La primera de ellas (Georges Denola, 1914) fue seguramente la que
vio él durante 15 visitas al cine.
Aquellos seriales rocambolescos, que muy pronto serían casi por
completo de producción estadounidense, le sirvieron a la
cinematografía de ese país para instalarse definitivamente lo mismo
en Cuba que en otros países latinoamericanos y acabar con el
predominio del cine europeo, en especial el italiano.
La técnica para enganchar al espectador fue muy similar a la
puesta en práctica por el vizconde du Terrail: hechos
extraordinarios y un personaje tan atractivo como inverosímil puesto
en constante peligro. (Si se repasa la vida de Rocambole se verá
cómo no pocos aspectos estarán presentes en posteriores referencias
de la literatura, el cómic y el cine de aventura: huérfano que
sufrió bajo la férula de una madrastra abusiva, prisionero durante
años, protegido por un noble, cojo y desfigurado, cabecilla de una
banda de malhechores y luego redimido para ponerse al servicio de la
justicia, al tiempo que se convertía en un caballero elegante y
vengador).
Seriales de doce o quince capítulos, concluido cada uno de ellos
con un denominado "final de precipicio", es decir, el héroe se caía
barranco abajo y los espectadores se llevaban a la cama la
incertidumbre de cómo saldría de aquella muerte segura, solo para
después encontrárselo aferrado a un arbusto y dispuesto a seguir en
la pelea.
En ocasiones no había ni arbusto ni tablita salvadora de ningún
tipo y el final se cambiaba descaradamente, como lo descubrí con
gritos de protesta no en el cine, sino en la televisión, en donde
comenzaron a pasarse los seriales de la pantalla grande cuando la
nueva tecnología pareció que se llevaría en la golilla el
entretenimiento de nuestros abuelos, nacido popularmente como
cinematógrafo a principios del siglo XX.
Entre aquellos seriales que dieron el salto a la pantalla chica y
cautivaron se encuentra Flash Gordon conquistador del
Universo, del año 1940, que hizo que los muchachos quisieran
parecerse al atlético Buster Grabbe (corría como si flotara), quizá
el más importante de los paladines siderales enfrentados a sabios
demoníacos empeñados en dominar la Tierra.
Pero antes, como niño espectador, alcancé a ver seriales en el
cine Chic, de Mantilla, allá en 1953-1954. Mi hermano Roberto había
pintado los carteles de promoción del Capitán Marvel y me
coló sin pagar. Días después tuvo que recogerme del piso con la
cabeza rota cuando, toalla al cuello cual capa voladora, pronuncié
encaramado en una silla el grito mágico del héroe, ¡Shazzzán!, y
salté al vacío.
Producidos por Hollywood fundamentalmente, los seriales siguieron
desarrollándose en la televisión sin perder su impronta de "producto
comercial seguidor de patrones": buenos muy buenos y malos muy malos
enfrentados en eterna batalla, sin que ella conllevara a
planteamientos sociales cuestionadores del sistema. En el aspecto
técnico, resaltaba una profesionalidad para el medio, la tv, pero
nunca sin tratar de alcanzar tallas artísticas afines al cine que
pusieran en peligro los esquemas regidores de una historia que, a
toda costa, debía dejarse llevar por un ritmo dinámico, sin el cual
––aseguraban los especialistas–– no habría audiencia.
Así fue hasta que a finales de los años 90 del siglo pasado,
algunos patrones comenzaron a ser subvertidos mediante propuestas
artísticas que negaban experiencias hasta entonces acumuladas. Y
comenzaron a verse historias que resaltaban por su originalidad, sus
guiones más trabajados, personajes complejos, densidad dramática,
cabos sueltos, actuaciones de primera y nada de mojigaterías.
No son pocos lo que señalan Los sopranos (David Chase, HBO,
1999) como el primero en abrir el camino hacia un nuevo tipo de
seriales de alta calidad, esos que ahora mismo hacen que muchos los
prefieran, por encima de las películas.