El inconformismo es un concepto clave en cualquier acto de
naturaleza artística. El artista siempre será un inconforme. Se
aprecia en cada obra significativa.
En la escuela se enseña desde temprano que Balzac fue un
inconforme. Y también Martí, no obstante haberle cantado a tantos
aspectos sensibles de la vida (que inconformismo no es apedrear por
el mero gusto).
El inconformismo sirve para detectar complejidades de todas las
especies, desde las que revolotean confusas en el interior del ser
humano, hasta las que moldean el cuerpo social de cualquier país.
Captarlas, y después trasponerlas en arte mediante las más variadas
formas.
Enemiga acérrima del inconformismo en el arte es la mediocridad.
El mundo vende mediocridad, consume mediocridad y va camino de
convertirse en un mundo culturalmente mediocre. Hasta las elites
privilegiadas se están dando cuenta.
La publicidad, cada vez más dominadora gracias al desarrollo de
la tecnología puesta al servicio de la Globalización, es enemiga del
inconformismo o, en todo caso, embrolla el concepto para convertirlo
en mercancía. Mercancía reiterada que es la mejor vía para llegar a
la banalidad.
Hace unos días, el cineasta Steven Soderbergh, grande entre los
grandes, anunciaba que se retiraba del oficio. ¿La causa? Los
productores no lo dejaban evolucionar, que es como decir, "no me
dejan seguir siendo un inconforme". Y puntualizaba que la culpa la
tenía el público.
¿Los espectadores? "Sí, porque es el público el que decide
––dijo––, los estudios, los financistas, solo reaccionan, no crean.
Reaccionan a lo que creen que la gente les pide. Pero eso no es
nuevo: toda la historia del cine ha sido así. Si la plata estuviera
en hacer películas distintas, arriesgadas, que dejaran algo humano,
las harían: ellos están ahí para hacer plata".
Planteo el de Soderbergh como para quedarse pensando: ya los
productores no imponen el gusto, sino que son los espectadores,
condicionados durante años por esos mismos productores, los que
ahora les exigen que no cambien el rumbo, no le suban el listón, no
se arriesguen demasiado, en fin, que le sigan suministrando más de
lo mismo.
¿Pasmado el ideal del intelecto siempre en crecimiento?
Mediocridad, banalidad, y mercado, los tres cayéndoles en pandilla a
ese inconformismo que, si finalmente desaparece, adiós entonces a lo
mejor del arte.