En
1988, Antonio, el atormentado amante de Doña Beija (Maité
Proenza) aparecía cotidianamente en las pantallas de nuestros
televisores elegantemente vestido y tocado. De cuantas prendas
elegantes usaba y como él, los demás hacendados de Araxá, la más
valiosa era el sombrero —llamado de Panamá para los cubanos y para
casi todo el mundo— cuando se trataba del auténtico sombrero de
toquilla ecuatoriana, del cantón de Jipijapa, en el Ecuador, hace
unos días declarado por la Unesco, Patrimonio de la Humanidad.
Búsquense fotos de hacendados cubanos del siglo XX y se verán los
jipijapas de pura toquilla, o del Príncipe de Gales que también los
usaba. Más lejanos en el tiempo aparecen con Auguste Renoir
(1841-1919) y el pintor holandés Vicent Van Gogh (1853-1880), que
inmortalizaron el jipijapa de toquilla en sus lienzos
impresionistas, lo cual puede observarse en el Museo del Louvre en
París o en algunos de sus catálogos y otras reproducciones.
Ahora se ha hecho justicia a la procedencia y el valor del
hermoso sombrero ecuatoriano, que tiene su gran base en el cantón de
Jipijapa, del cual toma su nombre, y en Cuenca, la capital de la
región andina de Azuay. Pueden ser tan flexibles esos sombreros que
algunos se pueden guardar en el puño de una mano y al abrirse quedan
perfectamente formados, sin una arruga.
La paja auténtica de la cual se sacan los hilos para tejer los
sombreros lleva un proceso previo de preparación, extenso y difícil
pero indispensable para lograr la flexibilidad, delgadez, textura,
fortaleza y belleza características. El jipijapa lo usan los hombres
y también las mujeres, como un atavío ancestral que no ha pasado de
moda. Hay diversos modelos y son altamente cotizados en el mundo.
Toda una obra utilitaria artística, de confección manual. La
elaboración de este sombrero puede demorar de uno o más días hasta
ocho meses, según su calidad y finura. Solamente artesanos muy
diestros, muchos de ellos originarios, son capaces de reproducir lo
que sus antecesores hacían a la llegada de los conquistadores
españoles, lo cual es, de hecho, un elemento de identidad, propio de
la hermana república de Ecuador.
Cuentan antiguas crónicas de la Conquista, que cuando los
españoles llegaron a lo que es hoy Ecuador vieron que esos sombreros
tejidos, a la usanza de entonces, se parecían a las "tocas" que se
usaban en Europa y que de ahí surgió el nombre de "toquilla".
Se les llamó de "Panamá" a los ya patrimoniales sombreros de
jipijapa por el uso que tuvieron entre los constructores del Canal
interoceánico. Entonces, había miles de tejedores en el Ecuador
—casi todas mujeres— y el precio del sombrero era barato, e incluso
los paneles tejidos en distintas texturas se vendían a los
comerciantes exportadores y el comprador fabricaba el sombrero en
establecimientos panameños que suministraban mercancías a los
constructores.
Hoy, los sombreros de toquilla ecuatoriana más finos adquieren un
precio muy elevado. No hay tantas tejedoras, pero en cualquier
mercado de Ecuador, sobre todo en los de María Auxiliadora y Rotary,
en Azuay, por ejemplo, y en el Museo del Banco Central, podemos ver
todo el proceso y formas de este patrimonio, vivo e insustituible,
portento de elaboración de un tejido y confección de un sombrero
auténtico de los hombres originarios del Nuevo Mundo, cuyo mérito es
hoy de Ecuador y pertenece a la Humanidad.