Eso significa que miles de árboles son talados, sin solución de
continuidad, en casi todo el mundo para alimentar su mercado de
consumo. Y en la medida en que crece la población mundial también
crece el hambre de celulosa, aunque no siempre para transmitir
conocimientos e incentivar un sano desarrollo, sino, y en gran
medida, para incrementar el lucro, el desorbitado empeño en vender,
cambiar, desechar artículos que la tecnología o la moda van
imponiendo para satisfacción y disfrute de algunas minorías.
Un breve recorrido por los pasos que preceden a la llegada del
papel a nuestras manos puede darnos una idea de su incidencia muchas
veces destructiva de nuestro entorno. Los principales proveedores de
la celulosa, que constituye su materia prima, son los árboles y
entre estos algunas especies como las coníferas y los eucaliptos de
crecimiento rápido, de fibras largas y de gran avidez hídrica. Sus
fibras al ser observadas en el microscopio son similares a un
cabello humano, con longitudes y espesores que varían según la
especie. Las de pino tienen entre 20-25 mm de longitud, mientras que
las de eucalipto no superan los 0,6-0,8 mm y aunque sus contenidos
de celulosa son diferentes, el consumo estimado de alrededor de 4
000 millones de árboles por año exige su plantación en grandes
extensiones de tierras.
La producción de papel provoca, asimismo, importantes impactos en
el medio ambiente: en primer lugar por la transformación de los
bosques nativos en monocultivos forestales en los que desaparece el
sotobosque y con él toda la fauna y la flora autóctonas y en
consecuencia toda posibilidad de que algunas de esas especies
pudieran ser útiles al ser humano en el futuro y en segundo lugar en
la etapa de producción de celulosa y papel debido a los subproductos
generados especialmente por el blanqueo, realizado mediante el uso
de químicos de alto impacto ambiental, como el hipoclorito de sodio.
Se necesitan 100 mil litros de agua por cada mil kilos de papel
producido, agua que en gran parte una vez contaminada se vierte en
los ríos, motivo por el que la mayor parte de las fábricas de papel,
consideradas como una de las industrias más contaminantes del mundo,
se establecen a sus orillas.
La cantidad de árboles utilizados depende del tipo de papel a
fabricar pero un cálculo superficial permite estimar que se
requieren aproximadamente 24 árboles por tonelada de papel.
Considerando que el consumo mundial actual es de unos 640 millones
de metros cúbicos, su materia prima procede de un bosque de
alrededor de dos millones de hectáreas, plantadas a expensas de
otras miles de hectáreas de bosques nativos y de tierras cultivables
en todo el planeta. Este consumo ha sido considerado un indicador de
desarrollo económico y las cifras así lo indican si seguimos
considerando al desarrollo como sinónimo de consumo: en la Argentina
se estima que llega a los 42 Kg por persona y por año, en los EE.UU.
a 300 kg por persona por año y en China e India a 3 kg por persona
por año
Habida cuenta de que, según los guarismos sobre el hambre en el
mundo publicados por la FAO, una de cada ocho personas padecen
hambre crónica o están desnutridas, se supone que las tierras
cultivables no están produciendo la suficiente cantidad de alimentos
como para llegar a todos los seres humanos, lo que sin duda
constituye una razón más como para considerar absurdo destinarlas a
otros fines menos prioritarios.
Si agregamos a este déficit, los mencionados problemas de
contaminación hídrica producidos por los residuos tóxicos que genera
su fabricación, no podemos dejar de detenernos a pensar sobre la
necesidad de encarar algunas medidas que tiendan a minimizar esos
impactos y a reducir su consumo. En alguna oportunidad tuve la
curiosidad de realizar un breve recuento de las páginas que, en una
revista de unas 200, se hallaban destinadas a publicitar en páginas
de formato completo un solo producto. Y el resultado fue que el 40%
de las páginas de dicha revista contenían cada una de ellas una foto
y alguna referencia publicitaria del producto anunciado ocupando la
totalidad de la página. Esta comprobación luego permanentemente
corroborada por las ediciones de todos los diarios, especialmente
las dominicales, me llevó a pensar si es realmente necesario
recurrir a la fotografía gigante de un o de una modelo como aval de
que el producto que se pretende vender tiene las cualidades que se
pregonan. De este modo como diría Eduardo Galeano "el lenguaje —y yo
agregaría la imagen y cuanto más gigantesca mejor— fabrica la
realidad ilusoria que la publicidad necesita para vender".
Es esta ciertamente una forma de publicidad generalizada pero
para la que ya es hora de que los consumidores tomemos conciencia de
que ese singular derroche no ayuda en la búsqueda de una mejor
calidad de vida, sino que por el contrario contribuye a reducir las
posibilidades de un desarrollo equilibrado en que los recursos
naturales y el medio, adecuadamente administrados, garanticen la
continuidad y el mejoramiento de la vida en el planeta.
Cada una de esas gigantescas imágenes multiplicadas por millones
de ejemplares en el mundo son prueba evidente de la falta de
conciencia de quienes solo persiguen el lucro inmediato y reflejo
fiel de la ignorancia con que millones de consumidores también
aceptamos el despilfarro de la materia orgánica que por otra parte,
transformada en más papel y en menos alimentos, se le sigue
retaceando a una gran parte de la humanidad.
Una posibilidad de comenzar a contrarrestar ese dispendio sería
instalar cadenas de mails o de tweets o de alguna otra forma de
manifestación a través de las redes sociales dirigidas tanto a los
industriales, a los anunciantes, a los publicitarios y a la prensa
en general señalándoles que los consumidores hemos tomado conciencia
de que ese tipo de publicidad conspira contra los genuinos intereses
no solo de nuestra generación sino también de las futuras y que es
necesario moderar el uso de un recurso tan valioso como el de la
materia orgánica forestal ya que su derroche resulta contradictorio
con las promesas de bienestar o de placer que pretenden anunciar a
través de los productos que son motivo de esas pantagruélicas
propagandas.
Como dice el licenciado Antonio Brailovski "los hombres y mujeres
pueden y deben proteger el conjunto de la vida que existe en este
planeta", pero para que ello sea posible "deben adquirir las
actitudes y los conocimientos necesarios para hacerlo" y a mi
criterio una de las mejores maneras de lograrlo es observar lo que
sucede a nuestro alrededor en nuestra vida diaria y en la manera en
que nuestro comportamiento o las modas, usos y costumbres que se nos
imponen a través de la publicidad y las extralimitaciones de la
propaganda, afectan y comprometen nuestro futuro. Úselo y tírelo,
como irónicamente titula Galeano uno de sus libros, es la mejor
manera de condenar la supervivencia de nuestra especie, dilapidar
cotidianamente grandes cantidades de papel es solo uno de los
ejemplos más evidentes. (Adital)