Representar
a Cuba en un evento —acá en la Isla como en el extranjero— fija un
compromiso ante el pueblo, fiel seguidor de sus deportistas y
conocedor para juzgar con acierto esas actuaciones.
Practicar un deporte al máximo nivel no solo exige disciplina
técnica, arrojo, entrega, deseos de triunfar. Sin embargo cuando se
juega un partido —en cualquier categoría— tampoco puede olvidarse
que también es una manera sana de divertirse, una oportunidad para
poner sobre la cancha el entusiasmo, la alegría de vivir, las ansias
de superación, elementos distintivos de nuestra juventud.
Esa dosis de acometividad, ese ímpetu para pelear cada punto y
esa alegría capaz de impresionar al rival, estuvieron ausentes en la
selección cubana participante en la Copa Panamericana-Sub 20
Femenina de Voleibol. Faltó ímpetu, en especial ante Puerto Rico y
Colombia que, sin negar cuanto hayan podido avanzar en estos años,
sacaron mayor provecho de lo esperado a costa de una escuadra
anfitriona anonadada.
Fue precisamente Meliza Vargas, la menor del elenco, con 13 años
de edad, autora de ocho puntos ante las boricuas, la única
reconocida por el director técnico Tomás Fernández en ese desafío,
integrante de un plantel que tiene a siete jóvenes de la
preselección de mayores, según explicó el mentor a Granma.
De manera que, en los dos primeros sets frente a Colombia,
quienes saltaban, gritaban y se alegraban sobre la cancha eran las
visitantes; las nuestras permanecían en silencio, hasta que dieron
señales de vida en la tercera manga ganada 29-27, para otra vez
sumirse en la nada al perder por abultada diferencia 13-25 el cuarto
parcial y el partido.
Competir también es disfrutar, liberar esas fuerzas que, una vez
desatadas, hacen desaparecer el retraimiento, la excesiva presión,
momento a partir del cual aumenta el rendimiento y hace posible que,
si el adversario es inferior, difícilmente saldrá victorioso. Solo
así —amén del compromiso con el pueblo— se puede aspirar al éxito.