Luego de recorrer cientos de kilómetros, transitar por caminos de
difícil acceso y desafiar a la eventualidad nos recibió un caluroso
y sincero saludo. Habíamos llegado a Port-de-Paix, la cabecera
departamental del Noroeste. Los 35 colaboradores que trabajan en esa
posición de la geografía haitiana se habían distribuido las tareas
de la casa para esperar el 2013 "en familia".
Solo un ambiente como el que encontramos posibilitó que nos
sobrepusiéramos al cansancio y al impacto visual del trayecto.
Transcurridos apenas unos pocos minutos de estancia, experimenté
algo único: la sensación de conocer de toda la vida a cada uno de
los presentes.
Fue como haber llegado a nuestras casas. Todo cuanto estaba a su
alcance quedó a nuestra disposición. Un vaso de agua, un plato de
comida, un café recién hecho, una cama donde descansar, un juego de
dominó...
Un poco más tarde nos convocó la Patria: entonar las notas de los
himnos nacionales de Haití y de Cuba, recibir las postales para la
ocasión firmadas por Fidel y el reconocimiento de nuestro pueblo y
Gobierno, así como de la dirección de la Brigada por la labor
realizada complementaron la ocasión.
A pesar de estar distantes de los seres queridos, nadie se sintió
solo. No faltaron las lágrimas, los recuerdos y el anhelo por los
suyos, quienes de una u otra forma estuvieron siempre. Tampoco faltó
la comida tradicional cubana para la ocasión.
En cada uno de nosotros: cubanos del oriente, centro y occidente
del país, haitianos integrantes del club de Amigos de Cuba y jóvenes
graduados de la Escuela Latinoamericana de Medicina se dibujó una
suerte de empatía y una unidad espiritual inquebrantable.
Port-de-Paix está geográficamente muy cerca del territorio
cubano, pero no fue por ello que me sentí junto a los míos. Los que
compartimos ese momento entregamos en cada segundo la sonrisa, el
aprecio y la posibilidad de contar el uno con el otro como hermanos.
Cuando pasen los años y podamos ver las fotos de aquel día,
señalar con el dedo y decir: "esto lo vivimos el 31 de diciembre del
2012, mientras cumplíamos misión en Haití", será necesario, incluso
en la distancia y sin la seguridad de volver a vernos, rememorar a
Port-de-Paix, a la solidaridad, a los cubanos, a los haitianos, a
los hombres y mujeres de buena voluntad, al destino y a la mano
amiga, esa que aquel día estuvo allí, donde la vida te pone sus
peores pruebas, y a las cuales solo puede sobreponerse lo más
sencillo y verdadero que nos acompaña como seres humanos.