Aunque no son pocos los que cultivan esta parcela en nuestro
país, no siempre los resultados colman las expectativas. De una
parte, la pretensión de lograr un "parecido" con el modelo ha
llevado a artistas que se mueven con solvencia en otras categorías
del humor a una especie de desvaído realismo fotográfico. De otra,
no basta con la simplificación de los rasgos ni con la burda
exageración del gesto. Esto sin contar que en la segunda mitad del
siglo pasado quedó en el imaginario popular del género la huella
paradigmática de Juan David, un artista que creó un estilo único e
irrepetible de la caricatura personal, al punto que todo lo que se
hacía inevitablemente era comparado con la obra del maestro.
Presumo cuán arduo ha sido para Laz encontrar el tono justo y la
línea adecuada para encauzar su expresión. Lo ha hecho a partir de
una composición rigurosa, en la que los volúmenes sobresalientes en
el trazo (con algo que nos recuerda un tanto a las ilustraciones a
lo Daumier) determinan el perfil del modelo. Sobre esa base, el
creador atrapa, o mejor dicho, encierra en sus líneas, la fisonomía
de los modelos y, más importante todavía, el gesto que refleja su
carácter.
Así Laz consigue un doble objetivo: estimular en el receptor una
identificación intelegible e inteligente con cada uno de los
personajes y a la vez lograr que aquel descubra una constante
estilística unitaria en el conjunto.
Esta de Laz, desde luego, no es una concepción excluyente. Hay y
habrá una y mil maneras de asumir la caricatura personal. Las
necesitamos en aras de enriquecer nuestro humor gráfico. Pero sin
lugar a dudas la obra de Laz ya es un referente de sobrada calidad.