Siendo
un niño, varias veces Yoandris pudo ver, incluso en pleno mediodía,
la perfecta redondez del sol sin quedar ciego por la luz.
Desde la casa no veía la gran fábrica de azúcar; por eso con cada
pitazo del central él levantaba la vista para imaginar, en el cordón
de humo que surcaba el cielo del pueblo, aquel mundo cercano de
mazas, tachos y calderas.
Fue a través de ese velo traslúcido que él contempló sin pestañar
el astro rey, y también por medio del cual comenzó a construir el
sueño de ser parte un día del bullicioso entramado de máquinas y
vapores.
No sabe precisar si la inclinación "hacia lo técnico" le vino de
la dedicación paterna al oficio de la mecánica, pero cuando en la
escuela por primera vez oyó hablar de una caldera, del vapor de agua
y los maravillosos usos industriales del calor y la energía
obtenida, a Yoandris le bastó un segundo para marcar la boleta de
selección: técnico de nivel medio en Termoenergética.
"Había opciones para seguir al preuniversitario, o escoger otra
especialidad, pero yo estaba seguro de lo que quería, me gustaba
demasiado.
"Fue bárbaro que la escuela, el Instituto Politécnico
Agropecuario José Francisco Costa Velázquez, estuviera aquí mismo en
Mabay (poblado rural del municipio granmense de Bayamo). En tiempo
de zafra, todo lo que miraras tenía que ver con la carrera; lo mismo
el profesor explicando la clase en la pizarra, que el corte de caña
y el central moliendo si veías por las persianas del aula.
"Los seis meses de práctica del tercer año fueron lo mejor. Toda
la teoría aprendida era muy útil, pero nada se comparó con la
primera vez frente a una caldera a máxima presión, abrir con miedo
una válvula, permitir el paso del vapor.
"Eso, y el tremendo trato que recibí durante todas las prácticas
en la fábrica de Derivados, acabaron de enamorarme de la profesión.
Fui feliz cuando me ubicaron aquí, al graduarme de operador de
calderas."
Yoandris La O Enamorado coronó sus sueños antes de los 20 años.
Hoy se mueve solo y con agilidad felina entre relojes de temperatura
y presión, llaves de paso de vapor y agua, y durante ocho horas cada
día se convierte en el garante del funcionamiento estable de una
destilería completa, de donde sale uno de los mejores alcoholes de
Cuba.
"Esto sí que es responsabilidad. Si no hay vapor la fábrica se
para, y todos los ojos están sobre ti. Hasta hace muy poco yo era un
adiestrado que no debían dejar solo; pero me gané la confianza
rápido y varias veces llegué a cubrir el turno de un operador
ausente. Eran mis mejores horas, me sentía a gusto y muy seguro.
"Creo que esa disposición la notaron en la fábrica, y en enero
pasado recibí la mejor noticia que podían darme para empezar el año:
uno de los operadores se jubila pronto, y la plaza, sin discusión,
será para mí.
"Brinqué de alegría al enterarme. Era lo que siempre había
soñado. Es muy bueno para uno, tan joven, sentir la seguridad de un
trabajo estable, ganar un salario, y enseguida te ves por fin como
un hombre independiente, con mejores posibilidades para crear una
familia, sostener una casa".
Ahora las aspiraciones de Yoandris aparecen en fila, le duplican
las ganas, el entusiasmo, y de momento apura una conclusión matizada
por un sano egoísmo:
"Estoy orgulloso de lo que hago, siempre lo quise, y sobre todo
me siento extraordinariamente útil. Mire que uno se ve chiquitico al
lado de una caldera de estas, pero se siente bien pensar que una
fábrica completa depende de tu observación, y de la agilidad de tus
manos para manejar tanta energía."
Hoy Yoandris pertenece por fin al mundo de las mazas, los tachos
y las calderas; al entramado industrial que soñó de niño mientras
miraba el sol a través del humo del central. Ahora es el fruto
maduro de su vocación, mientras una familia, una fábrica, la
economía de un país le agradecen la dedicación.
Hoy es un joven que produce y aporta el recurso valioso de su
inteligencia y de sus manos; recursos suficientes para que las
generaciones nuevas construyan el futuro, y, como Yoandris, gradúen
a sus hombres y mujeres en el fragor del trabajo honrado.