Un
sentimiento de frustración se ha apoderado de los televidentes que
siguen la novela cubana. Tanto a los asiduos consumidores del género
como a los que atraídos por la trayectoria profesional de su
realizador intentaron reconciliarse con un espacio que ha dejado de
desear en sus más recientes entregas. No hace falta echar mano a los
índices de audiencia y aceptación de las encuestas, por demás
elocuentes, para saber que algo no funciona esta vez.
En efecto, Rolando Chiong es uno de los directores más destacados
del medio y demostró con Al compás del son poseer oficio y
profundidad en el manejo de la telenovela. Aquella fue la
demostración palpable de que respetando los tiempos y los ardides
del género era posible ofrecer un fiel retrato de época y un planteo
argumental complejo y sólido, ajeno a los lugares comunes, que de
paso rindió honores a la tradición musical cubana. Al compás del
son logró conjugar la narración histórica con el lenguaje
costumbrista a un nivel que solo había conseguido parcialmente años
atrás El año que viene, afortunada inclusión del
siempre recordado Héctor Quintero en la televisión.
Santa María del Porvenir se nos presenta como el relato de un
poblado imaginario, semirrural, supuestamente cubano, en los años de
la República neocolonial, donde los políticos y las llamadas fuerzas
vivas medran mientras ciudadanos honestos luchan por el triunfo de
la decencia. A los más antiguos telespectadores les recuerda aquel
San Nicolás del Peladero creado por Carballido Rey. En la
trama se suceden intrigas e intriguillas, afloran amores y amoríos,
se ventilan miserias humanas y se exaltan determinados valores.
Más que por el desarrollo argumental en sí mismo —no exento de
empantanamientos—, la desconexión proviene por el carácter y el tono
de la narración. Santa María del Porvenir trata de
sustentarse en la farsa —código alejado de las convenciones
telenoveleras como hilo narrativo conductor—, pero ni siquiera es
consecuente con el despliegue de los recursos propios de ese
lenguaje. La fragmentación discursiva interrumpe la deseable
identificación del espectador con lo que acontece en la pantalla.
Lo que pudo ser un formidable despegue, la lluvia de billetes que
cayó del cielo y desató las pasiones de los santamarianos —evidente
guiño al realismo mágico— se ha ido desinflando por el camino. Los
realizadores no se desembarazaron, por un lado, de la necesidad de
ordenar lógicamente las consecuencias de aquel acto que pudo ser el
principio de una trama atrevidamente delirante —tanto como la que
García Márquez imprimió al memorable filme En este pueblo no hay
ladrones—, mientras por otro insistieron en aderezar el tono
farsesco —en algún instante creí que se tomaría el desbordado pero
efectivo rumbo seguido por Alfonso Arau en Calzoncín inspector,
versión a la mexicana de El inspector, de Gogol— con patrones
dramáticos demasiado formales.
Obviamente, una telenovela no es un filme ni siquiera una
miniserie. Quizás Santa María del Porvenir hubiera funcionado
con menos metraje ni tantas vueltas.
No debe olvidarse algo que hemos observado otras veces. El
público cubano es muy exigente con las producciones domésticas. A
las brasileñas les perdonan que sean más de lo mismo o que se
despeñen por el desfiladero de la trivialidad. Ni hablar de las
argentinas que Multivisión propone, pedestres, insulsas y
truculentas como las que más. Y una parte cada vez más creciente del
público cubano aspira no solo a entretenerse y pasarla bien, sino a
recibir arte.