Las
alternativas no vendrán ni rápidas, ni fácilmente, pero son posibles
y necesarias. La cuestión fundamental consiste en si queremos
realmente despertar y superar esta crisis o preferimos seguir siendo
esclavos del sistema impuesto por una minoría.
Los hechos son devastadores para dos tercios de la humanidad.
Unas 60 mil personas mueren cada día de hambre o por desamparo en el
mundo, mientras que en cada uno de esos días se gastan cuatro mil
millones de dólares en armamento.
La razón, por tanto, para que el hambre solamente mate a unas 35
mil personas diarias no es solo el desajuste financiero, sino más
bien la codicia y la irresponsabilidad de sus propietarios y
directivos.
Según el informe de la ONU sobre el desarrollo humano, un niño
que nace en Noruega tiene una esperanza de vida de 81,1 años. Si
nace en la Republica Democrática del Congo su expectativa se reduce
a 48,4 años.
Los mecanismos que fallan en la sociedad no son solo económicos,
cuando cada día circulan en los mercados de divisas alrededor de
cuatro millones de millones de dólares sin pagar impuesto alguno.
Existe un gran vacío de valores y una concentración de poder en
muy pocas manos que permiten a los responsables disimular sus
efectos reales. Los directivos financieros del mundo dan prioridad
al beneficio y al lucro antes que a las necesidades de los seres
humanos.
Por eso en España existen 3,1 millones de viviendas vacías, es
decir: cien sin utilizar por cada una de las personas que no tiene
hogar, por el desamparo.
Si queremos promocionar una sociedad más humana, necesitamos otro
modo de producir y de consumir, junto con otros valores. Para
satisfacer nuestro nivel de producción y consumo actual de bienes y
servicios necesitaríamos casi 3,5 Españas. Este estilo de vida, de
política y de economía es insostenible. Otro mundo es posible y
necesario.
Los cambios sociales necesitan siempre educación, fuerza social,
el empeño político de la ciudadanía, ideas y voluntad para hacerlos
efectivos, decisión y un proyecto capaz de encantar y motivar a la
mayoría.
La encomia impuesta por los imperios financieros ha hecho de la
acumulación el motor de su progreso. Nuestra sociedad de consumo
ilimitado construye graneros cada vez más grandes, no para cubrir
las necesidades de las personas, sino para controlar.
El lucro no añade ni años a la vida, ni vida y felicidad a los
años. Sin embargo el lucro se ha convertido en el "tesoro"
acariciado por todos. Se confunde el dinero con el valor, y la
riqueza con la felicidad.
Según la Universidad del Leicester (Reino Unido), el pequeño país
de Bután en la cordillera del Himalaya, con un PIB (Producto Interno
Bruto), seis veces menor que el español, ocupa el puesto octavo de
los países más felices del mundo. (FIB= Felicidad Interior Bruta).
El enriquecimiento de unos pocos no acaba beneficiando a todos,
como afirma el neoliberalismo económico.
Existen necesidades básicas, como vivienda, trabajo, salud,
educación, que deben estar siempre garantizadas para toda la familia
humana, aunque unos alcancen mayores beneficios que otros.
En una familia, los mejor dotados no invierten sus dones en
provecho propio sino que los ejercitan en favor de los miembros más
necesitados.
Si queremos cambio, debemos ser ese cambio. (Tomado de
Fundacion Sur)