Frank Fernández vuelve a ser noticia por estos días, esta vez por
su brillante presentación en Austria, donde el músico criollo puso
en alto el nombre de Cuba y de su tradición pianística, de la que es
uno de sus más importantes exponentes.
Siguiendo aquello de "ir a bailar en casa del trompo", Fernández
se presentó ante uno de los públicos más conocedores y exigentes del
universo clásico musical relacionado con el instrumento, al ofrecer
dos magníficos conciertos en la Sala Steinway, para inaugurar
el Country Club de Kitzbürgel, ubicado en la más importante
zona turística de esa nación europea.
El virtuosismo y fuerza interpretativa del músico cubano ha dado
mucho de que hablar, pues no fueron pocas las ovaciones y aplausos
que mereciera al finalizar cada velada. Fernández defendió una
exquisita y rigurosa selección integrada por piezas de grandes de la
música universal como Bach, Mozart, Beethoven, Chopin, y como buen
cubano, regaló al público obras de sus compatriotas Cervantes,
Lecuona y de su propia autoría.
El cierre lo asumió con su versión de Danubio Azul, el
vals compuesto por Johann Strauss en 1867, interpretación disfrutada
hasta la saciedad por los asistentes a la Sala Steinway.
Pero su estancia en suelo austriaco le deparó otro gran momento,
tras sus conciertos el pianista fue invitado por el presidente del
Mozarteum de Salzburgo y de la Fundación Mozart a tocar en el
piano que perteneció al genio austriaco durante una visita a la
institución.
En el célebre instrumento, Mozart compuso sus últimos conciertos,
pues le acompañó durante casi una década, hasta su muerte en 1791.
El pianoforte fue comprado por el autor de Las bodas de Fígaro
y La flauta mágica a Anton Walter en 1782, reconocido
como el más famoso fabricante de pianos de Viena.
Considerado una joya por su acabado y sonoridad, el piano de
Mozart ha sido guardado con celo y que se conozca, desde que pasó al
museo, solo lo han utilizado contados instrumentistas del mundo,
entre ellos el ruso Alexander Melnikov y nuestro Frank Fernández.