Si
algo tiene la Carmen del Ballet Español de Cuba (BEC) que se
apoderó del teatro Mella, es una fuerza expresiva intensa. Esa que
emerge en la escena por la coreografía de Eduardo Veitía que exhala
mucho dramatismo en la puesta, la música, y en esta ocasión, por la
presencia de uno de los grandes de la danza cubana e internacional:
José Manuel Carreño. Él, como invitado del BEC, ha vestido el Don
José para colorear la escena de un tinte especial que ha permeado a
toda la compañía.
La
Carmen del BEC es de esas piezas que mientras más uno las ve,
les encuentra siempre algo diferente y notorio. Por supuesto que el
coreógrafo le ha hecho afortunados cambios, pero Veitía y sus
huestes han demostrado en el tiempo que nada es imposible de decir
desde el movimiento. Ese reto danzario, de otros tantos que ha
tenido que protagonizar la agrupación para seguir adelante y que
tanto aplaude el espectador, es lo español contemporaneizado. Es el
estilo del BEC, donde hay una mezcla del ballet clásico, lo español
y la danza que resulta un todo que se "degusta" equilibradamente en
el "paladar" de los amantes del género.
Dirigida por Eduardo Veitía, en dos actos y varias escenas resume
la esencia de la acción y se arma la pieza a partir de un trabajo
interpretativo excelente, con altos momentos de baile que tiene,
además, el mérito indiscutible de haber huido del folclorismo barato
y haberle dado el vuelo externo de una manera contemporánea. Estas
jornadas del Mella tuvieron su clímax en ese dúctil y perfecto
bailarín que es José Manuel Carreño. Al abordar el Don José demostró
que está preparado para enfrentar cualquier estilo. Puso pasión en
el ritmo, destreza sin par en el difícil taconeo —que motivó muchos
aplausos—, y esos tonos en danza e interpretación que subyacen en
los grandes. A su lado brilló la primera bailarina Graciela Santana,
fogueada desde hace años en el BEC y portadora de unas excelentes
condiciones técnicas. No caben dudas de que ambos regalaron una
pareja que fue protagonista de la puesta. Vale la pena mencionar el
toro de Sophia Hernández, ¡impresionante!, siempre en personaje, con
una máxima expresividad en sus movimientos y gestos.
Muy bien la Micaela de Ailién Puerto y la Doña Frasquita de
Yasnai Marín, mientras que el Escamillo de Ricardo Quintana no
estuvo ni muy bien ni mal, adecuado. En cuestiones de baile hizo un
enorme esfuerzo y se observa que tiene madera para enfrentar tareas
mayores, pero debe dejarse sentir más en la escena. Es muy joven y
tiene ante sí un inmenso campo por desandar aún.
Carmen es una coreografía imaginativa que logra escenas de
alto nivel de creatividad. Una parte del triunfo de esta puesta se
debe a la estructura dramática, al sencillo y funcional decorado, al
vestuario y a las luces, que crean y desaparecen espacios y
ambientes. La otra está relacionada con los bailarines, que aun
cuando se observa una juvenil compañía en el elenco, hay un trabajo
de equipo de todos y cada uno. Ese es el sello del BEC.