CASCANUECES: compás de música y baile

TONI PIÑERA

Alicia Alonso, no hay duda alguna, marcó la danza del novecento y, por supuesto, todas sus coreografías también, con lo que ha sabido infundir de sabiduría técnica y matices estilísticos a las generaciones posteriores. La de Cascanueces, versión en dos actos sobre la original de Lev Ivánov, no es una excepción.

Foto: Nancy Reyes

La consagrada Viengsay Valdés y el novel Víctor Estévez, en el Hada Garapiñada y su Caballero, respectivamente, en una función memorable.

Las funciones del clásico a comienzos del año acercaron buenas energías emanadas de la tropa de Alicia. Haciendo el recuento, y empezando por el final, se destaca un nombre: Viengsay Valdés. Ataviada como el Hada Garapiñada mostró todo su arsenal, esa forma de bailar donde técnica, interpretación y pasión se transforman en arte del movimiento. A su lado brilló también un joven que crece a pasos agigantados —aunque debe hacer hincapié en la labor de pareja en momentos claves—, el novel Víctor Estévez, quien tiene condiciones para alcanzar cimas. Con su presencia, sorteó las dificultades del Caballero en sus solos, y acaparó junto a Viengsay las más fuertes ovaciones de la tarde y de la temporada.

Igualmente muy agradable disfrutar, en los mismos roles, a Yanela Piñera/Arián Molina. Ellos mantuvieron un diálogo espontáneo que tuvo su momento más relevante en la coda. Segura y desbordante de bríos, ella puso en juego toda la técnica y elegancia características en su quehacer, y, junto a su compañero matizaron el difícil pas de deux del segundo acto. Yanela Piñera, acompañada por Camilo Ramos, en el primer acto de esa función sabatina, realizaron una interpretación inmejorable de la Reina y Príncipe de las Nieves. En relación con Camilo Ramos, es menester anotar que en el Cascanueces se entregó en cuerpo y alma para regalar un trabajo convincente.

La fresca pareja integrada por los jóvenes Arianni Martín/Miguel Anaya, debutando en la Reina de las Nieves y el Príncipe de las Nieves, respectivamente, fue de las cosas buenas aparecidas en las tablas estos días. Ella ha demostrado que tiene condiciones excepcionales para triunfar, llevó con buen tino su variación, con algún que otro visible contratiempo en los giros. Él, con un baile fluido, "garra" artística y fuerza, dejó en claro que resulta una buena carta de triunfo en la compañía.

Un aparte especial merecen Amaya Rodríguez y José Lozada, quienes en el Hada Garapiñada y su Caballero realizaron una entrega emotiva el día 11. La Clara vivió instantes agradables, en primer lugar, en Grettel Morejón, con un personaje que ha hecho ya suyo. La juvenil Arianni Martín destacó por el rigor en el baile, y Annie Ruiz con una magistral interpretación.

Drosselmeyer es hilo conductor de la acción en la obra, y alcanza intérpretes muy especiales en Leandro Pérez y Ernesto Díaz. Ellos lo alternan con matices diferentes, pero aderezado con un talento a flor de piel. El primero le otorga un halo místico, el segundo se enfrenta a estos roles con mucha fuerza escénica. Pero, ambos le imprimen un profesionalismo convincente hasta en los más mínimos detalles.

Es menester destacar en estos Cascanueces la importancia del diálogo escénico entre noveles y consagrados. Los padres de Clara, vestidos por Ivette González/Félix Rodríguez, nombres ya sedimentados en el Ballet Nacional de Cuba (BNC), adquieren un tinte de especial significación. Tanto en los ademanes, la manera de caminar por las tablas y el diálogo escénico con el resto del elenco constituyen un ejemplo para los más jóvenes.

En relación con los niños del primer acto se observó un ligero cambio, a favor, y los bailarines interpretaron con mayor naturalidad, en términos generales, a los infantes. Subrayando el quehacer de Dairon Darías, como el hermano de Clara. Es el más convincente con una estudiada y medida actuación. Bastante acomodado y homogéneo estuvo el cuerpo de baile, principalmente en los copos de nieve, no así en los soldados que se notan siempre dispersos.

La orquesta del Gran Teatro de La Habana (GTH) estuvo muy bien conducida por el maestro Giovanni Duarte, y a pesar de los problemas técnicos del audio de la institución —ajenos a su quehacer—, los sorteó con tino. Como amantes del arte y la cultura, esperamos que la restauración del GTH —que recién comienza—, no se duerma en los laureles, y se lleve a buen término con el rigor necesario que merece tamaña institución.

 

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