Otra fiesta innombrable

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

Tan diferentes y tan iguales; la imagen como posibilidad en la poética de uno; y en la del otro, la metáfora de la palabra implacable. Lezama y Virgilio, ying y yang en el cuerpo de la nación y sus ríos secretos, esos por los que ha navegado Juan Piñera para celebrar a ambos con dos conciertos que permitieron entrever la magnitud de una obra que clasifica entre las más fecundas de esta Isla.

Foto: Yander ZamoraLa Orquesta de Cámara de La Habana, bajo la dirección de Daiana García y con el cellista Alejandro Martínez, interpretan Concerto Paradiso, de Juan Piñera.

La sala Ignacio Cervantes, recuperado auditorio para la música de concierto en la planta alta del Palacio de los Matrimonios del Paseo del Prado, fue la sede de estas memorables jornadas que el compositor —sobrino de Virgilio Piñera y que recuerda de niño haber escuchado a su padre conversar con José Lezama Lima mientras escudriñaban curiosos las estanterías de una "librería de viejo" en la calle Obispo— tituló Dos monedas con una misma cara.

En la primera se escucharon por ese orden Hecatombe y alborada para violín, cello y piano; Soledades, para violín y cello; dos piezas del Segundo Libro de Música de la Ciudad Celeste, para piano, y El Impromptu en Fa de Federico Chopin, para violín, cello y piano. Colaboraron en la entrega los violinistas Evelio Tieles y Alfredo Muñoz, el cellista Alejandro Martínez y los pianistas Leonardo Gell y María Victoria del Collado.

La segunda velada, a la que asistió este cronista, no tuvo desperdicio. Tres tríos lezamianos, para flauta (Alberto Rosa), cello (Alejandro Martínez) y piano (Yanner Rascón) lleva hasta las últimas consecuencias las posibilidades de enlaces tímbricos y armónicos entre los tres instrumentos, incluso con aparente sobreabundancia, aunque en realidad el material temático es muy ceñido.

Las seis piezas del Primer Libro de la Ciudad Celeste (homenaje a Virgilio), magníficamente interpretadas por Darío Martín, revelan una de las partituras de mayor vuelo y densidad conceptual que se puedan concebir para un instrumento portador de momentos cenitales en la evolución de nuestra identidad sonora.

Para el cine, como para la escena, Piñera ha sido a la vez pródigo y preciso en cuanto a atenerse a las exigencias dramatúrgicas, y ello se transparenta en el tratamiento de la habanera y el blues en la banda sonora que compuso para el filme de Tomás Piard, El viajero inmóvil, y que llegó interpretada por la Orquesta de Cámara de La Habana y el Quinteto Santa Cecilia, bajo la dirección de la maestra Daiana García.

Estos mismos músicos, conducidos nuevamente por la batuta inteligente y activa de Daiana García, asumieron el estreno de dos movimientos de Concerto Paradiso —otra vez la inspiración lezamiana—, con el cellista Alejandro Martínez como protagonista. Piñera es aquí barroco a la manera nuestroamericana, como si tuviera prisa por recorrer todos los ámbitos del sonido. Al escuchar esta música tuve la visión superpuesta de una catedral de Portocarrero y uno de los cuerpos enlazados de Servando. Virgilio hubiera dicho que esta, como las otras obras escuchadas, lleva la isla en peso. Lezama, asistido por el Ángel de la Jiribilla, hablaría de la culminación de una fiesta innombrable.

 

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