La inclinación a Occidente del presidente georgiano Mijaíl
Saakashvili, su coqueteo con la OTAN y su manifiesta aversión hacia
el vecino mayor, se han yuxtapuesto al reconocimiento por parte de
Rusia de las regiones separatistas de Abjasia y Osetia del Sur, y
todo junto ha conformado un escenario explosivo cuyas llamas ahora
tratan de apaciguar el recién electo primer ministro georgiano,
Bidzina Ivanishvili, y sus contrapartes del Kremlin.
Nada más creado, el nuevo gobierno de la nación caucásica,
formado por la coalición Sueño Georgiano, declaró como una de sus
prioridades la normalización del trato diplomático con Rusia, roto
desde el 2008, tras la guerra que involucró a ambas naciones durante
cuatro días.
Ivanishvili, quien lidera el Ejecutivo georgiano con una visión
distinta a la del presidente Saakashvili, ha afirmado que existen
"crecientes esperanzas" de estabilizar las relaciones con Moscú,
aunque ha reconocido que será un proceso lento en el cual su país
actuará con cautela.
Algo que no le ha sentado nada bien a Saakashvili, su principal
opositor, quien desde su sillón en el Palacio Presidencial culpa al
gobierno de alejarse de Occidente en aras de materializar el
acercamiento hacia Rusia.
Mientras, las autoridades georgianas adoptan medidas que
permitan, al menos, poner en marcha el intercambio económico entre
las dos naciones. El pasado 4 de febrero una delegación del
Ministerio de Agricultura georgiano sostuvo conversaciones en Moscú
donde analizaron las posibilidades de restablecer la exportación de
vino georgiano a Rusia.
Según Ivanishvili, Tiflis recibe "impulsos positivos" desde
Rusia, que ha declarado su disposición de levantar la prohibición a
las importaciones de agua mineral y vinos georgianos, una vez que
reciban la correspondiente certificación.
Estas acciones cuentan con el respaldo de la mayoría de la
población. Según el representante plenipotenciario del gobierno
georgiano para los asuntos relativos a Rusia, Zurab Abashidze, más
del 80 % de los encuestados apoya el proceso que incluye la salida
paulatina del atolladero en que se encuentran las relaciones entre
ambas naciones.
Tanto es así, que recientemente se dio a conocer que en la ciudad
georgiana de Gori, donde nació Joseph Stalin, se decidió volver a
erigir una estatua del antiguo líder soviético, que el gobierno de
Saakashvili derribó tres años atrás.
Pero a pesar de los intentos de reconciliación histórica,
Ivanishvili ha subrayado que Georgia mantiene su política de
integración en el espacio europeo y en las estructuras
euroatlánticas. "Esa es la opción histórica que ha elegido el pueblo
de Georgia", ha comentado el jefe del gobierno georgiano, sin
reparar en la desestabilización regional que ello ocasionó
anteriormente.
De hecho Rusia manifestó recientemente su preocupación por las
maniobras militares conjuntas que Georgia y Estados Unidos realizan
estos días en el territorio del país caucásico.
"Esas actividades anuales que nuestros socios estadounidenses
explican como ‘preparación para una operación en Afganistán’, de
hecho nos provocan inquietud", afirmó el portavoz del ministerio
ruso de Asuntos Exteriores, Alexander Lukashévich. El funcionario
agregó que cualquier colaboración militar de Georgia con países
extranjeros "dificulta las perspectivas del fortalecimiento de la
paz y estabilidad en la región".
Paso a paso, Georgia y Rusia intentan dejar de darse la espalda.
Aceptar sus diferencias y reconocer lo provechoso que puede ser para
ambos volver a hablar el mismo lenguaje. Podría ser el comienzo de
una necesaria amistad.