Seriales

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

Mi padre nunca me habló de películas vistas en el cine, sino de seriales. Todavía en los años sesenta del pasado siglo trataba de emocionarme contándome capítulos de La Moneda rota (The Broken Coin, Francis Ford, 1915) o de Rocambole, el buen ladrón de los guantes blancos concebido por Ponson du Terrail (1829-1871) en folletines que terminaron con la tradición de la novela gótica y que en pantalla tuvo cinco versiones.

Flash Gordon.

La primera de ellas (Georges Denola, 1914) fue seguramente la que vio él durante 15 visitas al cine.

Aquellos seriales rocambolescos, que muy pronto serían casi por completo de producción estadounidense, le sirvieron a la cinematografía de ese país para instalarse definitivamente lo mismo en Cuba que en otros países latinoamericanos y acabar con el predominio del cine europeo, en especial el italiano.

La técnica para enganchar al espectador fue muy similar a la puesta en práctica por el vizconde du Terrail: hechos extraordinarios y un personaje tan atractivo como inverosímil puesto en constante peligro. (Si se repasa la vida de Rocambole se verá cómo no pocos aspectos estarán presentes en posteriores referencias de la literatura, el cómic y el cine de aventura: huérfano que sufrió bajo la férula de una madrastra abusiva, prisionero durante años, protegido por un noble, cojo y desfigurado, cabecilla de una banda de malhechores y luego redimido para ponerse al servicio de la justicia, al tiempo que se convertía en un caballero elegante y vengador).

Seriales de doce o quince capítulos, concluido cada uno de ellos con un denominado "final de precipicio", es decir, el héroe se caía barranco abajo y los espectadores se llevaban a la cama la incertidumbre de cómo saldría de aquella muerte segura, solo para después encontrárselo aferrado a un arbusto y dispuesto a seguir en la pelea.

En ocasiones no había ni arbusto ni tablita salvadora de ningún tipo y el final se cambiaba descaradamente, como lo descubrí con gritos de protesta no en el cine, sino en la televisión, en donde comenzaron a pasarse los seriales de la pantalla grande cuando la nueva tecnología pareció que se llevaría en la golilla el entretenimiento de nuestros abuelos, nacido popularmente como cinematógrafo a principios del siglo XX.

Entre aquellos seriales que dieron el salto a la pantalla chica y cautivaron se encuentra Flash Gordon conquistador del Universo, del año 1940, que hizo que los muchachos quisieran parecerse al atlético Buster Grabbe (corría como si flotara), quizá el más importante de los paladines siderales enfrentados a sabios demoníacos empeñados en dominar la Tierra.

Pero antes, como niño espectador, alcancé a ver seriales en el cine Chic, de Mantilla, allá en 1953-1954. Mi hermano Roberto había pintado los carteles de promoción del Capitán Marvel y me coló sin pagar. Días después tuvo que recogerme del piso con la cabeza rota cuando, toalla al cuello cual capa voladora, pronuncié encaramado en una silla el grito mágico del héroe, ¡Shazzzán!, y salté al vacío.

Producidos por Hollywood fundamentalmente, los seriales siguieron desarrollándose en la televisión sin perder su impronta de "producto comercial seguidor de patrones": buenos muy buenos y malos muy malos enfrentados en eterna batalla, sin que ella conllevara a planteamientos sociales cuestionadores del sistema. En el aspecto técnico, resaltaba una profesionalidad para el medio, la tv, pero nunca sin tratar de alcanzar tallas artísticas afines al cine que pusieran en peligro los esquemas regidores de una historia que, a toda costa, debía dejarse llevar por un ritmo dinámico, sin el cual ––aseguraban los especialistas–– no habría audiencia.

Así fue hasta que a finales de los años 90 del siglo pasado, algunos patrones comenzaron a ser subvertidos mediante propuestas artísticas que negaban experiencias hasta entonces acumuladas. Y comenzaron a verse historias que resaltaban por su originalidad, sus guiones más trabajados, personajes complejos, densidad dramática, cabos sueltos, actuaciones de primera y nada de mojigaterías.

No son pocos lo que señalan Los sopranos (David Chase, HBO, 1999) como el primero en abrir el camino hacia un nuevo tipo de seriales de alta calidad, esos que ahora mismo hacen que muchos los prefieran, por encima de las películas.

 

| Portada  | Nacionales | Internacionales | Cultura | Deportes | Cuba en el mundo |
| Comentarios | Opinión Gráfica | Ciencia y Tecnología | Consulta Médica | Cartas| Especiales |

SubirSubir