La
realidad fue elocuente: dos conciertos de fin de año a teatro lleno
en el Mella, una veintena de canciones en cada uno, y cuando quiso
despedirse, del público pidieron más y ella no dejó de complacer.
Gente de todas las edades y de diversa extracción. ¿Carisma, duende,
ángel o como le quieran llamar? Lo tiene. Pero de esas corrientes
subjetivas, que gravitan en la interrelación entre artista y
público, no voy a escribir, sino de cómo Ivette Cepeda actúa y se
proyecta, y antes aún, incorpora muy en serio la responsabilidad de
comunicar arte sobre la escena, y nos divierte y se divierte, y
siente y hace sentir lo que al final de todo se recibe como una
fiesta.
Mirando y escuchando bien las cosas, Ivette Cepeda no encierra
misterios. Parecería un lugar común decir que detrás y delante de
ella hay una enorme carga de trabajo. Otra frase al uso acuñaría que
entrega amor y pasión. Solo que en su caso esos tres sustantivos se
hallan orgánica e inteligentemente incorporados a su razón de ser.
Ante todo se advierte una toma de conciencia de su papel.
Recuerdo haberla visto por primera vez en las noches de El Gato
Tuerto a inicios de este siglo mientras pulía sus recursos
expresivos. No sé si entonces ya sabía lo que quería, pero intuyo
que sí, y lo más importante, sabía cómo lograr lo que quería.
Creció y ahí está hoy, auténtica y generosa. Con la canción
cubana en el centro de su espíritu. Reivindicando la condición de
intérprete, algo que se perdió aquí y en otras partes por los rumbos
de la industria del espectáculo.
Hemos asistido en las últimas décadas, y no está mal que así sea,
a la consagración del cantautor. Y al mismo tiempo, y ya eso no es
muy bueno que digamos, a la fabricación en serie de canciones en
función de la imagen de un artista. Al compositor se le exige y se
le compra un tema para que encaje en el estilo de tal cantante —el
productor musical o el manager investidos con absolutos poderes—,
sin que el cantante tenga voz y voto en la elección.
Ni Ivette es cantautora —tal vez un día nos dé una sorpresa— ni
ha perdido la posibilidad de elegir por sí misma. Se ha apropiado de
un repertorio, a base de compositores que han aportado joyas a la
canción cubana. Unos más tradicionales que otros, unos afiliados al
bolero o al filin y otros a la nueva trova. Unos de ese ayer que nos
pertenece y otros de ese ahora que nos representa. Y de vez en vez
algún latinoamericano —pienso en el mexicano Vicente Garrido— que
por derecho propio entró en nuestra órbita.
La cuestión radica en que Ivette ha conseguido que la canción de
este y aquel se parezcan a ella misma, como en su tiempo lo hicieron
Elena y Moraima, como lo hizo Sara en su inconclusa saga de mujeres
compositoras, como lo siguen haciendo Omara y Miriam Ramos. No son
nombres dichos al azar, sino tradiciones en las que Ivette se
inspira.
De tal modo construye mundos personales al interpretar Tú no
sospechas (Marta Valdés) y El primer día (Vicente Feliú),
se desliga de los prejuicios de las inevitables comparaciones al
cantar Murmullo (Electo Rosell) y Te dije quédate
(Navarro – Solís), rescata Como un milagro (Juanito Márquez),
reivindica el linaje trovadoresco de Juan Formell con el recuerdo de
la Burke, rinde homenaje a Bola y la Mora, renueva en clave de rumba
Mi Habana (José A. Quesada), visita los territorios de los
juglares Frank Delgado y Karen García, convierte en fuego vital
Tú eres la música que tengo que cantar (Tony Pinelli), y
confirma su empatía con Orlando Vistel como autor de canciones de
hermosas melodías y lírica directa.
Luego están la música y los gestos. Instrumentistas guiados por
José Luis Beltrán, y complementados con la introducción ocasional de
un cuarteto de cuerdas, que eluden los caminos trillados. Gestos que
encajan en cada giro de la trama sobre la escena.
La realidad fue elocuente. Ivette Cepeda tiene mucho que ofrecer.