Voy
a hablar de un gran placer de la vida: el placer de la lectura, y de
la lectura en voz alta. esa de la que tanto disfrutamos en la
primera infancia cuando nuestros padres nos leían historias de Julio
Verne y aventuras de exploradores en las selvas del Amazonas y entre
los esquimales. Que alguien le lea a uno es una de las delicias
mayores para el espíritu. Robert Louis Stevenson hizo resistencia a
aprender a leer porque disfrutaba que su niñera le leyera al oído o
junto al fuego los clásicos ingleses y norteamericanos. Aquella
lectura al oído y aquel fuego lo acompañaron el resto de su vida
como escritor. La lectura en voz alta le proporciona al texto una
resonancia especial, de una belleza única y una aprehensión del
tiempo que no posee el acto de leer para uno mismo. El texto, según
el tono y las modulaciones del lector, va adquiriendo múltiples
facetas y alas nuevas para que quien lo escuche vuele a su antojo
con la historia. Experiencia emancipadora y útil, la lectura en voz
alta fue un oficio antiguo que sirvió de vehículo para el
conocimiento en todas las culturas desde la mesopotámica hasta hoy.
En Cuba la tradición de leer en voz alta en las fábricas de
tabaco a operarias y operarios se convirtió en un hábito social.
Esta tradición comenzó en 1865. Saturnino Martínez, fumador
consumado, periodista y poeta publicó en esa fecha el periódico La
Aurora, publicación de avanzada para la clase obrera que sirvió para
ilustrar a la capa social de los trabajadores del tabaco
principalmente, y tuvo la brillante y altruista idea de utilizar
lectores durante la jornada laboral. Así, en la fábrica El Fígaro se
dio inicio a la lectura en tabaquerías cubanas, costumbre que ha
seguido hasta el día de hoy. Muchas veces estas lecturas eran
consideradas subversivas porque la isla vivía bajo el régimen del
despotismo colonial español que vio su fin en 1898. Sin embargo,
estas lecturas clandestinas fueron el mayor fermento nutricio de los
obreros, además de que constituían un entretenimiento nada banal
pues se leían en dichas tertulias obras de Víctor Hugo, como Los
Miserables; de Alejandro Dumas como El Conde de Montecristo,
que dicho sea de paso, bautizó una de las marcas más populares; de
William Shakespeare, cuya obra Romeo y Julieta también sirvió
como marca a otro habano muy codiciado en el mundo; de Balzac y
Stendhal, de Edgar Allan Poe y Herman Melville y de muchos de los
más notables escritores españoles, cubanos y latinoamericanos así
como la imprescindible lectura de la prensa diaria.
Es notable hoy, y lo fue ayer, la capacidad que estos
trabajadores pueden mostrar repitiendo de memoria capítulos de obras
clásicas de prosa y de poesía. Quiero recordar que los discursos
patrióticos del poeta nacional de Cuba y héroe de la independencia
frente a España, José Martí, fueron leídos en voz alta en las
tabaquerías de Tampa y Cayo Hueso a los tabaqueros que vivían
exiliados en esas ciudades norteamericanas. La lectura de estos
discursos que Martí pronunció en esos centros de trabajo le hicieron
comentar a su regreso a Nueva York que los tabaqueros eran
incondicionales aliados de la causa de la libertad de la isla.
La actividad del torcedor de tabaco no cesa ni aun en los
momentos finales de la lectura. Con la chaveta o cuchilla curva, que
es el utensilio ideal para cortar la hoja y luego enrollarla,
golpean en la mesa de madera en señal de agradecimiento al lector
que le ha proporcionado, sin duda, horas de gran placer y aventuras,
y para rechazar al lector si no convence o si ha escogido una obra
de poco interés, las tiran al piso en señal de desaprobación. Muchos
de estos trabajadores inducidos por la lectura se decidieron, en
épocas de difícil acceso a la escuela a aprender a leer y a escribir
lo que hizo posible que esta capa social fuera la más capacitada del
país.
El oficio del lector era y es sagrado. Sigue una disciplina
rigurosa y como dice Araceli Tinajero en su libro El lector de
tabaquería "los talleres siguieron el modelo conventual de
elaborar una serie de reglas de conducta donde se enumeraban las
horas de entrada, de salida a las actividades regulares, el
silencio, el respeto y las buenas costumbres. Por ejemplo, los
artesanos tenían que lavarse las manos en la mañana, hacer la señal
de la cruz, ofrecerle su trabajo a Dios por medio de una plegaria y
después comenzaban a trabajar".
Cuba aspira a que esta institución pueda algún día ser declarada
por la Unesco como Patrimonio Intangible, por su originalidad y
porque ha salvaguardado un tesoro de la memoria viva de una
colectividad sui géneris.
Los libros, es sabido, no piensan por nosotros sino que nos
enseñan a pensar y a soñar. Son como escribió el poeta
norteamericano Walt Whitman, "diminutos barcos fletados desde la
antigüedad, en ellos hemos viajado entre aguas quietas y turbulentas
para enfrentar todo tipo de aventuras".
Los tabaqueros cubanos lo han sabido siempre, y con la lectura de
las obras de los grandes autores han logrado seguramente una calidad
más alta y refinada del tabaco. Concentrados en una novela, un poema
o un simple anuncio clasificado, no miran al lector nunca sino que
le imprimen a la hoja esa pasión por lo que escuchan, por las
aventuras que viven y los sueños que sueñan para que el placer de
los que hacen arder la hoja se convierta en éxtasis supremo. Y
recuerde, querido lector, cuando usted crea que su tabaco ya le ha
complacido lo suficiente, no lo apague en el cenicero, no lo
humille, déjelo morir, lenta y dignamente.