Crecer junto a ellos

Alfonso Nacianceno

Será necesario repetir la letra hasta que fluya por las venas de la familia cubana: La enseñanza viaja en doble sentido, del hogar hacia la escuela y viceversa. El distanciamiento entre esas fuentes provocará que no atraque en puerto seguro la conducta favorable al bienestar de nuestros hijos.

El proceso docente-educativo avanzará por cauce asequible si estas dos arterias interactúan en franca armonía, halando juntas a favor de la disciplina, esa de la que tanto hablamos y cualquiera la viola "porqué sí", ajustándola (mejor desajustándola) a su conveniencia.

Sin disciplina el destino es, inexorablemente, hacia la sinrazón. Cuando el entrenador de un equipo deportivo orienta un plan táctico para vencer al rival, es menester seguir sus indicaciones a pie juntillas. Si en la fábrica la producción requiere de rigurosidad en los pasos a cumplir, ¿por qué violarlos? ¿Imaginan ustedes cuán disonante se escuchará un concierto si alguno de los violinistas varía a su antojo las notas del pentagrama ignorando la batuta del director?

En la escuela, somos testigos de cómo los profesores exigen por la forma correcta de llevar el uniforme. ¿Habrá motivos para usar el pantalón colgado de la rabadilla o la camisa desabotonada a la usanza de un guapetón? El centro escolar no es sitio para soliviantar pretendiendo originalidad al vestir cuando en realidad esa "onda" destila chabacanería.

Ser disciplinados rebasa el respeto al uniforme, entraña una actitud ante la vida. El hombre y la mujer comienzan a delinearse desde la primaria, van tomando perfiles más definidos en la adolescencia, hasta que el joven entra a la Universidad. Quien a su paso por los distintos niveles de la enseñanza no incorpore las herramientas imprescindibles para concentrarse en ser una persona de bien, arduo trabajo tendrá en rectificar su rumbo.

¿Corresponde solo al alumno ese esfuerzo por redimirse? Durante los años del aprendizaje, ¿somos los padres consecuentes con la escuela cuando nos hacen un señalamiento acerca de nuestros hijos? ¿En caso de reconocer la falta, le damos seguimiento al tema en el hogar por tal de que el muchacho(a) retome el cauce correcto? ¿No resultará más factible vincularnos a los educadores y evitar esos sinsabores?

Un veterano maestro —casi tres décadas de experiencia en secundaria básica— me relató lo siguiente. Habló con los padres de una alumna que había cometido una indisciplina e intentaba actualizarlos sobre su bajo aprovechamiento. Cuál no sería su sorpresa ante la respuesta de la madre tras escuchar aquellas razones: "¡Mire, profesor, haga lo que usted entienda, ya nosotros no podemos con ella!", respondió. El padre de la quinceañera reconoció que le habían hecho daño al complacerla en todas sus peticiones materiales, por tal de tenerla contenta.

Estimulada a ultranza, sin exigirle por su aprovechamiento y disciplina como tareas esenciales. Frases lapidarias como la entrecomillada arriba lanzan el balón al terreno del docente para que se las entienda con su discípulo en un dual meet, ante el panorama de unos progenitores declarados en quiebra de conocimientos y motivación para emprender la batalla. Actuar así es poner al maestro delante de una gigantesca muralla en precario equilibrio, que lo aplastará cuando se venga abajo.

La preocupación supuestamente compartida entre hogar-escuela no ha de pernoctar fuera del ámbito familiar. No es justo cargar la responsabilidad solo al segundo de los componentes de esa dicotomía, mientras los padres aguardan por el milagro divino que resuelva, de la noche a la mañana, los problemas afrontados por su hija.

En el futuro inmediato, cuando la quinceañera tome las riendas de su vida, esos mismos padres consentidores querrán arrogarse el derecho de fustigar cualquier actitud de ella que no se avenga a su forma de pensar, sin reparar en que la muchacha delineó su derrotero tocada por la época en que vive, asumiéndola quizá con incertidumbre, porque no contó con toda la colaboración e influencia que la familia debió aportar en su formación.

Llegado el minuto en que aquella niña convertida en mujer salga a darse los lógicos encontronazos con el "cómo aprender a vivir", ya no quedará espacio para lamentaciones paternales, y se reprocharán por no haber crecido junto a ella.

 

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