Bandos de Majagua

Más que rojo y azul

ORTELIO GONZÁLEZ MARTÍNEZ

Primero, una aclaración necesaria: no soy rojo ni azul, así que, brechtianamente distanciado —léase imparcializado— escribo en blanco y negro sobre un fenómeno que debería ser conocido en toda Cuba: las fiestas de los bandos de Majagua, Ciego de Ávila.

Tal vez exagera el foráneo de paso: "como estas fiestas no hay dos". Pudiera tener razón, o no. Lo cierto es que una semana, si bien no es suficiente, al menos pone a la vista un espectáculo colorido que cumple con el objetivo de mantener vivas las tradiciones campesinas en Cuba.

Un río rojo como el crepúsculo avanza, para luego diseminarse en el amplio delta de las manifestaciones y bailes de nuestros campos, tal vez, para deleitar a Doña Joaquina, la guajira seductora, personaje principal de este bando.

No es menos el azul trepidante, que arrastra a la muchedumbre y regala otro ejemplo de tradición renovada en la frescura del campesino de tiempos modernos. Vuelve a vencer el mejor regalo para Don Pepe, el labriego alegre, dicharachero, siempre vestido de ese color.

Desde los niños hasta los ancianos de una u otra parte, reviven al compás de la música, melodías como El Zumbantorio, La Chismosa, La Caringa, El Papalote¼

A pesar de la rivalidad se dan la mano el tres, el laúd, la controversia, la danza, los tambores, los bailes guajiros, las celebraciones dedicadas a las cultura lucumí o yoruba, demostrativo de cuán rica es nuestra cultura popular, en ocasiones injustamente relegada por estereotipos seudoartísticos.

Uno y otro bandos ponen coherencia a las representaciones de las genuinas tradiciones que ellos saben preservar y han enriquecido a lo largo de más de 80 años.

Las fiestas en Rojo y Azul —o Azul y Rojo, porque aclaré que era imparcial— contemplan, además, el Festival de la Muñeca Negra, concursos de lectura, las presentaciones de las parrandas de Los Hoyos, Las Vueltas y Las Marías, reconocidas en toda la zona.

Reflexiones aparte merece el hecho de que, desde siempre, estos encuentros terminen con una premiación que, inexorablemente, favorece a uno u otro color.

Aunque este sistema competitivo provoca desavenencias en algunos, sobre todo en los "derrotados", incentiva y promueve los esfuerzos por brindar el mejor de los espectáculos.

La fiesta termina. Algunos matrimonios que aman colores diferentes firmaron la paz después de un divorcio casi obligatorio. Integrantes de uno y otro lado se dan la mano. La vida continúa entre la alegría y la tristeza, la fraternidad y el resentimiento. Ganadores y vencidos están en el mismo bando. Ese es el espíritu que rige en una fiesta enriquecedora de lo autóctono, porque con estos enfrentamientos de noviembre la cultura es la gran beneficiada.

 

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