sin
otros matices importantes, en chavistas y antichavistas. Esa
polarización se pudiera traducir ahora mismo en dos bandos
contrarios: maduros e inmaduros... Los primeros, asumen con
impresionante madurez política continuar la obra de Chávez y la
elección de Nicolás Maduro como presidente. Los segundos, cabalgan
de error en error, siguiendo el guion gringo que los convierte en
cadáveres políticos.
Ya no hace falta explicar por qué la siembra de Chávez constituyó
el puntillazo final para que la oposición venezolana quedara sin
vida. Aunque ellos creían lo contrario —y mucho que lo desearon y
pregonaron—, la desaparición física del líder bolivariano no hizo
otra cosa que reafirmar en el pueblo la noción de revolución y de
Patria. Los chavistas han demostrado que 14 años de lucha,
magisterio revolucionario y político no son poca cosa. Ahora vuelven
a la línea de arrancada electoral con la ventaja consolidada que les
dejó su invicto Comandante.
Cuando apenas faltan tres semanas para las elecciones
presidenciales del 14 de abril, todas las encuestadoras, el clamor
popular y los analistas políticos de dentro y fuera, adelantan la
victoria de Nicolás Maduro, candidato de Chávez y de los sectores
populares. Y no puede ser de otra manera, porque Nicolás, el
autobusero, es el heredero del amor del pueblo por Hugo Chávez. Sin
que quepa la menor duda, es Chávez quien comanda esta campaña, y es
Chávez quien moverá a las fuerzas patrióticas a la victoria.
Esa realidad, prácticamente inamovible a estas alturas, tiene
fuera de sí al candidatito opositor, Henrique Capriles, y a sus
mentores y asesores. Saben que cinco grandes temas pesan sobre sus
hombros: 1) su absoluta falta de respeto a Chávez y su familia
durante el funeral; 2) la saga de derrotas a cuesta; 3) la ausencia
de cohesión entre las fuerzas opositoras; 4) la gestión
permanentemente interrumpida al frente de la mal gobernada Miranda;
y 5) su incapacidad para garantizar la participación de todos los
sectores opositores de manera equilibrada.
Las cuentas no le dieron a Capriles el pasado 7 de octubre y no
le darán apenas seis meses después. Por eso, apela a las operaciones
sicológicas express que le han montado afuera, y entre
disparates e incoherencias va repitiendo como loro que "Maduro no es
Chávez", mientras lo confronta suciamente, lo invita a debatir (¿no
sé de qué?) y trata de endosarle responsabilidades de ineficiencia y
corrupción en el gobierno. Capriles busca a toda costa deslindar a
Maduro de Chávez, y en su desfachatez se apropia de palabras,
conceptos e ideas del líder bolivariano.
En opinión de la periodista y analista política María Alejandra
Pérez, "el ejercicio del voto es meramente emocional. Para que un
elector siga a un candidato, este tiene que despertar un vínculo
basado en emociones tales como: la esperanza, la ira o el miedo, y
esto se diseña y logra a través de los mensajes que se elaboran y se
difunden a través de la campaña; mediante estos se busca construir
este puente emocional. Los especialistas que acompañan a Capriles
saben que las posibilidades de alterar la política y la sociedad
venezolana son pocas".
La estadísticas electorales refuerzan esa opinión: en el 2000
Chávez obtuvo 59,76 % y la oposición 37,52 %; en el 2006 el chavismo
alcanzó 62,84 % y la oposición 36,9 %; en el 2012, las fuerzas
revolucionarias ganaron con el 56 % aproximadamente frente a 44,31 %
de la oposición. ¿La constante? El electorado venezolano inclina su
favoritismo a la candidatura de Chávez. ¿Qué tendencia revelan los
números? Sólido sostenimiento de la ventaja electoral del chavismo;
altos niveles de politización y participación de la sociedad
venezolana; y la certeza de que los votos de ambos bandos fueron
movidos por un solo eje: Chávez.
Capriles sabe muy bien que el voto duro opositor es contra
Chávez, porque el chavismo existe como movimiento, ideología,
proyecto de vida, de patria y de país; pero el "caprilismo" no
existe, no es nada. No en balde vienen en su auxilio los dólares
enviados por Roberta Jacobson, la Subsecretaria para Asuntos
Hemisféricos del Departamento de Estado de EE.UU., ahora en el
centro de la tormenta injerencista; mientras las necrológicas
portadas del diario fascista El Nacional le desean la muerte,
públicamente, a Tibisay Lucena, presidenta del Consejo Nacional
Electoral, porque es digna y le recuerda al imperio su vertedero
electoral.
Así van las cosas rumbo al 14 de abril. Fecha histórica en que
los venezolanos tendrán que escoger entre el candidato de Chávez
(Nicolás Maduro) y el candidato de Jacobson (Henrique Capriles).
Tres semanas en que la oposición se desgastará en resolver el
verdadero motivo de su próxima derrota: ¿cómo se matan las ideas?
¿Cómo se entierra el ejemplo? Sí, porque como les ha recordado María
Alejandra Pérez, "Chávez vivo era peligroso, pero muerto es
invencible".