Sin conocer la ubicación exacta del lugar y después de mucho
indagar, logramos llegar a Titanyen, al norte de la capital
haitiana.
Entre colinas desérticas que miran a la Bahía de Puerto Príncipe
y en un terreno donde la muerte está viva gracias al recuerdo,
reposan las almas de los hijos de esta tierra a los que el
infortunio les quitó sus vidas.
Es el fin de la ruta que tomaron incontables camiones en una
caravana dolorosa. Estos vehículos mortuorios portaron los cadáveres
sin nombre, recogidos en las calles, aceras y rincones de la capital
haitiana. Muertos anónimos de todas las edades y condiciones,
depositados aquí sin identificar. Cuerpos expuestos a la intemperie
que urgía sacar de las arterias de Puerto Príncipe a riesgo de
provocar otra catástrofe sanitaria.
Las imágenes de entonces reflejaban a una ciudad que parecía
recién bombardeada. Hoy, a tres años de la sacudida de la tierra, la
realidad es otra, pero el sentir es eterno y no faltarán quienes en
días como este de recuerdo y dolor pidan descanso para los muertos y
den las gracias por estar vivos. Es por ello quizás que el monumento
que se erige a unos pocos metros de la fosa común de Titanyen, en
memoria de los muertos del terremoto, lleva grabado en francés y
creole: Doce de enero del 2010 nunca te olvidaremos.
Hasta Titanyen acudimos más o menos a la misma hora que aquel
martes fatídico marcó el comienzo de una nueva página de sufrimiento
para el pueblo haitiano, ese que hoy marcha por otros caminos, se
levanta cada día en busca de un nuevo presente y lleno de fe, mira
al cielo.