Junto
a su padre vindicó al Apóstol en el año de su centenario colocando
en la cresta del pico Turquino el busto de Martí, que desde allí
oteaba el horizonte como reclamando la conclusión de su obra.
Ella no sabía que ese mismo año, en Santiago, un centenar de
jóvenes iniciarían el intento de reivindicarlo, inmolándose en el
cuartel Moncada. Tampoco imaginó que volvería a aquella cúspide
acompañando al líder de los moncadistas, vestida de verde olivo,
como primera guerrillera con un fusil colgado en su tierno hombro de
mujer.
Con el humanismo que heredó de su padre y la sensibilidad de la
madre, organizó con los nombres de Norma, Aly, Carmen, Liliana o
Caridad, la base de apoyo del incipiente movimiento guerrillero,
creciendo ella misma con el vigor incontenible de esa fuerza y
convirtiéndose en la sencilla e insustituible Celia, con cuyo nombre
la ha eternizado nuestro pueblo. No en balde, Armando Hart afirmó en
su oración fúnebre que "será imposible escribir la historia de Fidel
Castro sin reflejar a la vez la vida de Celia".
Muchas obras aún conservan su impronta, en la belleza de los
detalles que sugería a arquitectos e ingenieros, que luego las
hacían suyas. El Parque Lenin, la Casa de los Cosmonautas o el
Palacio de las Convenciones, lo atestiguan.
Como acertadamente dijera su colaboradora Nelsy Babiel, "estaba
en todo y no aparecía en nada; evadía las entrevistas para evitar
que se resaltara su obra. Su maternal preocupación por cada
compañero, por cada familia campesina, en los días de la lucha
guerrillera, se extendió, tras la victoria, a su pueblo. Todos
confiaban en ella y ninguno fue defraudado".
Con su flor predilecta, la mariposa, adornando a veces su cabello
o entre los dedos, como mujer delicada y tierna que era, estaba
atenta y alerta a todo.
Celia Sánchez Manduley no murió el 11 de enero de 1980, cuando
aún no había cumplido los 60 años, porque continúa siendo la flor
más autóctona de la Revolución, una genuina expresión de la mujer
cubana.