Fuera
de los ámbitos académicos, e incluso en el seno de estos, no estoy
muy seguro que en la actualidad la obra de Soren Kierkegaard sea
frecuentada. En los estantes de las bibliotecas universitarias y las
librerías especializadas es posible encontrar ediciones de sus obras
más publicadas y traducidas, Temor y temblor (1843),
Diario de un seductor (1844) y Concepto de la angustia
(1845), pero como refiere el profesor alemán Hebert Mannfustler, uno
de sus biógrafos, se les consulta poco a no ser para ejercicios de
clase y alguna que otra tesis de grado. Evidentemente el filósofo
danés no está de moda y es muy probable que no se le mencionara si
no fuera porque este 5 de mayo se conmemora el bicentenario de su
nacimiento y los medios de comunicación tengan en cuenta el
acontecimiento en los habituales repasos de efemérides.
Conspiran contra el trato actual con Kierkegaard su prosa
inextricable por momentos, pero sobre todo la superación de los
principios filosóficos que propulsó: la absolutización de una
perspectiva individualista y de la subjetividad como principio y fin
de la experiencia humana. Se movió en el marco del pensamiento
idealista. Fue un hombre religioso, atormentado por lo que llamó la
crisis de la fe y al mismo tiempo por la manipulación de esta por
parte de la jerarquía del clero luterano que ejerció la hegemonía
ideológica en su país durante la primera mitad del siglo XIX.
Con lo dicho hasta aquí algunos se preguntarán qué sentido tiene
evocar a Kierkegaard. Además de un elemental respeto hacia los hitos
de la cultura universal —aunque no suficientemente leído hoy, su
nombre figura como una referencia en la historia del pensamiento
occidental—, los marxistas pueden hallar al comparar la producción
del autor de El capital y la de Temor y temblor un
nexo imprescindible para la comprensión de la génesis de los
planteamientos revolucionarios que transformarían la concepción de
la naturaleza y la sociedad.
Kierkegaard y Marx coincidieron en criticar la filosofía de Hegel,
que se avenía con el orden burgués instaurado al acallarse los
fuegos de la Revolución Francesa y hacia la década de los 40 del
siglo XIX presintieron el magma de los estallidos que tendrían lugar
en 1848. Pero mientras Kierkegaard elaboró el concepto de la
angustia como una instancia psicológica que explicaba el desasosiego
del individuo como reacción ante la opresión, Marx desarrolló el
concepto de la alienación como resultado de las relaciones del
hombre con la naturaleza y la sociedad. Kierkegaard fue el primer
existencialista; Marx evolucionó hacia la lucha de clases.
Lo interesante de esa bifurcación reside en que buena parte del
pensamiento occidental posterior ha oscilado entre tales polos y no
son pocos los filósofos que aun distanciándose de Kierkegaard lo han
tomado en cuenta, desde Martin Heidegger hasta Jean Paul Sartre,
pasando por las críticas de Teodoro Adorno y Jurgen Habermas. Su
huella también es perceptible en la producción literaria de
escritores tan disímiles como Franz Kafka y Jorge Luis Borges
De manera que Kierkegaard ha estado y está aquí. No se le debe
desconocer.