El diarismo de su rutina en las calles de Bayamo, capital de
Granma, le enriqueció con el tiempo la locuacidad; pero a pesar de
tener siempre a mano la palabra justa para cualquier tema, todavía
le cuesta un poco usar las que describen el orgullo de 15 años como
diputado al Parlamento, y ahora la imposición del título honorífico
de Héroe del Trabajo de la República de Cuba.
Los kilómetros de asfalto urbano recorridos durante tanto tiempo
de ningún modo lo asocian con la intrincada serranía natal, "allá en
Loma Azul, casi en las faldas del Turquino", ni al cafetal plantado
por sus padres y que él ayudó a cultivar hasta los 19 años.
Precisamente de la humildad serrana y el calor familiar aprendió los
valores fundamentales que forjaron al hombre cabal: trabajo,
honradez, sentido de la justicia.
Pero de sus queridas lomas salió muy joven un día, arrastrado por
esa fuerza inaudita que solo logra el amor.
"Llegué a Bayamo con la esposa y dos hijos y, apenas me instalé,
salí a buscar el trabajo que necesita un jefe de familia. Además de
labrar la tierra, me había atrevido a pelar, y gracias a esas mañas
encontré un puesto en una barbería del centro de la ciudad.
"Lo triste fue cuando al cabo de poco tiempo me exigieron el
certificado del noveno grado y yo, que crecí bajo el principio de no
decir nunca mentira, aunque costara caro, no vacilé en negar que lo
tenía, que había llegado hasta el séptimo.
"Lo otro que sabía era trabajar la tierra, y decidí volver a mis
lomas; pero cuando ya iba de salida, encontré el amigo que me salvó.
"Al contarle me preguntó: ¿Si aparece otro trabajo, aunque no sea
de barbero, lo tomarías?, y yo respondí que cualquier cosa. Mientras
ganara dinero honradamente, no importaba el sacrificio.
"Cuando aquello, hombre de campo al fin, no sabía ni qué quería
decir Servicios Comunales, y él dijo de colocarme como recogedor de
basura, pero no se cansó de advertirme: "Fíjate, ese es un trabajo
feo, discriminado, le gritan muchas cosas malas a uno y hay gente
inculta que ofende por placer".
"Oiga, feo y malo es robar —-le respondí—. Venga el trabajo que
sea".
Con el salario de entonces mantuvo a hijos y esposa, levantó una
casa sólida y cimentó la honradez con que decidió vivir y educar a
los suyos.
Sus días no variaban mucho, pasaban sin grandes sorpresas. "No
las necesitaba para vivir feliz. Era suficiente con que trabajara",
afirma.
Ni las miradas burlonas, ni las cosas que le gritaban los
muchachos, ni las peligrosas condiciones a que siempre está expuesto
un obrero como él ni los tiempos más difíciles en los que el bajo
salario alentaba a la renuncia impidieron que la rutina diaria de
recoger desechos enraizara el oficio en Teobaldo como una identidad,
que aprendió a defender con verdadera pasión.
Y tan bien lo hacía, tanto brillaba al hablar en nombre de sus
compañeros, al discutir con vehemencia una decisión injusta, al
convocar al trabajo, que a nadie más, menos a él, lo sorprendió la
elección como diputado al Parlamento cubano.
"Oiga, fueron 15 años que me hicieron sentir muy orgulloso. Al
inicio pensé que no era para tanto, que no lo merecía".
Sin embargo, le duró poco el ensimismamiento de su primera vez en
una sesión de la Asamblea Nacional; hasta que un día pidió la
palabra y habló con soltura en nombre de su gente, de la importancia
de su oficio y de la necesidad de valorarlo mejor social y
económicamente.
"De alguna manera sé que el planteamiento promovió un análisis
sobre el salario de los trabajadores de Comunales, pero la decisión
que vino muy poco después fue una medida colegiada, de gobierno,
considerando las condiciones anormales de la labor, con apego al
esfuerzo, al riesgo. No fue como mis compañeros creen, que por mí
les subieron el salario, no".
La modestia es otra de sus virtudes, pero lo cierto es que los
diputados lo aplaudían cada vez que tomaba la palabra, porque era
sencillo pero elocuente. Se presentaba siempre como lo que era, un
recogedor de desechos sólidos, y aunque de alguna manera era
mostrado como símbolo de la democracia cubana, él se daba muy bien
su lugar, pedía la palabra, proponía, discutía, votaba.
¿Se sintió alguna vez una apariencia política, que estaba allí
por el símbolo de su oficio y no por la integralidad de la persona
que es?
"‘Teobaldo, eres un símbolo de la democracia cubana’, me dicen
con razón, por mi presencia en el Parlamento; sentí el respeto que
mostraban y la atención con que me escuchaban. Tuve participación
real, lo cual demostró que estaba allí por los méritos, la clara
definición política, la moral y la firmeza ante cualquier tarea del
trabajo y de la Revolución".
Tres mandatos estuvo Teobaldo en un estrado del Parlamento, y
casi fue esa la única razón por la cual colgaba sus guantes de
recolector y descendía temporalmente del estribo del camión.
"También estuve fuera cinco años, por un cargo del Sindicato que
solo acepté si me conservaban la plaza, porque sabía que un día
volvería. Así lo hice y hasta hoy sigo siendo recogedor de basura.
Tuve muchas propuestas de otros trabajos menos duros, pero nunca
acepté".
¿Cuáles son los trabajos buenos y los trabajos malos?
"No hay trabajos buenos ni malos. Quien hace que sean de una u
otra forma es el hombre que los realiza. Quien se valore por el
título o rango que tenga y se aproveche de esa condición hará malo
su trabajo; pero si basa su desempeño en el respeto, en la
consideración, en la humanidad, si lo hace con deseos y siempre
honradamente, su trabajo será el mejor del mundo".
¿Cómo es posible sentir satisfacción en recoger basura?
"Se lo atribuyo especialmente a una cosa. Soy una persona
alérgica a las traiciones, y si cuando yo andaba rodando, buscando
trabajo para sostener una familia, fue este oficio el que me abrió
las puertas, cambiarlo por uno más fácil y cómodo lo consideraría
una traición.
"Siento un infinito afecto y un profundo respeto por toda la
gente humilde de los Servicios Comunales, y este oficio lo llevo en
la sangre como una identidad de la que tengo muchísimo orgullo".
La reciente medalla de Héroe del Trabajo de la República de Cuba
llegó al pecho de Teobaldo cuando ya casi tramita su jubilación;
pero él confiesa que la decisión solo será para bajarse del estribo
del camión, no para arrellanarse en un sillón de la casa.
"No tengo sangre para eso, pero el hombre debe saber cuándo
terminar. Así lo decidí, en favor de los jóvenes, cuando me
nominaron para un cuarto mandato en el Parlamento. Pronto lo haré
con el oficio de mi vida, lo cual no significa un divorcio del
trabajo.
"Ya casi completo la gestión de una parcela, para ponerla a
producir. A eso me dedicaré, porque de ahí vine una vez, porque me
encanta, y en tanto me queden fuerzas, mi respuesta será la misma de
aquel jovencito de 20 años: ‘Mientras sea un trabajo honrado, el que
sea’".