CARACAS,
VENEZUELA.— He salido de Cuba con las banderas a media asta. Desde
la tarde anterior, nefasta tarde anterior, informan que Chávez ha
muerto. Se habla de deceso, de exequias, de restos mortales, de
cortejo fúnebre. Pero por más que quiera acostumbrarme a la idea, no
logro ver a un Chávez muerto. Es como si el sustantivo nada tuviera
que ver con el adjetivo, como si la locura también se hubiera
apoderado del idioma.
He llegado a Caracas aún con esa sensación incrédula de quien se
resiste a aceptar. Y uno llega a incomodarse con la vida (aquí
cabría una expresión más dura, pero la dejo para la soledad de mi
rabia) porque Chávez, además de todo lo inabarcable, era un hombre
bueno. De esos hombres con tantas cosas por hacer, de esos hombres a
los que la muerte debiera huirle siempre.
Esta ciudad duele. Y sí, dicen que ha muerto Chávez pero para
donde quiera que mire allí está. Es como si hubiera escapado a la
tristeza, como si hubiera trascendido a un cuerpo que ya no le
respondía porque él, tan empecinado siempre, tenía que seguir dando
batalla. Por eso sigue en el alma de su pueblo, en esos jóvenes que
esta noche caraqueña no duermen y alivian el dolor "tatuando" en sus
vidas que Chávez vive.
He salido de una Cuba con banderas a media asta, de una Isla que
lo sufre como un hijo más. Pero por esos vericuetos indescifrables
de la existencia, por esos guiños anunciadores cuando el dolor más
duele, he vuelto a ser cómplice de la vida. El avión que me trajo a
este país venía cargado de médicos, enfermeras, sanadores todos del
alma, como señal inequívoca de que la luz que prendió Chávez no
tiene la menor intención de apagarse, porque la vida continúa,
porque la lucha no acaba, porque la victoria se hizo pueblo en esta
tierra, porque Chávez sigue estando, porque venció al destino y se
convirtió en la fuerza que levanta hoy a esta Patria rescatada.
Quién dijo que ha muerto, quién dijo que era posible
acostumbrarse a tan macabra idea. Y es que el niño al que le
prohibieron entrar a la escuela porque no tenía zapatos se convirtió
en el hombre que enseñó a andar a este país. Quienes hoy aquí le
lloran saben que el llanto es pasajero porque la Revolución no
permite descanso, espera, quebrantos. Porque como dijo alguien
destrozado por el infortunio de un cinco de marzo: "Esto es un hasta
siempre. Queda prohibido dejar morir a Chávez, en ello se nos tendrá
que ir la vida".