Roma.—
La Unión Europea (UE) ha advertido a sus ciudadanos que tendrán que
afrontar más penurias económicas. Según el informe publicado el 3 de
mayo, la Comisión Europea prevé que el deterioro económico en la
región continuará hasta el 2015. Y concluye, como todos los estudios
de ese tipo, que después llegará la recuperación.
Se estima que el desempleo en la eurozona ascenderá a 12,2 % este
año, superando al 11,4 % del año pasado. En España, este indicador
aumentará a 27%, en Portugal a 18,9 %, y en Grecia, después de tres
años de brutal sufrimiento, el desempleo alcanzará también la cifra
de 27 %.
Esta tendencia será devastadora para los jóvenes. Se calcula que
en España el desempleo juvenil llegará a 52 %. Estamos despojando de
futuro a toda una generación.
La misma tendencia se está presentando en los países ricos del
norte de Europa. En Alemania se prevé un crecimiento económico de
solo 0,4 % en este año, y desde Austria hasta Holanda el panorama
apunta al declive.
La crisis está socavando las bases de la identidad europea. Tras
la Segunda Guerra Mundial, los europeos han podido contar con una
red de seguridad social que protegía a los menos afortunados,
sostenía a los desocupados hasta que pudieran volver al trabajo y
resguardaba su dignidad. Era un sueño muy diferente del sueño
estadounidense, de aspirar a escalar la cima del estatus económico y
social mediante el esfuerzo individual, sin intromisión del Estado.
Ahora, la austeridad está acabando con la red de protección
social y el sueño europeo se está desvaneciendo, ya que en opinión
de la mayor parte de los economistas, no hay manera de que la
economía incentive a muchas personas.
Mientras Estados Unidos y Japón han optado por la vía del
estímulo económico y aplican ingentes expansiones monetarias que ya
están mostrando algunos buenos resultados, Europa ha emprendido el
camino inverso: eliminar el déficit presupuestario a toda costa,
mediante la drástica reducción del gasto público y el aumento de
impuestos. Y pese a la evidencia de su fracaso, esa política
permanece intacta.
Durante la visita que realizó el recién electo primer ministro de
Italia, Enrico Letta, a Berlín el 30 de abril, la canciller alemana
Angela Merkel sostuvo: "Creo que la consolidación presupuestaria se
asocia ahora de manera interesante con la palabra austeridad, que
fuera de ese marco no se usa en Alemania. Ni siquiera conocíamos
esta palabra antes de la crisis". Y su calvinista ministro de
Finanzas Wolfgang Schauble se hizo eco al afirmar: "El crecimiento y
la austeridad son perfectamente compatibles".
Aparte de perder su brillo, la Unión Europea está alimentando un
sentimiento de rencor en aumento.
En consecuencia, está creciendo el resentimiento en la
ciudadanía. El mismo día que la Comisión Europea difundió su
informe, en Gran Bretaña el partido anti-europeísta UKIP se anotó
una victoria al obtener el 25 % en las elecciones locales.
Partidos de la misma orientación están proliferando en los demás
países, desde Bélgica hasta Holanda, desde Austria hasta Finlandia.
Y en Alemania, por primera vez un partido que postula el abandono
del euro (Alternativa para Alemania) se presentará en las elecciones
de septiembre próximo.
La falta de líderes capaces está minando las bases de la UE. En
España, el jefe del Gobierno Mariano Rajoy goza de una holgada
mayoría parlamentaria, pero la protesta popular se manifiesta a
diario en las plazas de todo el país.
También el presidente de Francia, François Hollande, cuenta con
una sólida mayoría parlamentaria, pero su grado de popularidad ha
bajado a un 25 %. La situación de Portugal es prácticamente
idéntica, mientras que en Grecia el partido anti-europeísta Syriza
es el segundo del país y en Italia el nuevo gobierno tiene un futuro
incierto, con un primer ministro joven para una vieja política.
Italia es un caso especial de carencia crónica de sincronía con
Europa. El fin de la Guerra Fría conllevó la desaparición de los
modernos partidos políticos italianos, el Partido Comunista y el
Partido Demócrata Cristiano, y la creación de un nuevo sistema del
que emergió Silvio Berlusconi, el hombre más rico de ese país y
dueño de un poderoso imperio mediático, que fundó su propio partido
para escapar de problemas económicos y legales personales.
Logró convertirse en un hábil político y desde entonces, Italia
ha quedado dividida entre seguidores y opositores de Berlusconi,
grupo que reúne a toda la centroizquierda e izquierda italianas.
Un caso muy diferente a otros partidos europeos de izquierda
tales como el Partido Laborista del Reino Unido, los
socialdemócratas de Alemania y el Partido Socialista de Francia, que
surgieron en el periodo anterior a la Guerra Fría y no fueron
creados para contrarrestar el partido de una sola persona, como el
Pueblo de la Libertad, de Berlusconi.
De esta anomalía ha nacido otra anomalía, el Movimiento 5
Estrellas, fundado por Beppe Grillo, un actor cómico transformado en
un político adverso al sistema político vigente y al euro. Una y
otra fuerzas están fuera de sintonía con Europa, y es un hecho que
mientras Berlusconi no se retire, Italia continuará dividida y las
elecciones no darán resultados conclusivos.
El centro del debate italiano seguirá huérfano de una agenda
política real. Los argentinos son seguramente quienes mejor podrán
entender esto, pues su país todavía continúa polarizado entre el
peronismo y el anti-peronismo.
El anuncio del Gobierno de Suiza, que a partir de ahora su
mercado de trabajo no está abierto a los ciudadanos europeos,
quienes deberán solicitar un permiso, se ha convertido en un símbolo
paradigmático que muestra el deterioro de la imagen de la UE.
Entretanto, los alemanes están convencidos de que no deben poner
sus billeteras a disposición de los europeos del sur que trabajan
menos, que evaden el pago de impuestos, que gastan más de lo que
pueden y que, en vez de tragarse la amarga medicina de la
austeridad, esperan que los contribuyentes los rescaten. Algo muy
diferente a la vieja generación de líderes alemanes proeuropeos,
tales como Helmut Kohl y Helmut Schmidt, cuyas conductas siempre
fueron las de inculcar a los alemanes el valor de Europa.
Sin embargo, un estudio realizado el año pasado por el Kiel
Institute for the World Economy reveló que en el 2011 Alemania
ahorró el equivalente a 11 100 millones de dólares, gracias a que el
costo del crédito es mucho más bajo que en Europa meridional. Y
según un estudio realizado por la fundación Bertelsmann, la salida
del euro le costaría a Alemania el equivalente a unos 1,6 billones
de dólares en un periodo de trece años, con una disminución promedio
de 0.5 por ciento del PIB entre el 2013 y el 2025.
Toda Europa está pendiente de las elecciones alemanas en
septiembre próximo, cuando se verá si la primera ministra Angela
Merkel continúa en el poder, lo que es probable, y si mantendrá o
modificará su rígida postura en pro de una austeridad que está
postrando a Europa.
¿Cambiará entonces la posición que Merkel mantiene contra todos,
incluido el Fondo Monetario Internacional, que condena los excesos
de austeridad? Nadie lo sabe, pero muchos lo desean.
Pero el mundo no se detendrá a la espera de que Europa resuelva
sus contradicciones. Un estudio del Consejo Nacional de Inteligencia
de Estados Unidos ha estimado que la participación de Estados
Unidos, Europa y Japón en la producción mundial descenderá del
actual 56 % a 26 % en el 2030. Estas proyecciones podrían
adelantarse si, como es probable, se ahonda el deterioro europeo.
Entretanto, se registra el dato que en el 2008, China desplazó a
los Estados Unidos como el país con mayores cuentas de ahorro en el
mundo, a punto de superar a Europa. El pronóstico es que en el 2020,
los activos financieros de los mercados emergentes podrán hasta
duplicarse o estar muy cerca de ello y si el deterioro europeo
continúa, estas proyecciones podrían anticiparse.
El tiempo no juega a favor de Europa.