El enigma Kierkegaard

En el bicentenario del nacimiento del controvertido pensador danés

Pedro de la Hoz
pedro.hg@granma.cip.cu

Fuera de los ámbitos académicos, e incluso en el seno de estos, no estoy muy seguro que en la actualidad la obra de Soren Kierkegaard sea frecuentada. En los estantes de las bibliotecas universitarias y las librerías especializadas es posible encontrar ediciones de sus obras más publicadas y traducidas, Temor y temblor (1843), Diario de un seductor (1844) y Concepto de la angustia (1845), pero como refiere el profesor alemán Hebert Mannfustler, uno de sus biógrafos, se les consulta poco a no ser para ejercicios de clase y alguna que otra tesis de grado. Evidentemente el filósofo danés no está de moda y es muy probable que no se le mencionara si no fuera porque este 5 de mayo se conmemora el bicentenario de su nacimiento y los medios de comunicación tengan en cuenta el acontecimiento en los habituales repasos de efemérides.

Conspiran contra el trato actual con Kierkegaard su prosa inextricable por momentos, pero sobre todo la superación de los principios filosóficos que propulsó: la absolutización de una perspectiva individualista y de la subjetividad como principio y fin de la experiencia humana. Se movió en el marco del pensamiento idealista. Fue un hombre religioso, atormentado por lo que llamó la crisis de la fe y al mismo tiempo por la manipulación de esta por parte de la jerarquía del clero luterano que ejerció la hegemonía ideológica en su país durante la primera mitad del siglo XIX.

Con lo dicho hasta aquí algunos se preguntarán qué sentido tiene evocar a Kierkegaard. Además de un elemental respeto hacia los hitos de la cultura universal —aunque no suficientemente leído hoy, su nombre figura como una referencia en la historia del pensamiento occidental—, los marxistas pueden hallar al comparar la producción del autor de El capital y la de Temor y temblor un nexo imprescindible para la comprensión de la génesis de los planteamientos revolucionarios que transformarían la concepción de la naturaleza y la sociedad.

Kierkegaard y Marx coincidieron en criticar la filosofía de Hegel, que se avenía con el orden burgués instaurado al acallarse los fuegos de la Revolución Francesa y hacia la década de los 40 del siglo XIX presintieron el magma de los estallidos que tendrían lugar en 1848. Pero mientras Kierkegaard elaboró el concepto de la angustia como una instancia psicológica que explicaba el desasosiego del individuo como reacción ante la opresión, Marx desarrolló el concepto de la alienación como resultado de las relaciones del hombre con la naturaleza y la sociedad. Kierkegaard fue el primer existencialista; Marx evolucionó hacia la lucha de clases.

Lo interesante de esa bifurcación reside en que buena parte del pensamiento occidental posterior ha oscilado entre tales polos y no son pocos los filósofos que aun distanciándose de Kierkegaard lo han tomado en cuenta, desde Martin Heidegger hasta Jean Paul Sartre, pasando por las críticas de Teodoro Adorno y Jurgen Habermas. Su huella también es perceptible en la producción literaria de escritores tan disímiles como Franz Kafka y Jorge Luis Borges

De manera que Kierkegaard ha estado y está aquí. No se le debe desconocer.

 

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