LISBOA.— El actual Gobierno de Portugal es legítimo, porque fue
elegido legalmente en junio del 2011. Pero, para ganar las
elecciones, el primer ministro Pedro Passos Coelho hizo promesas que
no supo cumplir y ha aplicado unas políticas de austeridad extrema
que han causado un desastre irreparable a los portugueses.

La percepción de la inmensa mayoría de la población es que
estamos soportando el gobierno más destructivo de la historia de la
nación. Y que nos encontramos al borde de una ruptura social.
Algunos ministros de este gobierno conservador no pueden salir a
la calle sin ser abucheados e insultados, desde el norte hasta el
sur del país.
Para enfrentar la crisis, la administración de Passos Coelho solo
ha sabido aplicar cortes y más cortes en el presupuesto, de una
magnitud nunca vista en la historia portuguesa.
Resultados: el aumento galopante del desempleo y la reducción de
los salarios, las jubilaciones e indemnizaciones por despido, junto
con una carga fiscal en espiral, han causado una pérdida del poder
adquisitivo de alrededor del 12 % de los salarios en el sector
privado y de 25 a 30 % en el sector público.
En poco más de un año y medio de administración del gobierno
conservador, el desempleo subió de 11 a 17,6 % de la población
económicamente activa, el Producto Interno Bruto se redujo en 3,2 %
en el 2012 y en este país de 10,6 millones de habitantes hay cerca
de un millón de desempleados de los cuales casi la mitad (480 mil)
no tienen subsidio de desempleo.
Como si esto fuera poco, el endeudamiento de la nación —el
público y el privado— está alcanzando niveles de catástrofe. Según
datos de enero, la deuda pública, que en el cuarto trimestre del
2011 ascendía a 107,8 % del Producto Interno Bruto ha llegado a
120,3 %, la más alta en Europa después de las de Grecia e Italia.
El endeudamiento privado es aún más alarmante, ya que entre el
2011 y 2012 subió de 220 a 280,3 % del Producto Interno Bruto.
La caída del ingreso real afecta al conjunto de los asalariados,
con la previsible excepción de los sectores económicamente
privilegiados, y está destruyendo sistemáticamente a la clase media,
lo que es gravísimo para el futuro del país.
Las pequeñas y medianas empresas están en crisis y son numerosas
las quiebras. Se acentúa la fuga forzada de cerebros —académicos,
científicos, dirigentes de empresas— y una de las más penosas
consecuencias es que nuestras excelentes universidades enfrentan
dificultades operativas y sufren pérdidas cualitativas.
Al mismo tiempo el patrimonio portugués —desde las propiedades
inmobiliarias hasta las empresas— se ha devaluado drásticamente y se
vende a precio vil, agravando el desempleo.
Como muestra de la gravedad de la situación socio-económica, hoy
en las grandes ciudades estamos viendo personas que hurgan la basura
en busca de comida.
No llama la atención que la abrumadora mayoría de los portugueses
manifiesten su adversidad a este gobierno con una creciente
agresividad. Y la mayor parte de los economistas, incluidos algunos
que en el comienzo apoyaban al gobierno, reprueban las políticas de
austeridad.
Al contrario de lo que afirma Passos Coelho, las cada día más
frecuentes protestas populares son profundamente representativas del
sentimiento general y del estado de desesperación que aflige a la
ciudadanía.
Hace unos días, el ministro de Finanzas, Vítor Gaspar, formuló
una especie de autocrítica al reconocer que sus previsiones estaban
equivocadas. ¿Qué espera, entonces, para abandonar su cargo?
Este gobierno, el peor que hemos sufrido los portugueses,
terminará muy mal. Por ello, es oportuno y necesario que Passos
Coelho presente cuanto antes la renuncia. (IPS)
* Mário Soares, expresidente y ex primer ministro de Portugal.