La sala Ignacio Cervantes, recuperado auditorio para la música de
concierto en la planta alta del Palacio de los Matrimonios del Paseo
del Prado, fue la sede de estas memorables jornadas que el
compositor —sobrino de Virgilio Piñera y que recuerda de niño haber
escuchado a su padre conversar con José Lezama Lima mientras
escudriñaban curiosos las estanterías de una "librería de viejo" en
la calle Obispo— tituló Dos monedas con una misma cara.
En la primera se escucharon por ese orden Hecatombe y alborada
para violín, cello y piano; Soledades, para violín y cello;
dos piezas del Segundo Libro de Música de la Ciudad Celeste,
para piano, y El Impromptu en Fa de Federico Chopin,
para violín, cello y piano. Colaboraron en la entrega los
violinistas Evelio Tieles y Alfredo Muñoz, el cellista Alejandro
Martínez y los pianistas Leonardo Gell y María Victoria del Collado.
La segunda velada, a la que asistió este cronista, no tuvo
desperdicio. Tres tríos lezamianos, para flauta (Alberto
Rosa), cello (Alejandro Martínez) y piano (Yanner Rascón) lleva
hasta las últimas consecuencias las posibilidades de enlaces
tímbricos y armónicos entre los tres instrumentos, incluso con
aparente sobreabundancia, aunque en realidad el material temático es
muy ceñido.
Las seis piezas del Primer Libro de la Ciudad Celeste
(homenaje a Virgilio), magníficamente interpretadas por Darío
Martín, revelan una de las partituras de mayor vuelo y densidad
conceptual que se puedan concebir para un instrumento portador de
momentos cenitales en la evolución de nuestra identidad sonora.
Para el cine, como para la escena, Piñera ha sido a la vez
pródigo y preciso en cuanto a atenerse a las exigencias
dramatúrgicas, y ello se transparenta en el tratamiento de la
habanera y el blues en la banda sonora que compuso para el filme de
Tomás Piard, El viajero inmóvil, y que llegó interpretada por
la Orquesta de Cámara de La Habana y el Quinteto Santa Cecilia, bajo
la dirección de la maestra Daiana García.
Estos mismos músicos, conducidos nuevamente por la batuta
inteligente y activa de Daiana García, asumieron el estreno de dos
movimientos de Concerto Paradiso —otra vez la inspiración
lezamiana—, con el cellista Alejandro Martínez como protagonista.
Piñera es aquí barroco a la manera nuestroamericana, como si
tuviera prisa por recorrer todos los ámbitos del sonido. Al escuchar
esta música tuve la visión superpuesta de una catedral de
Portocarrero y uno de los cuerpos enlazados de Servando. Virgilio
hubiera dicho que esta, como las otras obras escuchadas, lleva la
isla en peso. Lezama, asistido por el Ángel de la Jiribilla,
hablaría de la culminación de una fiesta innombrable.