Cuba ha logrado resistir cualquier cantidad de agresiones del
gobierno estadounidense: invasiones con mercenarios como la de Bahía
de Cochinos, actos terroristas contra aviones de pasajeros, buques
mercantes, hospitales, escuelas, hoteles y otras áreas de población
civil, así como más de 600 atentados contra Fidel Castro y otros
líderes de la revolución y el más largo bloqueo económico,
financiero y comercial que haya sufrido una nación en la historia.
Todo ello junto a una sostenida campaña difamatoria en los medios
corporativos estadounidenses y de todo el mundo.
El triunfo de los cubanos sobre la tiranía de Batista por medio
de la lucha armada popular impulsó a patriotas de muchos países del
continente a asumir ese camino en aras de la liberación de sus
países del yugo extranjero.
Pero, bajo la batuta de Estados Unidos y con asesoramiento de
expertos militares de la superpotencia, las tiranías militares de
Latinoamérica reprimieron cruelmente ese accionar inspirado por la
victoria de los cubanos. Torturaron, asesinaron y desaparecieron en
las décadas de los años sesenta y setenta del pasado siglo a decenas
de miles de jóvenes revolucionarios, o sospechosos de serlo, sin
juicio previo.
La Operación Cóndor, el más desmedido operativo de las dictaduras
latinoamericanas en esos años, fue diseñado e impulsado por la CIA
en su carácter de organización clandestina global para practicar el
terrorismo de Estado contra los movimientos populares
latinoamericanos. Fue un plan de inteligencia y coordinación entre
los servicios de seguridad de los regímenes militares en Argentina,
Chile, Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia, pero sus efectos
criminales se hicieron sentir en todos los países de la región.
Paradójicamente el papel de las fuerzas armadas en la represión
popular en función de los intereses de las oligarquías, estimuló no
pocas actitudes dignas en los cuarteles por oficiales y soldados que
promovieron en las filas militares ideas patrióticas revolucionarias
en aras de revertir la indignante situación.
Luego vendría un periodo en el que estas dictaduras militares al
servicio del imperio, desprestigiadas en su gestión de gobierno,
debieron ceder espacios a procesos de la llamada "democracia
representativa" con la pretensión de que los partidos oligárquicos
tradicionales recuperaran sus anteriores posiciones de control y
subordinación a Washington para continuar implementando el esquema
de globalización neoliberal que habían iniciado en el continente por
medio de las tiranías.
Las luchas callejeras y las contiendas electorales que vinieron
con el repliegue de los militares a los cuarteles sirvieron de marco
para que los pueblos impusieran la fuerza de su número por sobre las
fortunas de las oligarquías.
La desobediencia ante los dictados de Estados Unidos, que Cuba no
dejó de practicar ni un solo segundo desde 1959 como afirmación de
su independencia, se vio estimulada por la Revolución Sandinista y
más tarde por los éxitos de la revolución bolivariana que, a su vez,
fertilizaron el terreno para una proliferación que hoy abarca a la
mayoría de las naciones latinoamericanas y caribeñas.
Con las motivaciones para el enfrentamiento al imperialismo
siempre vigentes y la Revolución cubana firmemente demostrando la
factibilidad de romper el mecanismo del fatalismo geopolítico de
sometimiento a Estados Unidos, en Venezuela el joven comandante Hugo
Chávez, inspirado en los ideales libertarios e integracionistas de
Bolívar —tras fracasar en un levantamiento armado— adoptó la
estrategia política que las circunstancias demandaban y, con un
programa de gobierno de alto contenido social, triunfó en tres
sucesivos comicios presidenciales posteriores.
La llegada al poder en los años iniciales del siglo XXI de varios
gobernantes populares, partidarios de la autodeterminación de sus
países y de la integración regional como recurso fundamental para
hacerla viable, determinó el surgimiento de diversos proyectos
integracionistas que desembocaron en la creación de la Comunidad de
Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) como nueva organización
hemisférica, excluyente de Estados Unidos y Canadá, y como
alternativa para la Organización de Estados Americanos (OEA),
dominada por Estados Unidos.
Ha sido este el momento culminante de un proceso que podría
llamarse "la revolución hemisférica de la desobediencia".
Para llegar a él ha habido que recurrir a variados métodos de
lucha pero el objetivo final sigue siendo el de lograr una América
Latina verdaderamente democrática, independiente, con identidad
regional propia y el máximo de justicia social.