Será necesario repetir la letra hasta que fluya por las venas de
la familia cubana: La enseñanza viaja en doble sentido, del hogar
hacia la escuela y viceversa. El distanciamiento entre esas fuentes
provocará que no atraque en puerto seguro la conducta favorable al
bienestar de nuestros hijos.
El proceso docente-educativo avanzará por cauce asequible si
estas dos arterias interactúan en franca armonía, halando juntas a
favor de la disciplina, esa de la que tanto hablamos y cualquiera la
viola "porqué sí", ajustándola (mejor desajustándola) a su
conveniencia.
Sin disciplina el destino es, inexorablemente, hacia la sinrazón.
Cuando el entrenador de un equipo deportivo orienta un plan táctico
para vencer al rival, es menester seguir sus indicaciones a pie
juntillas. Si en la fábrica la producción requiere de rigurosidad en
los pasos a cumplir, ¿por qué violarlos? ¿Imaginan ustedes cuán
disonante se escuchará un concierto si alguno de los violinistas
varía a su antojo las notas del pentagrama ignorando la batuta del
director?
En la escuela, somos testigos de cómo los profesores exigen por
la forma correcta de llevar el uniforme. ¿Habrá motivos para usar el
pantalón colgado de la rabadilla o la camisa desabotonada a la
usanza de un guapetón? El centro escolar no es sitio para
soliviantar pretendiendo originalidad al vestir cuando en realidad
esa "onda" destila chabacanería.
Ser disciplinados rebasa el respeto al uniforme, entraña una
actitud ante la vida. El hombre y la mujer comienzan a delinearse
desde la primaria, van tomando perfiles más definidos en la
adolescencia, hasta que el joven entra a la Universidad. Quien a su
paso por los distintos niveles de la enseñanza no incorpore las
herramientas imprescindibles para concentrarse en ser una persona de
bien, arduo trabajo tendrá en rectificar su rumbo.
¿Corresponde solo al alumno ese esfuerzo por redimirse? Durante
los años del aprendizaje, ¿somos los padres consecuentes con la
escuela cuando nos hacen un señalamiento acerca de nuestros hijos?
¿En caso de reconocer la falta, le damos seguimiento al tema en el
hogar por tal de que el muchacho(a) retome el cauce correcto? ¿No
resultará más factible vincularnos a los educadores y evitar esos
sinsabores?
Un veterano maestro —casi tres décadas de experiencia en
secundaria básica— me relató lo siguiente. Habló con los padres de
una alumna que había cometido una indisciplina e intentaba
actualizarlos sobre su bajo aprovechamiento. Cuál no sería su
sorpresa ante la respuesta de la madre tras escuchar aquellas
razones: "¡Mire, profesor, haga lo que usted entienda, ya nosotros
no podemos con ella!", respondió. El padre de la quinceañera
reconoció que le habían hecho daño al complacerla en todas sus
peticiones materiales, por tal de tenerla contenta.
Estimulada a ultranza, sin exigirle por su aprovechamiento y
disciplina como tareas esenciales. Frases lapidarias como la
entrecomillada arriba lanzan el balón al terreno del docente para
que se las entienda con su discípulo en un dual meet, ante el
panorama de unos progenitores declarados en quiebra de conocimientos
y motivación para emprender la batalla. Actuar así es poner al
maestro delante de una gigantesca muralla en precario equilibrio,
que lo aplastará cuando se venga abajo.
La preocupación supuestamente compartida entre hogar-escuela no
ha de pernoctar fuera del ámbito familiar. No es justo cargar la
responsabilidad solo al segundo de los componentes de esa dicotomía,
mientras los padres aguardan por el milagro divino que resuelva, de
la noche a la mañana, los problemas afrontados por su hija.
En el futuro inmediato, cuando la quinceañera tome las riendas de
su vida, esos mismos padres consentidores querrán arrogarse el
derecho de fustigar cualquier actitud de ella que no se avenga a su
forma de pensar, sin reparar en que la muchacha delineó su derrotero
tocada por la época en que vive, asumiéndola quizá con
incertidumbre, porque no contó con toda la colaboración e influencia
que la familia debió aportar en su formación.
Llegado el minuto en que aquella niña convertida en mujer salga a
darse los lógicos encontronazos con el "cómo aprender a vivir", ya
no quedará espacio para lamentaciones paternales, y se reprocharán
por no haber crecido junto a ella.