En
la recta final de la conmemoración de su cincuentenario, el Teatro
Lírico Nacional de Cuba (TLNC) quiso saldar una deuda con una de las
tradiciones de más largo arraigo en nuestra escena musical, la
zarzuela española. Para ello aceptó la idea del director teatral
español Federico Figueroa de realizar una antología del género, que
ocupó los dos últimos fines de semana las tablas de la sala García
Lorca, del Gran Teatro de La Habana.
Quizás para desmarcarse de las antologías puestas en boga a
partir de la segunda mitad del siglo pasado como la del maestro José
Tamayo, internacionalmente reconocida, y la de José Luis Moreno,
Figueroa optó por re-correr una vía tangencial e imaginar como hilo
conductor un viaje, y por ello bautizó este empeño como La
travesía.
El
propio Figueroa explicó su proyecto del siguiente modo: "Los quince
números musicales que conforman esta antología, a la que titulé
La travesía, los tomé de catorce diferentes títulos, buscando
cumplir con premisas tales como la popularidad, la belleza
intrínseca de la pieza y la exhibición de toda la compañía del TLNC".
A esta última premisa atribuyo la mayor importancia, pues el TLNC
acaba de arribar a su medio siglo de existencia con una nueva
generación de cantantes que si bien, por una parte, no cuentan con
suficientes vivencias propias en la interpretación del género en su
matriz hispánica, pueden aportar frescura y dejar atrás estereotipos
y lugares comunes que han contribuido al anquilosamiento de las
representaciones zarzueleras en nuestro país, incluso a la hora de
encarar las muy notables y originales zarzuelas cubanas.
Se apreció, por ejemplo, un trabajo muy cohesionado del coro, a
punto que sostuvo momentos climáticos en el orden interpretativo,
como el de los doctores en El rey que rabió y el de Bohe-mios.
Incluso si no fuera por la densidad sonora que aportó a la cé-lebre
Mazurca de las sombrillas, de Luisa Fernanda, nadie
hubiera escuchado la respuesta de la protagonista al galanteo del
caballero.
Hubo destaque para la orquesta, que bajo la conducción atenta de
Giovanni Duarte, se tomó muy en serio el acompañamiento de la
puesta, con una notable correspondencia estilística y una encomiable
discreción que hizo olvidar algunos pasajes pedestremente
orquestados —mal de origen— y, sobre todo, nunca ahogó a los
solistas.
Entre estos últimos se advirtieron desempeños con posibilidades y
logros parciales, pero me detendré en dos que apuntan hacia las
alturas en una ascensión que requerirá más que pulimento técnico,
una madurez intelectual: la soprano Milagros de los Ángeles y el
tenor Saed Mohamed.
Toda pretensión antológica es polémica y se arriesga a la
reducción o al olvido. Los quince temas seleccionados, en su
mayoría, merecen estar. Alguien podrá discutir qué significación
tiene una página de Los sobrinos del Capitán Grant, pero fue
el pretexto, junto con Las bodas de Luis Alonso, de mostrar
las escenas de mayor brillantez y contemporaneidad expresiva, a
cargo del Ballet Lizt Alfonso, sin lugar a dudas una de nuestras
agrupaciones danzarias de ma-yor vuelo artístico en el ámbito de los
espectáculos.
Pero también tendría que to-marse en cuenta la historia de la
recepción de la zarzuela española en el público cubano, que
privilegió por encima de La Gran Vía y de Bohemios,
obras como La del Soto del Parral y, aunque se discute si es
zarzuela o no, La corte del faraón.
Donde La travesía pierde brújula es en la puesta en
escena. No bastó la gracia con que Lourdes Seguí y Zoila Jiménez,
muy acertadas en atemperar al humor criollo de este tiempo sus
parlamentos cómicos, ni el deslumbrante cabaret introducido a mitad
de la representación, para superar las incoherencias de un planteo
argumental débil ni la grisura visual de la escena. No fue cuestión
de recursos, sino de imaginación. Faltó ambición poética a un
montaje que lo merecía.