Hollywood, otra vez el cambalache

Rolando Pérez Betancourt
rolando.pb@granma.cip.cu

A más de ciento diez años de haberse inventado el cine, dar a conocer que Hollywood ha hecho otro filme falseando la realidad histórica es como olvidarse de lo que es noticia.

Argo, siete nominaciones al Oscar y ninguno por las mentiras.

En verdad, no hubiera Hollywood sin ese cambalache que en cientos de películas convirtió a los sioux en ingratos atacantes de los colonizadores blancos, y a los marines encabezados por John Wayne en Boinas verdes (1968) en sonrientes repartidores de caramelos a los niños vietnamitas.

Tergiversaciones que poco tienen que ver con las licencias creativas que pueden aparecer en cualquier obra de ficción inspirada en hechos históricos.

Los cambiazos del Hollywood tradicional en temas de política están afincados, en lo fundamental, en su interés por "americanizar" el héroe a toda costa y con él, orquestar los sacrosantos valores nacionales que representa.

En esta ocasión el héroe vuelve a ser otro agente de la CIA, de nombre Tony Méndez e interpretado por Ben Affleck, también director de la cinta Argo, un movidito thriller político que ha cautivado audiencias bajo el recurrente cartelito de "basado en hechos reales".

Hubiera sido otro éxito de taquilla más y otro gato por liebre en lo concerniente a la "historia verídica" que dice contar, si no fuera porque la película se llenó de Globos de Oro y más recientemente, de siete nominaciones al Oscar.

Paradójicamente entonces, los premios la pusieron en la picota y algunos de los implicados reales que aparecen representados en la trama creyeron conveniente abrir la boca en torno a esta historia vinculada con la llamada crisis de los rehenes, que tuvo lugar en Irán, en 1979.

En esencia, el filme cuenta una operación de la CIA para rescatar a seis diplomáticos estadounidenses escondidos en la embajada de Canadá, y presenta escenas tan a lo "James Bond" como una en que oficiales iraníes persiguen en la pista de aterrizaje a la nave que se lleva a los norteamericanos.

Mark Lijek, uno de esos diplomáticos, le dijo a la AFP que tal espectacularidad nunca existió y que si bien comprende la necesidad de alterar los hechos para buscar una historia más atractiva, tiene preocupaciones sobre "lo que los espectadores puedan entender". "Es una lástima ––dijo Lijek–– aunque Affleck y el guionista no son responsables de nuestra incapacidad para enseñar historia".

Entre las grandes libertades que se toma el filme, estuvo la de disminuir el papel de la embajada de Canadá en los hechos, lo que hizo que el entonces embajador de ese país en Teherán, Ken Taylor, le declarara, no sin cierta sorna, al Toronto Star que la película es divertida y emocionante, "pero miren, Canadá no estuvo ahí sentada viendo lo que pasaba. La CIA fue su socio minoritario".

Más claro ni el agua: la nueva operación de rescate fílmico hace que las mieles se repartan entre el Hollywood productor y la CIA que poco hizo.

Mientras tanto, el cineasta iraní Ataollah Salmanian anunció que ante la visión deformada de cómo fueron los hechos acaecidos en aquel año de 1979, el cine de su país hará otra película para desmentir a Argo.

Habrá que ver entonces si el Oscar, próximo a entregarse, tendrá en cuenta cuánto pueden pesar la tergiversación y la mentira en aras de la espectacularidad, siempre tan aplaudida.

 

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