Por ahora estamos vivos

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

Hoy debió acabarse el mundo. Pero no fue así. Unos celebraron la noche más larga y otros el día más prolongado del año, como corresponde al solsticio de diciembre, invierno en el hemisferio boreal y verano en el austral. Muchos la pasaron agobiados por los efectos de la crisis económica, las consecuencias y las amenazas de los conflictos bélicos incubados por la voracidad del imperio y sus aliados, o los avatares del cambio climático. Muchos también, entre ellos nosotros, pensamos en cómo hacer que todo sea mejor, más justo y digno.

El Calendario de los Mayas.

El Apocalipsis no llegó como algunos esperaban, entre los cuales hubo hábiles e inescrupulosos negociantes con ciertos vaticinios proféticos. Una interpretación aviesa y delirante del calendario maya hizo que desde décadas atrás se fijara la destrucción del género humano el 21 de diciembre del 2012.

Para no hacer demasiado complicadas las cosas diremos que los mayas, una de las civilizaciones originarias de América más portentosas que ocuparon tierras actualmente enclavadas en Guatemala, Honduras, Belice y el sudeste mexicano, concibieron básicamente dos maneras de medir el tiempo, basadas en sus conocimientos astronómicos y matemáticos. Una es la rueda calendario que comprende ciclos de 52 años y otra es la llamada cuenta larga, en la cual partían de unidades de 20 días (un uinal) hasta alcanzar un ciclo mayor de 144 mil días (un baktun).

Si se toma como punto de partida de este último calendario el 11 de agosto de 2114 ane., resulta que el 21 de diciembre del 2012 cierra el baktun número 13 desde el inicio de la era maya. Y si a esto se le añade la especulación, o peor aún, la tergiversación que ciertos individuos —por cierto, ninguno de origen maya— hicieron de pasajes recogidos en los Chilam balam (narraciones posteriores a la Conquista española) y de un jeroglífico descubierto en el sitio arqueológico Tortuguero (al sur del estado mexicano de Tabasco), que apuntan a la trascendencia que tendría el término del baktun número 13 como punto de inflexión en el desarrollo de la civilización originaria, se tiene un caldo de cultivo propicio para fermentar una predicción apocalíptica que ha generado montañas de dinero.

Todo parece apuntar a un mayólogo norteamericano —mitad paranoico, mitad negociante— la puesta en circulación de la creencia de que el mundo llegaría su fin al transcurrir el solsticio de diciembre del 2012. William D. Coe publicó en 1966 un opúsculo titulado Los mayas en el que profetizaba el advenimiento del Armagedón.

La proliferación de agoreros, amparados varios de ellos en las seudofilosofías de la llamada new age (nueva era) y en los canales de la superchería mediática que tan pingües dividendos ha dado a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, reforzada con la irrupción de las nuevas tecnologías de la comunicación, profetizaron al menos cinco acontecimientos que deberían borrarnos de la historia.

Un tal planeta Nibiru nos haría añicos, un gigantesco asteroide impactaría la superficie terrestre, una llamarada solar nos calcinaría en pocos minutos, los polos magnéticos de la Tierra sufrirían una inversión, y la alineación de nuestro planeta y el Sol con el centro de la Vía Láctea daría lugar a devastadores terremotos y tsunamis.

Nibiru no existe salvo en la novela de un escritor de escasos méritos literarios, ningún asteroide capaz de destrozarnos ha sido avistado en todo el Sistema Solar, el pico de máxima actividad solar (que por cierto, se repite aproximadamente cada 11 o 12 años sin que vayan sus efectos más allá de interrupciones en algunas redes energéticas y de telecomunicaciones) no coincide con el 2012, nada indica que esté en marcha un cambio de orientación del magnetismo terrestre y cada diciembre se produce una alineación cósmica sin que nos hayamos enterado.

Recuérdese entonces aquel verso quevediano: "poderoso caballero Don Dinero". Medios satelitales presuntamente serios como Disco-very Channel e History Channel le han dedicado varias series documentales a especular con la fecha maldita. El escritor norteamericano Dan Brown, el mismo de El Código Da Vinci, se lanzó de cabeza con otra noveluca, El símbolo perdido. Y uno de los recientes taquillazos de Hollywood con el título 2012 —nada que ver con la poética del danés Lars von Trier en Melancolía—, inundó de efectos especiales un previsible argumento catastrofista, que combinó arcas de salvación, altas dosis melodramáticas y un elenco muy cotizado bajo la dirección de Ronald Emmerich, veterano en esas lides.

Hoy estamos vivos y sabemos que lo único que puede hacer estallar prematuramente la Tierra somos nosotros mismos. Los arsenales nucleares, los oídos sordos a los reclamos de Kyoto, Durban y Doha, la criminal depredación de los recursos naturales por parte de los poderosos y la insostenibilidad de los hasta ahora prevalecientes modelos de desarrollo son peligros reales que los antiguos mayas no pudieron siquiera imaginar.

 

| Portada  | Nacionales | Internacionales | Cultura | Deportes | Cuba en el mundo |
| Comentarios | Opinión Gráfica | Ciencia y Tecnología | Consulta Médica | Cartas| Especiales |

SubirSubir