Los encontronazos pueden ser de pequeña magnitud y no trascender
o, por lo contrario, saltarse la barrera de la discreción y llegar
al dominio público, máxime en esta era de famas artificiosas en que
el tenedor de un famoso se cae al piso y la "noticia" se propaga a
los cuatro vientos.
Los embates más sonados se localizan en la relación
actor-director. Marilyn Monroe llegando tres horas tarde al estudio
y sin saberse un parlamento, y Marlon Brando saboteando con gestos
afeminados el rodaje en Tahití de El motín del Bounty (Milestone,
1962) a causa de que los productores no le pagaban a los nativos lo
que, según el actor, se merecían.
En el tríptico guionista-productor-director no han faltado los
encontronazos, principalmente en las primeras décadas del cine. Pero
pronto los guionistas comprendieron que la lucha estaba perdida y
que una vez sacar de la máquina de escribir el producto literario,
se entraba a un universo que no les pertenecía. Prevaleció entonces
entre ellos el "entrega, cobra y no hagas bulla para en la próxima
te tengan en cuenta".
Lo mismo sucedía con los escritores. Hemingway vendía los
derechos de sus novelas y se negaba a tirarle un vistazo al guion
que hacían otros, o a darse una vuelta por el estudio con el ánimo
de establecer comparaciones.
Se había curado en salud cuando a la primera versión de Por
quién doblan las campanas (1943) los productores le impusieron
dos finales, uno trágico y otro optimista, y el espectador optaba
por ver en el cine el de su preferencia. Cuando la filmación de
El viejo y el mar colaboró, pero tratando de pescar en aguas del
Pacífico la aguja que no aparecía en el Atlántico.
De los escándalos armados por la censura a lo largo de más de un
siglo posiblemente no haya escapado ningún país, lo mismo por signos
moralizantes, que políticos o ideológicos.
Y quedan los músicos, si acaso los que menos ruidos arman. Pero
lo hacen y el ejemplo más reciente tuvo lugar hace unos pocos días
cuando el maestro Ennio Morricone, el que le impregnó un sello
particular al Western spaghetti en los años sesenta, y luego maduró
hasta convertirse en un gigante de la armonía y la ingeniería
musical, el maestro Morricone, quien brilló en filmes de Sergio
Leone, Pasolini, Bertolucci, Pontecorvo, Brian de Palma, Marco
Bellocchio y otros muchos, dijo en Roma que nunca más trabajaría al
lado de Quentin Tarantino al ver lo que hizo con la banda sonora de
Django desencadenado, el oeste que acaba de conquistar
diversos lauros y éxitos de público y de crítica.
Según Morricone, a quien no le gustó nada la película por
violenta y sangrienta, Tarantino ofrece poco tiempo para componer y
luego, de contra, utiliza la música de manera incoherente.
El comentario causó sorpresa por cuanto Morricone trabajó con
Tarantino en algunos de sus filmes anteriores, e igualmente porque
la banda de Django desencadenado ha sido elogiada por no
pocos especialistas.
Pero hay un detalle que no se da a conocer en la noticia
procedente de Roma: la banda sonora del filme la integran 24
composiciones de autores varios y solo tres de ellas pertenecen al
maestro italiano.
Demasiados sentimientos y razones entonces revolviéndose en una
película para que pueda hablarse del cine como un idilio al estilo
de cualquier makin of.