Desde Haití

Batas blancas para curar el alma

LEANDRO MACEO LEYVA, Enviado especial

Al visitar por vez primera uno de los orfanatos de Croix de Bouquets, en el Departamento Oeste de Haití, uno no pude menos que asombrarse.

Foto del autorLos niños reciben con cariño a las doctoras cubanas.

Pensaba que estos sitios eran menos comunes, pero son algo usual, sobre todo después del terremoto del 12 de enero del 2010, cuando el destino de miles de niños pasó a ser incierto, pues el sismo les arrebató la persona encargada de guiarlos y acompañarlos en esta etapa de sus vidas.

En este caso, aunque no ha dejado de ser un duro trance, por fortuna no están del todo solos. Unas doce personas cuidan de ellos, los visten, los calzan, les dan de comer, les ofrecen un hogar, los educan y preparan para enfrentar el presente y el futuro.

Y justo hasta allí, donde descubres la razón de la sonrisa de un niño y, en un instante de certeza sin precedentes, comprendes el valor de la familia y de tener a tu lado a alguien que te quiera, llegaron los médicos cubanos para regalar salud, alegría y amor.

Esta vez, más que curar sus dolencias a través de una clínica móvil —como hacen con una frecuencia mensual—, estas mujeres de batas blancas acudieron a curar el alma y el espíritu de estos infantes, a regalarles un corto, pero invaluable, fragmento de tiempo en el que mientras conversaron con ellos, los consultaron, intercambiaron una sonrisa, estrecharon un abrazo, entregaron un regalo y hasta bailaron, reescribieron su propio destino. Aquella mañana todos crecimos como seres humanos.

A la hora de la partida nadie quería irse, era como si el tiempo se hubiese detenido, pero había que decir adiós. Ahora ellos, los pequeños, guardan consigo el presente que recibieron de los médicos cubanos; sonarán sin descanso sus maracas, pero con seguridad y, aunque por su corta edad e inconciencia no puedan comprenderlo, sobre todo conservan con amor el recuerdo de un lindo día y estarán a la espera de una nueva visita.

 

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