Esas palabras pronunciadas por Eusebio Leal, al recibir hace
apenas 46 horas el Premio Nacional de Patrimonio Cultural, retratan
a un hombre fiel a su tiempo, a la memoria y a su pueblo.
Fue la primera vez que se otorgó ese reconocimiento destinado por
el Ministerio de Cultura y el Consejo Nacional de Patrimonio
Cultural para enaltecer a aquellas personalidades que a lo largo de
su vida hayan hecho aportes significativos en ese campo.
Nadie mejor que Eusebio para inaugurar la senda de los laureados.
Se asocia su actividad a la conservación, salvaguarda y rescate del
patrimonio cultural de la Nación y en particular de La Habana Vieja,
declarada por la Unesco Patrimonio de la Humanidad hace 30 años.
Alejandro García Álvarez, presidente del jurado, subrayó como "su
trayectoria lo coloca en un plano de excepcionalidad e integralidad
absoluta".
Y añadió: "Excepcionalmente relevante ha sido su labor en la
puesta en valor de importantes monumentos de la arquitectura militar
civil, doméstica, conmemorativa y vernácula particularmente en el
centro histórico de La Habana Vieja, con no pocos ejemplos fuera de
sus límites geográficos".
Lo singular en su caso es haber vinculado la obra de restauración
física del centro histórico a la población y la participación activa
de sus habitantes, dirigida al mejoramiento de la calidad de vida,
al rescate de las tradiciones y la revalorización del patrimonio
intangible de la parte más antigua de la ciudad, "a los que ha
otorgado —según expresa la resolución que avala el Premio— un papel
protagónico en la tarea colosal que preside y dirige personalmente
con entrega ejemplar".
La vocación de servicio que ha merecido a Eusebio Leal tantas
distinciones, su laboriosidad constante y paciente que aunó a muchas
personas en torno a una ciudad que parecía perdida, su perseverancia
contagiosa que convirtió en victorias el rescate de cada objeto que
se salvaba de la codicia o el extravío, cada volumen nuevo para la
biblioteca, de cada iniciativa de Roig de Leuchsenring, su
predecesor, multiplicada y convertida en grandes empeños,
permitieron que, como confesó Leal, "por sobre todas las cosas nos
salváramos nosotros mismos de la muerte y el olvido".