Otra manera de proyectar la cerámica

Virginia Alberdi Benítez

A un año de su gestación en plena ebullición de la Oncena Bienal de La Habana, la idea calorizada por el artista Tomás Núñez (Johny) en el estudio taller del maestro Alfredo Sosabravo y con el aliento del Museo Nacional de la Cerámica, acaba de rendir sus frutos visibles en la exposición colectiva Alboroto quieto, acogida por la Casa del Benemérito de las Américas Benito Juárez en el centro histórico de la capital.

Estamos ante otra manera de proyectar la cerámica artística cubana en una doble dirección: de una parte, facilitando el encuentro de creadores de distintas generaciones y poéticas con esa manifestación; de otra, permitiéndole al público la apreciación de las más inusitadas variaciones formales y conceptuales en el proceso de apropiación del material cerámico.

Sosabravo, maestro de la cerámica.

Johny invitó a 37 colegas durante los días de la Bienal a compartir experiencias. Dispuso de piezas cerámicas de base, a modo de soportes: platos, cilindros, estructuras cuadradas, y los incitó a volcarse creativamente en dichas plataformas. El resultado fue un amplísimo muestrario de propuestas, que transitaron desde las convenciones ornamentales hasta las conflictivas transgresiones de la materia original.

Más importante aún, como señaló el profesor y crítico Alejandro G. Alonso, es el hecho de haber confirmado el camino que "ha dado vitalidad a la cerámica artística cubana desde que surgiera en 1950 con el doctor Juan Miguel Rodríguez de la Cruz como promotor en el legendario taller de Santiago de las Vegas; esto es solicitar la colaboración de talentos de disímiles procedencias para materializar sus inquietudes a través de un medio exigente que demanda conocimientos altamente especializados no siempre disponibles en el arsenal de sus ejecutores".

Hay en la colección obras que revelan una larga experiencia en el oficio que se expresa en la transmisión de imágenes de fuerte identidad. Entre ellas obviamente paradigmática es la realización de Sosabravo, quien ha hecho de la cerámica uno de los blasones de su peculiar iconografía.

La impronta escultórica se advierte en el pulido cilindro al que José Villa inscribió las marcas totémicas que caracterizan su obra no figurativa, en tanto el ingenio instalativo que ha estado presente en el modo de hacer de Guillermo Ramírez Malberti se traduce en el mapa de la isla poblado de autos "almendrones".

Pero no menos interesantes son aquellas obras de pintores que raramente han incursionado en la cerámica y lo hacen ahora con floraciones imaginativas. Por citar tres ejemplos, sorprende el toque minimalista con que Yoan Capote manipula una pareja de platos; la entrañable comprensión de la capacidad del material cerámico para plasmar con intensidad la alegoría paisajística ambientalista por parte del maestro Tomás Sánchez, y la traslación de las eficaces gradaciones abstractas de Julia Valdés a un cuerpo cilíndrico.

Quiero ver a Alboroto quieto no como una meta sino como punto de partida de un trabajo de integración artística.

 

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