Un concierto para no olvidar

MICHEL HERNÁNDEZ
michelher@granma.cip.cu

Días antes de su concierto en el Teatro Nacional, Carlos Varela me confesaba que su presentación sería una de las más importantes de su vida y un gran homenaje a su generación. Es cierto que muchos de sus seguidores, sobre todo los que nacimos a inicios de la década del 80, guardamos en un rincón muy especial varios de los conciertos del "gnomo"; sin embargo, no hay duda de que este último ofrecido en La Habana rompió todas las marcas para quedar grabado en los primeros puestos de nuestra memoria individual.

foto: Olivia PrendesVarela junto a Ivan Lins.

No obstante, Varela quedó a medio camino cuando afirmó que sería solo un homenaje a su generación. Es que varias de sus canciones trascienden épocas y fronteras. Porque, finalmente, la historia de una buena canción termina siendo también la de nuestra propia existencia.

El concierto tuvo mucho para entrar en la historia de la música cubana contemporánea. Por una parte, el cantautor se veía muy dispuesto a celebrar a lo grande los 30 años que lo separan de aquel joven que irrumpió en la escena local para atreverse a testimoniar los acontecimientos de la vida real. Por otra, compartió el cartel con artistas foráneos de primera línea como el brasileño Ivan Lins, el puertorriqueño Eduardo Cabra, y el estadounidense Jackson Browne. Y lo mejor de todo, exhibió los atributos que han caracterizado el ritual catártico entre él y su público.

De la noche se pueden reseñar muchos momentos. Que interpretó títulos como Graffiti de amor, Muros y Puertas, Telón de fondo, Como un ángel y Monedas al aire; que reunió a artistas cubanos de altura como Juan Formell, Samuel Formell, Isaac Delgado, José Luis Cortés, X Alfonso, Alexander Abréu, Girardo Piloto, Diana Fuentes y el pianista Aldo López Gavilán, quien, por cierto, acompañó al cantautor durante todo el trayecto con notable destreza técnica e imaginación.

Acompañado de la Orquesta de Cámara de La Habana, Varela se dio el gusto de manejar el repertorio a su antojo y repasar lo más representativo de su trayectoria. Normal, entonces, que el público tocara el cielo cuando se escucharon El leñador sin bosque, Memorias, Guillermo Tell, La política no cabe en la azucarera y Foto de familia. Hubo espacio para que el músico dejara caer Monedas al aire después de intercambiar unas sentidas palabras con el auditorio: "Este tema está dedicado a mi santa madre que me escucha desde el cielo", dijo, y comenzó a sonar uno de sus grandes himnos.

Por otro lado hay que mencionar que su obra sobrepasa el aspecto meramente musical para entrar en el terreno del arte auténtico, ese que se aplica a fondo para narrar la sociedad de forma sincera e inteligente. En verdad se trata de un músico que desde sus inicios fue fiel a los dictados de su conciencia creativa. Por eso, también, puede ser un reto para el artista continuar retratando la sociedad actual con la misma coherencia y exigencia lírica de siempre y con la creación de nuevas canciones que quizás pudieran llegar a formar parte de la banda sonora de las más jóvenes generaciones de cubanos.

 

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