El cine como idilio

Rolando Pérez Betancourt
rolando.pb@granma.cip.cu

Aunque el makin of (con una sola f) se suele realizar para que se hable bien de la película en cuestión y lo maravilloso que la pasó el equipo durante el rodaje, lo cierto es que raramente se realiza un filme puramente idílico.

Django desencadenado.

Los encontronazos pueden ser de pequeña magnitud y no trascender o, por lo contrario, saltarse la barrera de la discreción y llegar al dominio público, máxime en esta era de famas artificiosas en que el tenedor de un famoso se cae al piso y la "noticia" se propaga a los cuatro vientos.

Los embates más sonados se localizan en la relación actor-director. Marilyn Monroe llegando tres horas tarde al estudio y sin saberse un parlamento, y Marlon Brando saboteando con gestos afeminados el rodaje en Tahití de El motín del Bounty (Milestone, 1962) a causa de que los productores no le pagaban a los nativos lo que, según el actor, se merecían.

En el tríptico guionista-productor-director no han faltado los encontronazos, principalmente en las primeras décadas del cine. Pero pronto los guionistas comprendieron que la lucha estaba perdida y que una vez sacar de la máquina de escribir el producto literario, se entraba a un universo que no les pertenecía. Prevaleció entonces entre ellos el "entrega, cobra y no hagas bulla para en la próxima te tengan en cuenta".

Lo mismo sucedía con los escritores. Hemingway vendía los derechos de sus novelas y se negaba a tirarle un vistazo al guion que hacían otros, o a darse una vuelta por el estudio con el ánimo de establecer comparaciones.

Se había curado en salud cuando a la primera versión de Por quién doblan las campanas (1943) los productores le impusieron dos finales, uno trágico y otro optimista, y el espectador optaba por ver en el cine el de su preferencia. Cuando la filmación de El viejo y el mar colaboró, pero tratando de pescar en aguas del Pacífico la aguja que no aparecía en el Atlántico.

De los escándalos armados por la censura a lo largo de más de un siglo posiblemente no haya escapado ningún país, lo mismo por signos moralizantes, que políticos o ideológicos.

Y quedan los músicos, si acaso los que menos ruidos arman. Pero lo hacen y el ejemplo más reciente tuvo lugar hace unos pocos días cuando el maestro Ennio Morricone, el que le impregnó un sello particular al Western spaghetti en los años sesenta, y luego maduró hasta convertirse en un gigante de la armonía y la ingeniería musical, el maestro Morricone, quien brilló en filmes de Sergio Leone, Pasolini, Bertolucci, Pontecorvo, Brian de Palma, Marco Bellocchio y otros muchos, dijo en Roma que nunca más trabajaría al lado de Quentin Tarantino al ver lo que hizo con la banda sonora de Django desencadenado, el oeste que acaba de conquistar diversos lauros y éxitos de público y de crítica.

Según Morricone, a quien no le gustó nada la película por violenta y sangrienta, Tarantino ofrece poco tiempo para componer y luego, de contra, utiliza la música de manera incoherente.

El comentario causó sorpresa por cuanto Morricone trabajó con Tarantino en algunos de sus filmes anteriores, e igualmente porque la banda de Django desencadenado ha sido elogiada por no pocos especialistas.

Pero hay un detalle que no se da a conocer en la noticia procedente de Roma: la banda sonora del filme la integran 24 composiciones de autores varios y solo tres de ellas pertenecen al maestro italiano.

Demasiados sentimientos y razones entonces revolviéndose en una película para que pueda hablarse del cine como un idilio al estilo de cualquier makin of.

 

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