Esta deuda de más de 30 mil millones, destinados en gran parte a
los Programas Especiales de Armamentos (PEAS), supone un riesgo para
el déficit público. Además, muchos de estos programas carecen de
utilidad real y las armas quedan obsoletas antes de ser utilizadas.
De hecho, hace poco el gobierno ha revelado que los inhibidores
comprados para la protección de las tropas en Afganistán y el
Líbano, por un importe de 6 millones de euros, "se encuentran
almacenados sin poder utilizarse".
Según los Presupuestos Generales del Estado para el 2013, el
Ministerio de Defensa contaría con 7 411 millones de euros para este
año. Sin embargo, se prevé que pueda llegar hasta los 20 mil
millones e, incluso, superarlos. Esta diferencia se explica porque
hay partidas militares camufladas en otros ministerios como los de
Industria, Exteriores o Interior. Por ello, sin hacer mención a este
último dato, desde Defensa se alega que el dinero "para la seguridad
nacional" es cada vez menor.
España ocupa el séptimo lugar en exportación de armas y el décimo
con mayor gasto militar del mundo. Se estima que este gasto cueste a
cada ciudadano español 359 euros al año. Todo ello cuando se
producen los mayores recortes sociales de la historia. Mientras el
presupuesto en Sanidad se ha rebajado un 14 % y el de Educación y
Cultura un 22 %, el ministerio de Defensa es uno de los más
privilegiados con una reducción del 11 %.
Parte de la sociedad civil se cuestiona por qué no se disminuye
el dinero destinado a armamento en lugar de recortar en sanidad y
educación. La respuesta está en el jugoso negocio que plantea la
industria armamentística. Las armas se financian con dinero público
y generan beneficios privados para las empresas, sin intereses. Por
eso, en tiempos de crisis los mercados "mandan" aumentar las
exportaciones, sobre todo en los países en conflicto, que son los
más rentables. Según la campaña Transparencia por la paz, España es
uno de los principales vendedores de armas a Ghana, donde se dan
situaciones de inestabilidad y violencia.
Mientras, el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo,
ha justificado la intervención en Mali como "necesaria para
estabilizar al país y su entorno, ya que la situación era peligrosa
para toda Europa y sobre todo, para España". Resulta paradójico que
los países europeos y norteamericanos, supuestos defensores de los
derechos humanos, sean los mismos que abastecen de armas a países
con situaciones de violencia o violaciones graves de derechos
humanos. Aunque desde el ejecutivo español no se ha especificado el
costo de la intervención maliense, se estima que puede alcanzar los
10 millones.
Fabricar armas es un negocio. Y en el caso de España, un negocio
que, a diferencia de muchos otros sectores, no entiende de crisis.
Pese a tener su economía estancada, el negocio armamentístico ha
triplicado sus ganancias en los últimos cinco años. Esa rentabilidad
atrae nuevas inversiones. Parece no importar si la construcción de
un misil deja sin estudio a muchos jóvenes o si las armas fabricadas
acaban con la vida de alguien en otro país, pues la única finalidad
de las armas es matar. Organizaciones como Amnistía Internacional o
Intermon-Oxfam denuncian estas faltas de coherencia desde hace más
de veinte años. La crisis no puede servir de excusa, pues existen
otras salidas. (Tomado de Insurgente.org)