Eduardo y Rafael, de 20 y 18 años de edad, respectivamente, eran
jóvenes normales, salían con amigos, gustaban de las fiestas y más
aún de las mujeres. Eran chicos de buenos sentimientos, con virtudes
y defectos como todo el mundo. Se criaron en la popular comuna de
Estación Central en Santiago de Chile, donde la pobreza, la
injusticia y la represión eran pan de cada día.
Lejos de desmoralizarlos, la cruda realidad les fue nutriendo de
los más nobles sueños libertarios. Fueron militantes de la vida, de
su barrio, y del MIR, razón más que suficiente para ser perseguidos
por la autoridad.
Eduardo fue expulsado de la Universidad Metropolitana de Ciencias
de la Educación (UMCE) donde estudiaba para ser profesor de
Historia, mientras que a Rafael lo marginaron del preuniversitario
Liceo de Aplicación. La casa de la familia fue constantemente
allanada y las detenciones se hicieron tan comunes como el hambre.
Ante tal situación, los hermanos Vergara pasaron el resto de sus
días como clandestinos.
En esa condición se encontraban cuando llegó aquel fatídico 29 de
marzo. Exactamente un año antes, en 1984, Mauricio Maigret, joven
militante del MIR de 17 años, había sido asesinado por la tiranía.
Eduardo y Rafael se aprestaban a irrumpir en las calles para
conmemorar su muerte.
Cuando caminaban por entre los estrechos pasajes del barrio,
fueron interceptados por cuatro policías que se encontraban
patrullando la zona. Estos, armados con un fusil SIG, una
subametralladora UZI, una escopeta a perdigones y sus pistolas de
servicio, comenzaron a disparar contra quienes eran catalogados de
"subversivos" y "terroristas" por el gobierno.
La persecución llega hasta el popular sector de Villa Francia,
donde Eduardo cae muerto por varios balazos, uno de ellos en el
corazón. Rafael, tendido en el suelo, víctima de un disparo en la
espalda que lo deja parapléjico, se arrastra para abrazar el cadáver
de su hermano, pero no lo logra: el cabo segundo Jorge Marín lo
agrede con un culatazo en la cara impidiéndole la acción. Luego,
malherido, es arrastrado a un furgón policial donde presuntamente es
ultimado. Finalmente, el cuerpo sin vida de Rafael, es arrojado a la
calle junto al de Eduardo.
Actualmente tres de los cuatro policías implicados en el crimen
están condenados. Jorge Marín, verdugo de Eduardo y Rafael, fue
sentenciado a diez años de cárcel, mientras que el subteniente en
retiro Alex Hinojosa y el excabo primero, Nelson Toledo, cumplen
siete años de presidio. El cuarto involucrado, Marcelo Muñoz, fue
absuelto. Sin embargo, pruebas recientes aportadas por Marín apuntan
a la culpabilidad de Muñoz, así como a mayores responsabilidades
institucionales.
El crimen de los hermanos Vergara Toledo no fue el único ocurrido
ese día. Solo horas más tarde, la también militante del MIR Paulina
Aguirre, de 20 años, fue asesinada cuando llegaba a su casa en la
comuna de Lo Barnechea. Ocho balas disparadas por agentes de la
Central Nacional de informaciones (CNI), organismo de inteligencia
de la dictadura, mataron a la joven poco antes de la medianoche.
La tiranía, siempre inconforme con la sangre derramada, había
hecho más: durante esa mañana, policías de la Dirección de
Comunicaciones de Carabineros (DICOMCAR) secuestraron a los
profesores comunistas José Manuel Parada y Manuel Guerrero. A
Santiago Nattino, otro educador, lo raptaron el día anterior. El 30
de ese mes, sus cuerpos fueron encontrados degollados en las
cercanías del aeropuerto de la capital.
"Fue un ajuste de cuentas entre comunistas", sentenció la
justicia en primera instancia, pero en realidad no fue más que un
cobarde acto para deshacerse de quienes se oponían a la dictadura.
Finalmente, 16 policías fueron condenados, cinco de ellos a presidio
perpetuo.
Cada 29 de marzo el triste gris del cielo chileno hace pensar que
un aguacero caerá sobre el territorio. Mal no se piensa, el aguacero
cae bruscamente y no precisamente del cielo: hombres y mujeres
lloran a los caídos que entregaron sus vidas para —como dijera
Salvador Allende— construir una sociedad mejor.