Desde adentro, insisten, todo tiene una explicación lógica. Pero
eso a veces solo comprueba que están locos.
Por ejemplo, entre las principales noticias de los últimos días
destaca el anuncio de líderes del Congreso de que ya no contemplan
prohibir las armas de asalto, lo que no es nada menos que un arma de
guerra, en el proyecto de ley para imponer un mayor control de armas
de fuego. La razón: no hay suficiente apoyo entre los legisladores.
De hecho, según una encuesta de CNN, el apoyo público a controles
más estrictos sobre las armas se ha desplomado del 52 % al 43 %
desde la matanza de Newtown.
El derecho de los ciudadanos a tener armas, se argumenta aquí,
está garantizado por la Constitución. Desde la lógica dentro del
manicomio, algunos alegan algo que suena casi revolucionario: que
los ciudadanos tienen el derecho de armarse no solo para protegerse
de los malos que andan por ahí, sino del propio gobierno y sus
posibles abusos de los derechos de los ciudadanos, como por ejemplo,
se constata en los intentos por quitarles las armas.
Súplicas de los padres de 20 niños asesinados en Newtown tan solo
hace tres meses, así como las de una representante federal cuya
carrera fue anulada por una bala en la cabeza disparada por un loco
armado; el envío por las redes sociales de una de las imágenes más
impactantes de esta semana —los lentes de John Lennon aún manchados
de sangre— con el mensaje de su viuda Yoko Ono de que más de un
millón 57 mil personas han muerto por armas de fuego en Estados
Unidos desde que Lennon fue baleado y muerto el 8 de diciembre de
1980, o las estadísticas cotidianas de balaceras en Chicago con
saldos de jóvenes muertos, o el hecho de que estas armas de asalto
son las favoritas del crimen organizado en México y Estados Unidos:
todos estos mensajes racionales y hechos a favor de imponer
controles severos sobre las armas se estrellan contra la dinámica
del manicomio oficial.
Me avergüenza que el Congreso no tenga la valentía para promover
esto, comentó un padre de uno de los niños asesinados en la escuela
primaria de Newtown hace solo tres meses.
Pero la vergüenza no parece molestar a un Congreso que cuenta con
una tasa de aprobación pública de solo un 12 %. Aunque la nota
principal en Washington durante los últimos años es que hay un
estancamiento del proceso político, donde todo se atora —desde
reformas de control de armas e inmigración hasta el presupuesto
federal y más— por una supuesta polarización ideológica, otro
fenómeno sugiere exactamente lo opuesto.
En los hechos es incuestionable la existencia de un consenso
bipartidista sobre políticas neoliberales que han generado el mayor
nivel de desigualdad económica desde la gran depresión y han acabado
con el tan vitoreado sueño americano y, por otra parte, la
construcción de un estado de seguridad nacional sin precedente que
amenaza las libertades y garantías que el gobierno pretende
defender, incluida la fundamental de libertad de expresión.
James Goodale, el abogado del New York Times en 1971,
cuando ese rotativo tomó la decisión histórica de publicar los
papeles del Pentágono, la mayor filtración de documentos secretos
oficiales antes del caso de Bradley Manning y Wikileaks en la
historia del país, y enfrentó al gobierno obsesionado con secretos
oficiales y manipulación pública del presidente Richard Nixon,
recientemente calificó el manejo de información clasificada y
libertad de prensa del presidente Barack Obama de antediluviano,
conservador, retrógrado; peor que Nixon, en una entrevista con la
Columbia Journalism Review.
En otras partes del manicomio también había noticias esta semana.
Nada más por mencionar unas cuantas: según el Financial Times,
la empresa Halliburton, que encabezaba el ex vicepresidente
Dick Cheney, antes de la guerra contra Iraq, obtuvo contratos
por 39 mil 500 millones de dólares para servicios a la invasión
estadounidense; el negocio de la sangre paga bien. Por otra parte,
Obama, quien dice estar comprometido con enfrentar el cambio
climático, nombró como próximo secretario de Energía a Ernest Moniz,
científico nuclear del Instituto Tecnológico de Massachusetts, quien
encabezó un programa de investigación financiado por las grandes
empresas energéticas y también fue asesor o integrante de juntas
directivas de varias de estas, incluida BP, la responsable de uno de
los peores desastres ecológicos en el Golfo de México.
A la vez, el alcalde de Chicago, Rahm Emanuel, acaba de anunciar
que cerrará aproximadamente 80 escuelas públicas para enfrentar un
déficit presupuestal. Lo mismo ocurre en otras ciudades como Nueva
York, Filadelfia, Washington, Baltimore y Detroit. Sin embargo, en
esas mismas ciudades sí hay fondos para abrir decenas de nuevas
escuelas chárter que son públicamente subsidiadas pero administradas
de manera privada, o sea, un esfuerzo por privatizar el sistema
público y destruir los sindicatos del magisterio.
En este clima de austeridad también hay fondos para construir más
prisiones. El gobierno federal y los estatales gastan unos 70 mil
millones de dólares anuales en el sistema penitenciario, los estados
gastan casi lo mismo en cárceles que en universidades. Esto en el
país más encarcelado del mundo, tanto en números absolutos como en
el porcentaje de su población. La Unión Estadounidense por las
Libertades Civiles reporta que eso se traduce en que uno de cada 99
habitantes está encarcelado. Con el 5 % de la población mundial,
Estados Unidos cuenta con el 25 % de la población encarcelada del
planeta.
Todo esto, y mucho más, se reporta como si fuera más o menos
normal. La locura se ha vuelto algo normal. Pero seguramente esa
información está clasificada como secreta, para bien de todos los
que estamos dentro del manicomio.