Suele citarse esta frase martiana: "¡La justicia primero y el
arte después!", o esta otra: "Cuando no se disfruta de la libertad,
la única excusa del arte y su único derecho para existir es ponerse
al servicio de ella. ¡Todo al fuego, hasta el arte, para alimentar
la hoguera!".
Tales urgencias, nacidas de la propia experiencia del autor,
exiliado en Nueva York e impaciente por reanudar en suelo patrio la
lucha por la liberación del yugo colonial, fueron escritas por Martí
luego de asistir a una exposición de la obra del artista ruso en la
urbe norteamericana en 1889 y publicadas en una crónica remitida al
diario La Nación, de Buenos Aires, el 3 de marzo de ese año.
En el espíritu del poeta y revolucionario cubano, a la sazón con
36 años de edad, era inevitable comparar la situación de la Isla con
la del pueblo ruso entonces, sojuzgado por el imperio zarista y
abocado a sobrevivir en medio de las guerras.
Martí vio en profundidad el carácter de la pintura de
Vereschaguin, tanto la que trataba asuntos bélicos como la
paisajística y de inspiración bíblica, y extrajo lecciones que se
convirtieron en pilares de un pensamiento estético en el que
anticipó la dialéctica entre forma y contenido, motivación y
contexto.
"Vereschaguin —dice—, como toda mente de verdadero poder, tiende
ya en la madurez a lo vasto y simbólico. Le riza, le para, le desata
la sangre en las venas una ejecución, y pintará, como los ve, o como
si los hubiese visto, los varios modos de matar, la crucifixión
romana, el cañoneo de Indostán, la horca de Rusia".
En otro momento comenta: "¿Y qué arte hay sin sinceridad ni qué
hombre sincero empleará su fuerza, sea de fantasía o de razón, sea
de hermosura o de combate, en meros escarceos, adornos e
imaginaciones, cuando está enfrente (¼ ) la hecatombe de donde
saldrá, cuando la podredumbre llega la luz, el esplendor que pasme
al mundo¼ ?".
Se entiende a plenitud la reflexión martiana ante la
contemplación directa, en la Tretiakov, del cuadro Apoteosis de
la guerra, realizado en 1871, con su montaña de cráneos
apilados. O cuando se divisan las masas de campesinos soldados
ateridos y aterrados en la estepa helada.
Nacido el 26 de octubre de 1842 en la villa de Cherepovets,
Vasili Vasílievich Vereschaguin alternó en su juventud la carrera
militar con el aprendizaje de la pintura, esta última perfeccionada
bajo la tutela de Jean Leon Gerome en París.
Los cuadros sobre la guerra y sus consecuencias surgieron luego
de su participación en los conflictos bélicos del ejército imperial
ruso en Asia Central —los horrores del sitio de Samarcanda se
reflejaron en el célebre lienzo Apoteosis de la guerra— y
ganaron en extensión a raíz de sus vivencias en el enfrentamiento
entre Rusia y Turquía (1877–1878) y en los viajes a la India y el
Tibet donde presenció combates entre los colonialistas británicos y
los pobladores originarios insurrectos.
Mientras tomaba apuntes en la guerra ruso-japonesa de principios
del siglo pasado, el artista murió en la voladura del crucero
Petropavlovsk el 13 de abril de 1904.
Martí advirtió la grandeza de Vereschaguin. Y mucho más: en su
admirable crónica quedó registrada su percepción acerca de cómo "el
alma ha de quemar para que la mano pinte bien".