Evocación martiana en el centro de Moscú

Vereschaguin a la vista

Pedro de la Hoz, enviado especial
pedro.hg@granma.cip.cu

MOSCÚ.— Una de las paredes de la Galería Tretiakov, apenas a diez minutos de las murallas del Kremlin, permite a todo cubano evocar a José Martí: aquí se muestra de manera permanente parte de la obra más significativa del pintor ruso Vasili Vereschaguin, que estimuló al Apóstol a escribir una de las más intensas reflexiones sobre la naturaleza y función del arte.

Apoteosis de la guerra (1871), de Vasili Vereschaguin.

Suele citarse esta frase martiana: "¡La justicia primero y el arte después!", o esta otra: "Cuando no se disfruta de la libertad, la única excusa del arte y su único derecho para existir es ponerse al servicio de ella. ¡Todo al fuego, hasta el arte, para alimentar la hoguera!".

Tales urgencias, nacidas de la propia experiencia del autor, exiliado en Nueva York e impaciente por reanudar en suelo patrio la lucha por la liberación del yugo colonial, fueron escritas por Martí luego de asistir a una exposición de la obra del artista ruso en la urbe norteamericana en 1889 y publicadas en una crónica remitida al diario La Nación, de Buenos Aires, el 3 de marzo de ese año.

En el espíritu del poeta y revolucionario cubano, a la sazón con 36 años de edad, era inevitable comparar la situación de la Isla con la del pueblo ruso entonces, sojuzgado por el imperio zarista y abocado a sobrevivir en medio de las guerras.

Martí vio en profundidad el carácter de la pintura de Vereschaguin, tanto la que trataba asuntos bélicos como la paisajística y de inspiración bíblica, y extrajo lecciones que se convirtieron en pilares de un pensamiento estético en el que anticipó la dialéctica entre forma y contenido, motivación y contexto.

"Vereschaguin —dice—, como toda mente de verdadero poder, tiende ya en la madurez a lo vasto y simbólico. Le riza, le para, le desata la sangre en las venas una ejecución, y pintará, como los ve, o como si los hubiese visto, los varios modos de matar, la crucifixión romana, el cañoneo de Indostán, la horca de Rusia".

En otro momento comenta: "¿Y qué arte hay sin sinceridad ni qué hombre sincero empleará su fuerza, sea de fantasía o de razón, sea de hermosura o de combate, en meros escarceos, adornos e imaginaciones, cuando está enfrente (¼ ) la hecatombe de donde saldrá, cuando la podredumbre llega la luz, el esplendor que pasme al mundo¼ ?".

Se entiende a plenitud la reflexión martiana ante la contemplación directa, en la Tretiakov, del cuadro Apoteosis de la guerra, realizado en 1871, con su montaña de cráneos apilados. O cuando se divisan las masas de campesinos soldados ateridos y aterrados en la estepa helada.

Nacido el 26 de octubre de 1842 en la villa de Cherepovets, Vasili Vasílievich Vereschaguin alternó en su juventud la carrera militar con el aprendizaje de la pintura, esta última perfeccionada bajo la tutela de Jean Leon Gerome en París.

Los cuadros sobre la guerra y sus consecuencias surgieron luego de su participación en los conflictos bélicos del ejército imperial ruso en Asia Central —los horrores del sitio de Samarcanda se reflejaron en el célebre lienzo Apoteosis de la guerra— y ganaron en extensión a raíz de sus vivencias en el enfrentamiento entre Rusia y Turquía (1877–1878) y en los viajes a la India y el Tibet donde presenció combates entre los colonialistas británicos y los pobladores originarios insurrectos.

Mientras tomaba apuntes en la guerra ruso-japonesa de principios del siglo pasado, el artista murió en la voladura del crucero Petropavlovsk el 13 de abril de 1904.

Martí advirtió la grandeza de Vereschaguin. Y mucho más: en su admirable crónica quedó registrada su percepción acerca de cómo "el alma ha de quemar para que la mano pinte bien".

 

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