Orlando Valle, Maraca, convocó a varios colegas suyos a celebrar
en la sala Avenida el pasado fin de semana el Día Internacional del
Jazz —30 de abril— y la respuesta no se hizo esperar: una fiesta de
las raíces y el tronco que alimenta desde la perspectiva cubana el
género y la revelación de jóvenes talentos que prefiguran el sonido
del segundo decenio del siglo XXI.
Sumamente activo en la arena internacional, codeándose desde hace
años con los exponentes más prominentes del jazz y altamente
cotizado en los principales festivales del mundo, Maraca no ha
dejado de explorar territorios desconocidos con su colectivo Otra
Visión, sin apartarse de las líneas que definen su trabajo: un
flautista que sintetiza virtuosismo interpretativo y lucidez
conceptual y un compositor y orquestador que conjuga imaginación y
potencia, incluso cuando aborda el repertorio bailable.
Prueba al canto de ese ejercicio fue la interpretación de su obra
Nueva era, de lenguaje compacto y fluido, con bloques de
metales que exigen una precisión milimétrica, y una base rítmica
exultante. En medio, un solo espectacular del baterista Eduardo
Ramos, una equilibrada exposición del trompetista Eduardo Martínez y
un despliegue todoterreno del propio Maraca en la flauta.
Entre los invitados destacó sobremanera Yasek Manzano, fiel a su
estilo y al linaje que representa en la trompeta en una tema de John
Coltrane, y la muy sorprendente incursión de Waldo Mendoza en
Alfonsina y el mar (con el pianista Harold López Nussa y Maraca
tejiendo improvisadamente una atmósfera de intensidad lírica) y
El breve espacio en que no estás.
En cuanto a los más jóvenes, el público guardó una imagen para
confrontar en un futuro próximo: la del trompetista Jesús Ricardo.
Sin cumplir los 16 años de edad, se las entiende con el instrumento
con aires de veterano, en diálogo con Maraca a propósito de Miles
Davis. Estoy seguro que al escucharlo Yasek se miró en el espejo de
sus inicios. Falta hace que no se malogre.