En verdad, no hubiera Hollywood sin ese cambalache que en cientos
de películas convirtió a los sioux en ingratos atacantes de los
colonizadores blancos, y a los marines encabezados por John Wayne en
Boinas verdes (1968) en sonrientes repartidores de caramelos
a los niños vietnamitas.
Tergiversaciones que poco tienen que ver con las licencias
creativas que pueden aparecer en cualquier obra de ficción inspirada
en hechos históricos.
Los cambiazos del Hollywood tradicional en temas de política
están afincados, en lo fundamental, en su interés por "americanizar"
el héroe a toda costa y con él, orquestar los sacrosantos valores
nacionales que representa.
En esta ocasión el héroe vuelve a ser otro agente de la CIA, de
nombre Tony Méndez e interpretado por Ben Affleck, también director
de la cinta Argo, un movidito thriller político que ha
cautivado audiencias bajo el recurrente cartelito de "basado en
hechos reales".
Hubiera sido otro éxito de taquilla más y otro gato por liebre en
lo concerniente a la "historia verídica" que dice contar, si no
fuera porque la película se llenó de Globos de Oro y más
recientemente, de siete nominaciones al Oscar.
Paradójicamente entonces, los premios la pusieron en la picota y
algunos de los implicados reales que aparecen representados en la
trama creyeron conveniente abrir la boca en torno a esta historia
vinculada con la llamada crisis de los rehenes, que tuvo lugar en
Irán, en 1979.
En esencia, el filme cuenta una operación de la CIA para rescatar
a seis diplomáticos estadounidenses escondidos en la embajada de
Canadá, y presenta escenas tan a lo "James Bond" como una en que
oficiales iraníes persiguen en la pista de aterrizaje a la nave que
se lleva a los norteamericanos.
Mark Lijek, uno de esos diplomáticos, le dijo a la AFP que tal
espectacularidad nunca existió y que si bien comprende la necesidad
de alterar los hechos para buscar una historia más atractiva, tiene
preocupaciones sobre "lo que los espectadores puedan entender". "Es
una lástima ––dijo Lijek–– aunque Affleck y el guionista no son
responsables de nuestra incapacidad para enseñar historia".
Entre las grandes libertades que se toma el filme, estuvo la de
disminuir el papel de la embajada de Canadá en los hechos, lo que
hizo que el entonces embajador de ese país en Teherán, Ken Taylor,
le declarara, no sin cierta sorna, al Toronto Star que la película
es divertida y emocionante, "pero miren, Canadá no estuvo ahí
sentada viendo lo que pasaba. La CIA fue su socio minoritario".
Más claro ni el agua: la nueva operación de rescate fílmico hace
que las mieles se repartan entre el Hollywood productor y la CIA que
poco hizo.
Mientras tanto, el cineasta iraní Ataollah Salmanian anunció que
ante la visión deformada de cómo fueron los hechos acaecidos en
aquel año de 1979, el cine de su país hará otra película para
desmentir a Argo.
Habrá que ver entonces si el Oscar, próximo a entregarse, tendrá
en cuenta cuánto pueden pesar la tergiversación y la mentira en aras
de la espectacularidad, siempre tan aplaudida.