El
último gran faraón del Antiguo Egipto, Ramsés III, murió asesinado
como resultado de una conspiración palaciega, descubrió un equipo de
antropólogos italianos quienes difundieron los resultados del
estudio en la revista British Medical Journal.
Hasta ahora se desconocían las causas del fallecimiento del
segundo faraón de la dinastía XX y último soberano importante del
Imperio Nuevo de Egipto, quien gobernó desde 1184 hasta 1153 antes
de nuestra era.
Una ecografía al cadáver del monarca muestra una herida de siete
centímetros en el cuello, oculto hasta ahora por las vendas
imposibles de retirar para que el cuerpo se conserve.
Enterrado en la herida se encontraba un ojo de Horus, lo que
puede ser un amuleto colocado durante el rito de momificación.
El hallazgo sobre la muerte del faraón fue hecho por Albert Zink,
paleopatólogo del Instituto de las Momias y del Hombre de Hielo de
Bolzano, Italia, quien no solo escrutó el cadáver del rey, sino
también el de que posiblemente sea su hijo, el príncipe Pentawere.
El único vástago de Ramsés III y una de las esposas del faraón
fueron enjuiciados por la muerte del monarca, según refiere el
Papiro Judicial de Turín, que habla de cuatro juicios diferentes.
Pentawere también presentaba una herida en el cuello,
posiblemente porque se suicidó o fue ahorcado.
A diferencia de su padre, el cuerpo del príncipe muerto a los 18
años presentaba pliegues y arrugas alrededor de su cuello y su pecho
estaba hinchado. Dicho proceso pudo ocurrir después de la muerte o
sugiere que murió ahorcado.
Resulta significativo también que el cuerpo del joven noble no
recibió el ritual habitual de momificación, sino que se encontraba
cubierto con piel de cabra, lo que indica que fue un ritual impuro.
Este pudo ser un antiguo castigo o la forma en que se enterraban
a quienes no pertenecían a la realeza.