Poco después, el amplio programa inversionista diseñado para
aprovechar el agua proveniente de la Sierra Maestra, el macizo
montañoso Nipe-Sagua-Baracoa y la Sierra Escambray mediante un
gigantesco sistema nacional que permitiera trasvasar agua al menos
entre las provincias del Oriente y Centro de la Isla, tuvo que ser
paralizado al iniciarse la difícil etapa del periodo especial.
La severa y prolongada sequía que afectó a Cuba a finales del
2004 ocasionando grandes pérdidas para las provincias orientales y
Camagüey, detonó otra vez el indicador de que por muy costoso que
pudiera parecer el Plan estratégico de las obras de los trasvases,
concretarlo sería una garantía para que el país dispusiera de agua
en este siglo bajo cualquier circunstancia.
Recientemente nuestro pueblo conoció sobre la culminación del
segundo tramo del Trasvase Este-Oeste, una magistral obra de
ingeniería hidráulica que llevará el agua desde los ríos que nacen
en el macizo montañoso de Nipe-Sagua-Baracoa a las fértiles llanuras
del norte de Holguín, Las Tunas, así como el norte y el centro del
Valle del Cauto. En su curso el agua podrá ser aprovechada para
satisfacer necesidades de suministro a la población, en los sistemas
de riego de la agricultura, en la ganadería, la generación de
energía eléctrica, la acuicultura y más.
No obstante, el incremento de salideros de agua potable en las
viviendas, en las calles, su empleo irracional en la siembra y riego
de los campos, la existencia de canales y embalses en desuso, son
algunas de las situaciones más comunes en la actualidad y que se han
convertido en un continuo desafío.
La crítica situación en que se encuentra la mayoría de nuestras
redes hidráulicas —muchas de ellas con más de un siglo de
explotación—, provoca la pérdida de unos 1 500 millones de metros
cúbicos de agua anualmente, cifra que representa más del 50 % de la
que se bombea y superior a la capacidad de la presa Zaza, la mayor
del territorio nacional. En este sentido, es la actividad agrícola
la de mayor incidencia, pues a ella corresponde el 60 % del consumo
nacional.
Ante esta realidad, el Estado cubano continúa tras la búsqueda de
alternativas que nos permitan disponer del agua que necesitamos para
las más disímiles actividades, pero también de forma racional y
eficiente. A ello precisamente responde la Política Nacional del
Agua aprobada en la más reciente reunión del Consejo de Ministros,
en correspondencia con los Lineamientos del 300 al 303 —vinculados
directamente con los recursos hidráulicos—, refrendados por el Sexto
Congreso del Partido Comunista de Cuba.
Esta nueva política ha sido concebida con un enfoque económico y
la prerrogativa de que todos los usuarios del agua, no solo el
Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos (INRH), deben adoptar
estrategias racionales para su utilización.
Según explicó a Granma Inés María Chapman Waugh,
presidenta del INRH, la política está encaminada a lograr un uso
racional y productivo del vital líquido; al empleo eficiente de la
infraestructura construida y a contrarrestar los riesgos asociados a
la calidad del agua y a eventos extremos del clima.
Asimismo, se han trazado 22 principios básicos con los cuales se
persigue, fundamentalmente, que la distribución y consumo de este
preciado líquido tenga cada vez más calidad y esté acorde con la
actualización del modelo económico cubano. Entre otras medidas se
prevé además, aplicar una nueva tarifa para el cobro del suministro
del agua sin subsidios para el sector estatal, lo cual debe
contribuir al ahorro.
En la medida en que se eliminen las deficiencias que persisten en
el abasto de agua a la población y que las condiciones económicas lo
permitan, los proyectos se encaminarán a que también la población
abone la tarifa correspondiente por su consumo. Aun así, el Estado
seguirá sufragando las inversiones y depreciación de obras
hidráulicas que posibiliten el acceso a servicios básicos y
condiciones seguras de la población y la sociedad en general.
Dadas las actuales circunstancias de cambio climático y deterioro
de las fuentes de agua potable, resulta vital entonces, "echar mano"
también a las más variadas soluciones e ideas que permitan
aprovechar mejor cada gota.
Por ejemplo, retomar los aljibes y la recolección de agua de
lluvia —desarrollado sobre todo en áreas rurales— para uso
doméstico, comunitario e incluso industrial en diferentes
actividades, promovería un empleo más eficiente. Muy pocos aplican
en la actualidad estas técnicas y hay quienes ni siquiera las
conocen, aunque nuestros abuelos y abuelas las utilizaban
cotidianamente hace no tantos años.
El país adopta ya sus medidas a gran escala, diseñadas para dar
respuesta a nuestros más acuciantes problemas de abasto de agua con
un enfoque económicamente sustentable. El ahorro que podamos hacer
de cada gota —por insignificante que parezca—, desde el estrecho
círculo del hogar hasta las grandes industrias, constituye también
una garantía para que la escasez de ese preciado líquido no nos
sorprenda.