Cuando el asesinato de estudiantes en Columbine (Estados Unidos)
llegué a pensar qué nada superaría esa infamia, pero qué tan lejos
me encontraba de la realidad. He descubierto, siguiendo el análisis
de Moore, que Estados Unidos es el campeón mundial del asesinato por
armas de fuego, no obstante no ser el país que tiene el mayor número
de armas de fuego per cápita.
Los estadounidenses han llegado al extremo de la barbarie con la
friolera de más de 1 000 asesinados al mes con armas de fuego, lo
que puede explicarse por variadas razones:
1) Es una sociedad cuya cohesión se ha logrado por medio de la
promoción del miedo y el odio; primero odiaban a los comunistas (lo
que no ha terminado del todo como muestra la campaña enfermiza de la
derecha contra Barack Obama a quien acusan de socialista);
posteriormente adaptaron sus fobias contra los musulmanes y los
migrantes, aunque el orden lo cambien de tanto en tanto. La
capacidad de odio no tiene límite; sus expresiones son viciosas e
inesperadas porque terminan por voltearse contra gente inocente que
tiene la mala suerte de estar en el lugar equivocado en el momento
equivocado.
2) Es una sociedad acostumbrada a resolver sus diferendos con
violencia; no solo son el país que posiblemente ha sostenido el
mayor número de guerras en el siglo XX, sino que siguen pensando en
la opción bélica como instrumento de expansión de su poder político
y económico. Esto explica por ejemplo los múltiples casos de
personas que regresan a su lugar de empleo a liquidar a su jefe.
3) Tal vez como consecuencia de lo anterior han desarrollado una
enorme industria bélica que se ha apoderado de una buena parte de la
representación política; el cabildeo de la industria armamentista
sostiene las campañas de muchos legisladores, lo que les ha
permitido que no se pueda controlar la venta de armas, especialmente
las de alto poder; esto facilita que cualquier persona pueda armarse
y emprenderla contra inocentes, como los estudiantes de Columbine.
La industria no está dispuesta al menor control, tal vez bajo la
premisa de que si se abre un resquicio se termine con la tontería de
que la gente debe armarse. Lo más grave del asunto es que la gran
mayoría de la sociedad está a favor de algún control de armas, pero,
¿quién dijo que en la democracia las mayorías deben de mandar?
Por desgracia la sociedad estadounidense y sus dirigentes son
incapaces de analizar a profundidad y con serenidad esos males que
los aquejan, en una autonegación perniciosa que reacciona con
estupor cada vez que surge un nuevo atentado, el responsable termina
"suicidado" de tal forma que no es posible saber cuáles fueron sus
motivaciones, y ante cada desgracia que les cae encima voltean hacia
otro lugar buscando culpables.
Cuando el atentado del Maratón de Boston de inmediato pensaron en
el exterior, tratando de encontrar a alguno de sus enemigos, que no
son pocos; más de una voz sugirió que eran musulmanes y hasta se
llegó a pensar que Estados Unidos usaría la ocasión para iniciar una
guerra contra los culpables. No era una tesis descabellada aunque
mostraba una vulnerabilidad inesperada. No porque pudieran
golpearlos en el corazón (otra vez), sino porque con tantos
resentidos contra ellos, el golpe podía venir de muchos lados y no
sabían de dónde, al final de cuentas, la respuesta fue inesperada y
dolorosa.
Me viene a la mente el 11M en España cuando el Partido Popular se
apresuró en culpar a la ETA que, aunque ya eran el enemigo de la
gran mayoría de los españoles, eso no implicaba que necesariamente
se atrevieran a una infamia de ese tipo, ya después demostrarían su
maldad al poner una bomba en el aeropuerto de Barajas con daños
humanos menores que el bombazo en los trenes. La mentira propició
una reacción social tan poderosa que perdieron las elecciones unos
días después. En Boston el gobierno fue más cuidadoso: hubo cautela
antes de culpar a nadie y el mecanismo y los medios de seguridad
alimentados por la paranoia llevaron a que muy rápido descubrieran
la verdad: eran ciudadanos locales, imprudentes y sanguinarios que
actuaron con una gran perversidad; los atentados de ciudadanos
locales se ha repetido en más de una ocasión, como por ejemplo en el
bombazo en las Olimpiadas de Atlanta.
El armamentismo estadounidense podría ser un problema local muy
doloroso pero, como ya hemos visto, el gran tráfico de armas termina
desbordándose y afectando a sociedades que no han encontrado en ese
tipo de violencia la solución de sus problemas.
Desgraciadamente estamos lejos de revertir este cuadro porque hay
demasiado dinero en juego. (Tomado del diario La Opinión, de Los
Ángeles)