Hasta
una finca en Hanábana, actual provincia de Matanzas, llega en el
último trimestre de 1862, Don Mariano Martí Navarro (1815-1887), en
calidad de Juez Pedáneo. Junto a él viajó su hijo José Julián Martí
Pérez (Pepe), un niño de nueve años, que ayudaría a su padre.
Aquel lugar, Pepe nunca lo olvidó. Se enfrenta por vez primera a
la campiña verde, aspira el aire puro del amanecer y goza en las
noches cuando contempla las estrellas y escucha el canto de los
grillos. Pasea a caballo, se relaciona con los negros, los escucha y
les hace cuentos.
Fue el sitio en el cual Martí se compenetrara con la vida
campesina de su patria. El sucio horizonte de la muralla que
envolvía el ámbito de su niñez, se desplegó al infinito, dejando
libre, ante su inquieta mirada, un mundo desconocido y fascinador.
Todo a su alrededor le atrae e interesa. Desde allí, el 23 de
octubre de 1862, escribe una bella carta a su madre, Doña Leonor
Pérez Cabrera (1828-1907), considerada su primera obra literaria
conocida.
En suma, menos de un año permaneció Martí en Hanábana; sin
embargo, aquel primer encuentro con la realidad de nuestros campos,
unido a la amarga realidad de los hombres sometidos a la esclavitud,
dejaron en su espíritu una huella imborrable. Por lo que se supone
que de los Versos Sencillos (1891), el número XXX que hace
referencia a la esclavitud, pudieron ser inspirados allí.
Hoy una tarja recuerda el lugar. Detrás, un conjunto monumentario
con una escultura de Martí y la declaratoria de Monumento Nacional,
dada en mayo de 1996. Cruzando la carretera está el Memorial de
Caimito del Hanábana, proyecto de arquitectura solar de Domingo Alás
Rosell.
Fuente: Investigación Martí en La Habana, de la Sociedad
Cultural José Martí.