Santa María del Porvenir

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

Un sentimiento de frustración se ha apoderado de los televidentes que siguen la novela cubana. Tanto a los asiduos consumidores del género como a los que atraídos por la trayectoria profesional de su realizador intentaron reconciliarse con un espacio que ha dejado de desear en sus más recientes entregas. No hace falta echar mano a los índices de audiencia y aceptación de las encuestas, por demás elocuentes, para saber que algo no funciona esta vez.

En efecto, Rolando Chiong es uno de los directores más destacados del medio y demostró con Al compás del son poseer oficio y profundidad en el manejo de la telenovela. Aquella fue la demostración palpable de que respetando los tiempos y los ardides del género era posible ofrecer un fiel retrato de época y un planteo argumental complejo y sólido, ajeno a los lugares comunes, que de paso rindió honores a la tradición musical cubana. Al compás del son logró conjugar la narración histórica con el lenguaje costumbrista a un nivel que solo había conseguido parcialmente años atrás El año que viene, afortunada inclusión del siempre recordado Héctor Quintero en la televisión.

Santa María del Porvenir se nos presenta como el relato de un poblado imaginario, semirrural, supuestamente cubano, en los años de la República neocolonial, donde los políticos y las llamadas fuerzas vivas medran mientras ciudadanos honestos luchan por el triunfo de la decencia. A los más antiguos telespectadores les recuerda aquel San Nicolás del Peladero creado por Carballido Rey. En la trama se suceden intrigas e intriguillas, afloran amores y amoríos, se ventilan miserias humanas y se exaltan determinados valores.

Más que por el desarrollo argumental en sí mismo —no exento de empantanamientos—, la desconexión proviene por el carácter y el tono de la narración. Santa María del Porvenir trata de sustentarse en la farsa —código alejado de las convenciones telenoveleras como hilo narrativo conductor—, pero ni siquiera es consecuente con el despliegue de los recursos propios de ese lenguaje. La fragmentación discursiva interrumpe la deseable identificación del espectador con lo que acontece en la pantalla.

Lo que pudo ser un formidable despegue, la lluvia de billetes que cayó del cielo y desató las pasiones de los santamarianos —evidente guiño al realismo mágico— se ha ido desinflando por el camino. Los realizadores no se desembarazaron, por un lado, de la necesidad de ordenar lógicamente las consecuencias de aquel acto que pudo ser el principio de una trama atrevidamente delirante —tanto como la que García Márquez imprimió al memorable filme En este pueblo no hay ladrones—, mientras por otro insistieron en aderezar el tono farsesco —en algún instante creí que se tomaría el desbordado pero efectivo rumbo seguido por Alfonso Arau en Calzoncín inspector, versión a la mexicana de El inspector, de Gogol— con patrones dramáticos demasiado formales.

Obviamente, una telenovela no es un filme ni siquiera una miniserie. Quizás Santa María del Porvenir hubiera funcionado con menos metraje ni tantas vueltas.

No debe olvidarse algo que hemos observado otras veces. El público cubano es muy exigente con las producciones domésticas. A las brasileñas les perdonan que sean más de lo mismo o que se despeñen por el desfiladero de la trivialidad. Ni hablar de las argentinas que Multivisión propone, pedestres, insulsas y truculentas como las que más. Y una parte cada vez más creciente del público cubano aspira no solo a entretenerse y pasarla bien, sino a recibir arte.

 

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