Pensaba que estos sitios eran menos comunes, pero son algo usual,
sobre todo después del terremoto del 12 de enero del 2010, cuando el
destino de miles de niños pasó a ser incierto, pues el sismo les
arrebató la persona encargada de guiarlos y acompañarlos en esta
etapa de sus vidas.
En este caso, aunque no ha dejado de ser un duro trance, por
fortuna no están del todo solos. Unas doce personas cuidan de ellos,
los visten, los calzan, les dan de comer, les ofrecen un hogar, los
educan y preparan para enfrentar el presente y el futuro.
Y justo hasta allí, donde descubres la razón de la sonrisa de un
niño y, en un instante de certeza sin precedentes, comprendes el
valor de la familia y de tener a tu lado a alguien que te quiera,
llegaron los médicos cubanos para regalar salud, alegría y amor.
Esta vez, más que curar sus dolencias a través de una clínica
móvil —como hacen con una frecuencia mensual—, estas mujeres de
batas blancas acudieron a curar el alma y el espíritu de estos
infantes, a regalarles un corto, pero invaluable, fragmento de
tiempo en el que mientras conversaron con ellos, los consultaron,
intercambiaron una sonrisa, estrecharon un abrazo, entregaron un
regalo y hasta bailaron, reescribieron su propio destino. Aquella
mañana todos crecimos como seres humanos.
A la hora de la partida nadie quería irse, era como si el tiempo
se hubiese detenido, pero había que decir adiós. Ahora ellos, los
pequeños, guardan consigo el presente que recibieron de los médicos
cubanos; sonarán sin descanso sus maracas, pero con seguridad y,
aunque por su corta edad e inconciencia no puedan comprenderlo,
sobre todo conservan con amor el recuerdo de un lindo día y estarán
a la espera de una nueva visita.