Hasta que la muerte los separe

ROLANDO PÉREZ BERTANCOURT

Si bien es cierto que la primera reacción de los escritores al descubrir el cine fue de un maravilloso desconcierto, no pocos de ellos, repuestos del susto (en especial aquel tren que avanzaba agresivo hacia el público) se encargaron de señalar que "el espectáculo" carecía de voz y letra, que era como no tener alma.

Máximo Gorki fue uno de los que aplaudió el invento de los hermanos Lumière, pero al mismo tiempo plasmó en una crónica la ausencia de sonido capaz de transmitirle "una impresión tan compleja como singular".

Su encuentro con el cinematógrafo fue en el café Aumont, en 1896, meses después de la primera presentación de una película en el Grand Café del Boulevard de los Capuchines, el 28 de diciembre de 1895. Una función, la del café Aumont, que no obstante la abundancia de mujeres alegres, el vino y la música, el escritor logró apreciar perfectamente, a juzgar por la crónica de marras.

"Pero esta actividad ––escribe Gorki–– se pierde en un silencio extraño; no se oye ni el fragor de las calles, ni el eco de los pasos, ni el de las conversaciones. Nada, ni una sola nota de la complicada sinfonía que acompaña los movimientos humanos. E

n silencio, el viento agita el follaje color ceniza. En silencio, seres grises se deslizan por el suelo gris, condenados al mutismo eterno, privados por un castigo cruel de los colores de la vida".

El silencio y la falta de voz se remarcan una y otra vez como pronóstico de que el cine, al carecer de un vehículo para expresar las ideas, se quedaría en pura técnica o atracción de feria.

Nada que reprochar, ni a Gorki ni a otros escritores, por no vislumbrar una gramática propicia para el nuevo invento. Esta fue naciendo más en manos de los fotógrafos del cine mudo ––que la creaban sobre la marcha–– que a instancias de los directores, acudiendo al plató con libros en las manos (Los tres Mosqueteros, Los miserables y otros más), a los cuales iban arrancándole las hojas y lanzándolas al viento según filmaban las escenas más significativas.

De aquellos días iniciales data la polémica entre la literatura, concebida como un arte, y el cine, calificado de simple espectáculo. Habría que imaginarse entonces las discusiones armadas por los cultos escritores, con siglos de sedimentos literarios en sus maneras de representar la vida, y los vapuleados aventureros de las cámaras al hombro, tratando de abrirse un espacio hacia la trascendencia artística.

Hoy ––cine sonoro y guionistas mediante–– nadie discute que si bien en su comienzo el cine bebió de las formas narrativas de la literatura, la literatura terminaría por cobrarse las cuentas "robándole" al cine experimentos fundamentales relacionados con el tiempo y las estructuras.

A ratos, viendo una película, uno se dice, sin información previa: "esto viene de un libro". Y leyendo un libro, se da cuenta de las influencias provenientes del cine.

Aunque a veces, tras ver un filme basado en una novela, el espectador explote alegando que descuartizaron el libro.

Pero no importan el tira y encoge. Como los buenos amores contados por cualquier melodrama, el vínculo entre la literatura y el cine será siempre complementario y no libre de encontronazos, hasta que la muerte los separe.

 

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