Su argumento se basa en un hecho verídico que en el 2003 fue
tratado en un documental frente al cual los realizadores de la que
luego sería el filme Intocable quedaron impresionados. Se
hablaba allí de la historia de un millonario que luego de un
accidente se quedaba paralítico de las cuatro extremidades y que
tras probar, con no pocos asistentes ––incapaces ellos de resistir
el trabajo, tanto por lo que exigía la enfermedad, como por el
carácter problemático del enfermo–– terminaron por contratar los
servicios de un inmigrante africano, residente en un barrio marginal
parisino, joven atlético, de sonrisa fácil y, además, recién salido
de la cárcel.
Los directores vieron aquel documental, guardaron el tema en la
cabeza, y cuando se creyeron con los dominios necesarios para
emprender el proyecto fílmico lo primero que hicieron fue
entrevistarse con los protagonistas verdaderos de la historia. Fue
así que comprobaron, aunque parezca extraño, que el género que mejor
se avenía para tratar "el drama" de estos dos seres en apariencia
tan desiguales, era la comedia.
Pareja dispareja muchas veces retratada en el cine, pero se
aceptó el reto con la premisa de "llegarle al corazón" ––como se
decía en tiempos de nuestros abuelos–– a millones de espectadores.
Solo que mientras en aquellos lejanos días se recurría al melodrama
más sonado, angustioso y llorón para tocar "la fibra íntima", ahora,
aunque no se renuncia a ciertos elementos de ese género, la empresa
se vuelve más elegante, más ligera, casi como un juego, o un cuento
de hadas, para lo cual resulta decisivo el desempeño de los dos
actores protagónicos, el muy profesional François Cluzet y el joven
Omar Sy, en el papel del inmigrante.
Gracias a ellos, y a un guion movidito en peripecias, vuelve a
funcionar la fórmula de los desconocidos desiguales que se
encuentran justo en un momento en que ambos, casi sin darse cuenta,
se complementarán mediante una hábil combinación de la desdicha y el
humor. Abundan tanto las emociones como las moralejas y también la
combinación de escenas ingeniosas y muy frescas con otras pocas que
no lo son tanto, pero que en conjunto funcionan perfectamente.
Y está el decorado social: el aristócrata millonario por una
parte, y el inmigrante buscavidas por la otra, moviéndose en un
entorno familiar sumido en la pobreza. Parte del éxito de esta
comedia, contada en retrospectiva, se debe a que en esa relación se
destaca mucho más lo que une a los dos hombres ––la amistad–– que
los factores que la diferencian.