Pero en su ambición —léase esta palabra en su más noble
contenido—, Jorge ha querido atribuir nuevos papeles al contrabajo
acústico, no solo como solista sino instrumento dialogante con voces
diversas.
Ese gustazo —además de una demostración de sobrada maestría— se
lo concedió a lo largo del concierto que protagonizó el pasado
domingo en la sala Covarrubias en la recta final de Cubadisco 2013.
Si hubiera que señalar alguna falta a la entrega, tendría que
apuntar al exceso de la producción, cuya dilatada duración abrumó al
auditorio. En todo caso no fue este el único espectáculo de
proporciones mastodónticas en el evento, lo cual debe ser tomado en
cuenta por los organizadores. Como también habrá que adoptar medidas
para que el despliegue técnico de los equipos de filmación que deben
llevar los espectáculos a todo el país mediante la TV no distraiga
ni moleste a los espectadores.
Vayamos a la almendra artística de la ofrenda de Jorge Reyes. Más
que una reseña puntual del largo pero fructífero aporte de los
coprotagonistas del concierto —por la escena desfilaron desde las
establecidas Beatriz Márquez y Eva Griñán hasta Luna Manzanares y
Tammy López, voces del nuevo siglo—, interesa resaltar la capacidad
del contrabajista para transitar de uno a otro estado de gracia,
subrayando un matiz aquí, creando determinada atmósfera acá,
dibujando por un lado una melodía en contrapunto y acentuando por el
otro un concepto rítmico. Pudo ser virtuoso —lo es— pero eligió la
expresión.
El concierto alcanzó rango internacional con la presencia del
pianista Abdón Alcaraz y la cantautora Verónica Sobrino, de España;
la chilena María Paz, que merece seguimiento, y los brasileños Ana
Luiza y Luis Felipe Gama.