El Apocalipsis no llegó como algunos esperaban, entre los cuales
hubo hábiles e inescrupulosos negociantes con ciertos vaticinios
proféticos. Una interpretación aviesa y delirante del calendario
maya hizo que desde décadas atrás se fijara la destrucción del
género humano el 21 de diciembre del 2012.
Para no hacer demasiado complicadas las cosas diremos que los
mayas, una de las civilizaciones originarias de América más
portentosas que ocuparon tierras actualmente enclavadas en
Guatemala, Honduras, Belice y el sudeste mexicano, concibieron
básicamente dos maneras de medir el tiempo, basadas en sus
conocimientos astronómicos y matemáticos. Una es la rueda calendario
que comprende ciclos de 52 años y otra es la llamada cuenta larga,
en la cual partían de unidades de 20 días (un uinal) hasta
alcanzar un ciclo mayor de 144 mil días (un baktun).
Si se toma como punto de partida de este último calendario el 11
de agosto de 2114 ane., resulta que el 21 de diciembre del 2012
cierra el baktun número 13 desde el inicio de la era maya. Y
si a esto se le añade la especulación, o peor aún, la tergiversación
que ciertos individuos —por cierto, ninguno de origen maya— hicieron
de pasajes recogidos en los Chilam balam (narraciones
posteriores a la Conquista española) y de un jeroglífico descubierto
en el sitio arqueológico Tortuguero (al sur del estado mexicano de
Tabasco), que apuntan a la trascendencia que tendría el término del
baktun número 13 como punto de inflexión en el desarrollo de
la civilización originaria, se tiene un caldo de cultivo propicio
para fermentar una predicción apocalíptica que ha generado montañas
de dinero.
Todo parece apuntar a un mayólogo norteamericano —mitad
paranoico, mitad negociante— la puesta en circulación de la creencia
de que el mundo llegaría su fin al transcurrir el solsticio de
diciembre del 2012. William D. Coe publicó en 1966 un opúsculo
titulado Los mayas en el que profetizaba el advenimiento del
Armagedón.
La proliferación de agoreros, amparados varios de ellos en las
seudofilosofías de la llamada new age (nueva era) y en los
canales de la superchería mediática que tan pingües dividendos ha
dado a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, reforzada con la
irrupción de las nuevas tecnologías de la comunicación, profetizaron
al menos cinco acontecimientos que deberían borrarnos de la
historia.
Un tal planeta Nibiru nos haría añicos, un gigantesco asteroide
impactaría la superficie terrestre, una llamarada solar nos
calcinaría en pocos minutos, los polos magnéticos de la Tierra
sufrirían una inversión, y la alineación de nuestro planeta y el Sol
con el centro de la Vía Láctea daría lugar a devastadores terremotos
y tsunamis.
Nibiru no existe salvo en la novela de un escritor de escasos
méritos literarios, ningún asteroide capaz de destrozarnos ha sido
avistado en todo el Sistema Solar, el pico de máxima actividad solar
(que por cierto, se repite aproximadamente cada 11 o 12 años sin que
vayan sus efectos más allá de interrupciones en algunas redes
energéticas y de telecomunicaciones) no coincide con el 2012, nada
indica que esté en marcha un cambio de orientación del magnetismo
terrestre y cada diciembre se produce una alineación cósmica sin que
nos hayamos enterado.
Recuérdese entonces aquel verso quevediano: "poderoso caballero
Don Dinero". Medios satelitales presuntamente serios como Disco-very
Channel e History Channel le han dedicado varias series documentales
a especular con la fecha maldita. El escritor norteamericano Dan
Brown, el mismo de El Código Da Vinci, se lanzó de cabeza con
otra noveluca, El símbolo perdido. Y uno de los recientes
taquillazos de Hollywood con el título 2012 —nada que ver con
la poética del danés Lars von Trier en Melancolía—, inundó de
efectos especiales un previsible argumento catastrofista, que
combinó arcas de salvación, altas dosis melodramáticas y un elenco
muy cotizado bajo la dirección de Ronald Emmerich, veterano en esas
lides.
Hoy estamos vivos y sabemos que lo único que puede hacer estallar
prematuramente la Tierra somos nosotros mismos. Los arsenales
nucleares, los oídos sordos a los reclamos de Kyoto, Durban y Doha,
la criminal depredación de los recursos naturales por parte de los
poderosos y la insostenibilidad de los hasta ahora prevalecientes
modelos de desarrollo son peligros reales que los antiguos mayas no
pudieron siquiera imaginar.