Travesía a medias

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

En la recta final de la conmemoración de su cincuentenario, el Teatro Lírico Nacional de Cuba (TLNC) quiso saldar una deuda con una de las tradiciones de más largo arraigo en nuestra escena musical, la zarzuela española. Para ello aceptó la idea del director teatral español Federico Figueroa de realizar una antología del género, que ocupó los dos últimos fines de semana las tablas de la sala García Lorca, del Gran Teatro de La Habana.

Quizás para desmarcarse de las antologías puestas en boga a partir de la segunda mitad del siglo pasado como la del maestro José Tamayo, internacionalmente reconocida, y la de José Luis Moreno, Figueroa optó por re-correr una vía tangencial e imaginar como hilo conductor un viaje, y por ello bautizó este empeño como La travesía.

Foto: Yander ZamoraEl propio Figueroa explicó su proyecto del siguiente modo: "Los quince números musicales que conforman esta antología, a la que titulé La travesía, los tomé de catorce diferentes títulos, buscando cumplir con premisas tales como la popularidad, la belleza intrínseca de la pieza y la exhibición de toda la compañía del TLNC".

A esta última premisa atribuyo la mayor importancia, pues el TLNC acaba de arribar a su medio siglo de existencia con una nueva generación de cantantes que si bien, por una parte, no cuentan con suficientes vivencias propias en la interpretación del género en su matriz hispánica, pueden aportar frescura y dejar atrás estereotipos y lugares comunes que han contribuido al anquilosamiento de las representaciones zarzueleras en nuestro país, incluso a la hora de encarar las muy notables y originales zarzuelas cubanas.

Se apreció, por ejemplo, un trabajo muy cohesionado del coro, a punto que sostuvo momentos climáticos en el orden interpretativo, como el de los doctores en El rey que rabió y el de Bohe-mios. Incluso si no fuera por la densidad sonora que aportó a la cé-lebre Mazurca de las sombrillas, de Luisa Fernanda, nadie hubiera escuchado la respuesta de la protagonista al galanteo del caballero.

Hubo destaque para la orquesta, que bajo la conducción atenta de Giovanni Duarte, se tomó muy en serio el acompañamiento de la puesta, con una notable correspondencia estilística y una encomiable discreción que hizo olvidar algunos pasajes pedestremente orquestados —mal de origen— y, sobre todo, nunca ahogó a los solistas.

Entre estos últimos se advirtieron desempeños con posibilidades y logros parciales, pero me detendré en dos que apuntan hacia las alturas en una ascensión que requerirá más que pulimento técnico, una madurez intelectual: la soprano Milagros de los Ángeles y el tenor Saed Mohamed.

Toda pretensión antológica es polémica y se arriesga a la reducción o al olvido. Los quince temas seleccionados, en su mayoría, merecen estar. Alguien podrá discutir qué significación tiene una página de Los sobrinos del Capitán Grant, pero fue el pretexto, junto con Las bodas de Luis Alonso, de mostrar las escenas de mayor brillantez y contemporaneidad expresiva, a cargo del Ballet Lizt Alfonso, sin lugar a dudas una de nuestras agrupaciones danzarias de ma-yor vuelo artístico en el ámbito de los espectáculos.

Pero también tendría que to-marse en cuenta la historia de la recepción de la zarzuela española en el público cubano, que privilegió por encima de La Gran Vía y de Bohemios, obras como La del Soto del Parral y, aunque se discute si es zarzuela o no, La corte del faraón.

Donde La travesía pierde brújula es en la puesta en escena. No bastó la gracia con que Lourdes Seguí y Zoila Jiménez, muy acertadas en atemperar al humor criollo de este tiempo sus parlamentos cómicos, ni el deslumbrante cabaret introducido a mitad de la representación, para superar las incoherencias de un planteo argumental débil ni la grisura visual de la escena. No fue cuestión de recursos, sino de imaginación. Faltó ambición poética a un montaje que lo merecía.

 

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