vayas a la Gala y te guste el programa —me
dijo— yo pienso disfrutarlo también, porque hace mucho que no dirijo
ballet y me encanta hacerlo". Y con su famosa sonrisa cerró el
encuentro.
Nunca olvidaré aquella noche del 28 de julio del 2008, que me dio
el privilegio de conocer a un genio de la música de nuestro tiempo.
Seis días después nos hizo llegar las entradas y en el Teatro de la
Universidad Central de Venezuela, bello sitio declarado Patrimonio
Cultural de la Humanidad, asistimos al histórico concierto. Después
de enfrentar el rico repertorio coreográfico de Nebrada, a petición
del enfebrecido auditorio cerró con el Mambo de West Side Story,
de Leonard Bernstein, con el que hizo bailar a los músicos de la
orquesta y a todo el auditorio.
Eloísa, gentil como siempre, me llevó al camerino y, sin
esperarlo, Dudamel y yo nos fundimos en un apretado abrazo, a la vez
que inquiría mi modesta opinión sobre el espectáculo, especialmente
sobre los tiempos musicales que había usado para los bailables. Como
si fuéramos viejos amigos, volvimos juntos al escenario, donde por
mucho tiempo lo vi firmar autógrafos y recibir felicitaciones.
La solidez de la meteórica carrera de Dudamel acaparaba ya la
atención de la prensa mundial, no solamente por sus éxitos al frente
de las más prestigiosas orquestas sinfónicas europeas y de los
Estados Unidos, sino también por su obstinada persistencia en
subrayar sus raíces latinoamericanas.
Nacido en Barquisimeto, el 26 de enero de 1981, había realizado
su formación musical bajo la guía de eminentes profesores de su país
y se enorgullecía de ser fruto del Sistema de Orquestas creado por
su maestro José Antonio Abreu. Y por si fuera poco definía a la
Sinfónica Simón Bolívar como su sitial más alto, aunque su batuta ya
se había alzado con las de Gotemburgo y Stuttgart, las Filarmónicas
de Israel y Los Ángeles y la Real de Liverpool, y sus públicos
incluían al Papa Benedicto XVI, los de la Scala de Milán y el Albert
Hall, de Londres.
Dos años después, el 24 de julio del 2010, tuve el honor de
reencontrarme a Dudamel en Caracas, dirigiendo nuevamente el
Festival Coreográfico Nebrada. Conducido, esta vez por un maestro
Abreu henchido de justo orgullo por su alumno, llegué al camerino
del Teresa Carreño, donde el famoso director me recibió con una sola
y rotunda palabra: "¡Cuba!" Y sin que mediara pausa alguna, me
añadió: "Tu país es tierra de grandes bailarines y grandes músicos y
me gustaría mucho dirigir allá El lago de los cisnes o
Cuadros en una exposición, de Mussorsky, una obra que Alicia ha
coreografiado y que me ha invitado a hacerla con el Ballet Nacional.
Tengo muchos deseos de dirigir en Cuba y espero hacerlo pronto con
la Simón Bolívar, como parte de una gira planificada por los países
del ALBA". Y agregó jocosamente: "Esta ha sido una noche de ballet,
así que ponte tú en el centro para tomar una foto y nos vemos
pronto".
Han pasado tres años desde entonces y la estatura artística de
Dudamel ha crecido en igual medida que su ética. Fiel a los ideales
del hombre que en el 2007 lo condecoró con la Orden Francisco de
Miranda de Primera Clase y lo nombró Padrino de la Misión Música,
que aspira a incorporar a más de un millón de niños y jóvenes al
Sistema de Orquestas Juveniles de Venezuela y colaborar con similar
empeño en otras naciones hermanas, no vaciló en desafiar vaticinios
y voló a Caracas para dirigir el Himno Nacional de Venezuela en las
exequias del Presidente Hugo Chávez.
Allí patentizó, además, sus lazos solidarios con Latinoamérica y
su misión como mensajero de la paz mediante la música, en un
histórico concierto en el Teresa Carreño, que contó con la presencia
de 36 líderes mundiales y una masa de compatriotas conmovida hasta
las lágrimas.
Ratificaba una vez más aquella declaración de principios que hizo
durante un concierto en el Hollywood Bowl, de California, cuando
batuta en alto dijo a la audiencia: "Vean, yo vengo del Sur, de lo
que ustedes llaman el patio trasero y nunca voy a dejar de ser de
ahí, de mi casa". Sabio, Dudamel, que no olvida que el arte no tiene
patria pero los artistas, sí.
Ahora, en que acaba de ser proclamado como "El tornado que ha
sacudido la música clásica del siglo XXI", resuenan en mis oídos sus
palabras añorantes por un encuentro con el público cubano.
Confiemos, en que a pesar de su apretada agenda, pueda hacerse
realidad ese sueño compartido.