Si vas a comer espera por Virgilio

Rolando Pérez Betancourt
rolando.pb@granma.cip.cu

Desde los comienzos del cine, el teatro estuvo presente. Se filmaba de manera frontal y ya. El ojo de la cámara era el ojo del espectador en su butaca. Luego vinieron los aportes del desplazamiento cinematográfico y los escenarios encartonados se llenaron de aire y de luz provenientes de la naturaleza. Hamlet sufría las dudas de su venganza en un castillo de verdad, y Romeo y Julieta gozaban de sus éxtasis amorosos disfrutando el canto de los pajarillos.

Hoy el teatro sigue alimentando a la pantalla. Pero son contados los que se atreven a filmar la pieza tal cual. La adaptación libre suele resultar más fácil porque la multiplicación de escenarios, la selección de los textos, y el tono menos enfático de los actores aligeran un contenido dirigido a un vasto público que, en ocasiones, desconoce las reglas que imperan en las tablas.

Excelentes resultados recoge la historia del cine en tales empeños, donde tampoco faltan audacias borrascosas como la de Mel Gibson interpretando a Hamlet con los aires de un policía en apuros.

Las adaptaciones dejan un rastro de polémicas acerca de hasta dónde se fue fiel al original (o convincentemente renovador) y cuánto se perdió de la obra que un día triunfara en las tablas, porque raro es que se adapte a las pantallas una pieza que antes no haya sido un éxito.

El realizador Tomás Piard, en ocasión de conmemorarse los cien años de Virgilio Piñera filmó Si vas a comer espera por Virgilio, ahora de estreno. La obra de José Milián es contundente y merecía perdurar. Piard la asume en su naturaleza teatral y respetando el texto con el rigor de una misa. La otra opción (costosa y demorada) hubiera sido recrear la cafetería del Capri con un sentido realista que contemplara el barullo del gentío, los cornetazos de los vehículos, comida verídica sobre la mesa y otros signos del entorno que, no controlados, hubiesen podido "aportar" un tufillo de sainete.

Y nada más lejos de las intenciones del dramaturgo José Milián. Su obra es un retrato concentrado, sumo de un personaje querido, Virgilio, y también de una época, los años setenta, con amigos siempre puestos en solfa por el verbo lacerante del autor de Aire frío. Cualquier rompimiento en el hilo del discurso hubiera podido resultar un ruido. La amargura y mordacidad del personaje, sus miedos y pesimismos se amalgaman para ofrecernos al artista en su laberinto y al mismo tiempo rotular una convicción en los espectadores: ahí está Virgilio.

Teatro filmado por Tomás Piard y al mismo tiempo renovado por el ojo de una cámara que, sencillamente, sabe que se la está jugando, porque el quid no radica en recurrir a una multiplicidad de planos que garanticen un falso ritmo, sino en hacer coherentes cada uno de ellos dentro de un estilo de encuadres bien pensados, atendiendo al momento dramático, y que no desdeña el recurso expresionista como subrayado de atmósferas signadas por el desconcierto y la angustia. Se lucen entonces el director de fotografía, Raúl Rodríguez, y el camarógrafo, Alan González.

Pero el reto mayor está en los actores y en la uniformidad de sus tonos.

Ya se sabe (aunque algunos realizadores lo olviden) que al trasponer una obra de teatro a un lenguaje cinematográfico total los actores no deben hablar de la misma manera, so riesgo de que se les tache de "teatrales".

Si bien el filme de Piard es en lo fundamental teatro filmado, él se las arregla para buscar una media enfática en el decir de los actores, que sin negar la naturaleza teatral del hecho artístico, tampoco lo subraya demasiado. Quizá el mejor ejemplo de esto sean los monólogos del joven actor Javier Casas, en el papel de Pepe.

Iván García como Virgilio ya ha hecho del personaje un clásico desde que lo asumiera en el teatro, hace casi diez años, y ahora se adapta con soltura al nuevo medio. El papel le exige registros contrastantes (algunos muy emotivos, al igual que Javier Casas) y unos primeros planos a los que no está acostumbrado, pero los sortea con profesionalidad. Igualmente se destaca Valia Valdés como la mujer que representa tantas inconveniencias (para Virgilio) de una época y que al final encarna también a la muerte.

Buena obra y eficaz película, desde el teatro. Debiera estar satisfecho Virgilio, aunque, tratándose de él, nunca se sabe.

 

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